DV. El Ayuntamiento de Vitoria contratará en los próximos meses las obras para restaurar la deteriorada plaza de los Fueros (1978) con la intención de que se ejecuten este mismo año. El alcalde, Patxi Lazcoz, firmó ayer un acuerdo con los hijos de los autores del monumento, Eduardo Chillida y Luis Peña-Ganchegui, para acometer varias actuaciones en el espacio. Las intervenciones pretenden recuperar la escultura de acero del escultor vasco que, tras el grave accidente que tuvo un niño en la plaza en 1985, se ocultó tras unos tablones, instalándose una valla y un mirador ocho años después ante las amenazas de Eduardo Chillida de retirar su obra. El ente municipal pretende subsanar estos errores elevando el foso actual 1,40 metros y suprimiendo esos elementos no previstos en su concepción inicial
El convenio prevé también adecentar y reparar la plaza, renovar su mobiliario, dotarla de iluminación y de un sistema de videovigilancia. Con estas intervenciones, aún sin presupuestar, Vitoria «salda la vieja deuda que tenía con los dos artistas y también consigo mismo», afirmó el regidor socialista, en relación a la polémica que siempre ha acompañado a la obra, desde su propia génesis, hace ya tres décadas. Luis e Ignacio Chillida, de un lado, y Mónica Peña-Ganchegui, por otro, expresaron su satisfacción por la iniciativa municipal para «dignificar» un conjunto que dejó un regusto amargo a sus padres. «Es un día bonito. Hoy, nuestro aita estará contento», señalaron los descendientes del artista vasco más universal.
La plaza de la discordia
Este convenio, que servirá para rescatar del deterioro el monumento de los fueros y recuperar en parte la esencia primigenia del proyecto, siempre ha estado envuelto en la polémica. Tanto es así que, tres décadas después del doloroso desencuentro entre la ciudadanía y los artistas, la capital alavesa quiere abrir sus brazos al icono y estrecharlo.
Luis, hijo del artista vasco más universal, no disimulaba el agrado con que su familia ha saludado la iniciativa municipal de «dignificar» el conjunto escultórico. «Aita lo dio por perdido. Ciertamente lo que ocurrió le hizo daño. Le marcó en su carrera», dijo tras conocer la noticia.
Tenía unos quince años cuando la Diputación alavesa encargó el proyecto a su padre -entonces inmerso en El peine del viento- y a Peña-Ganchegui. «Estaba muy ilusionado. Le pareció una idea muy interesante. Se sentía especialmente atraído por la obra pública. Por un lado, porque no era partidario de multiplicar sus obras en series, sino de hacer una de envergadura para que la disfrutara todo el mundo. Y, por otro, porque le gustaba mezclar otras disciplinas, la ingeniería, la arquitectura, el urbanismo, el desarrollo de las ciudades... Eso, decía, le hacía sentirse como un director de orquesta», explica su hijo.
Sin embargo, Luis prefiere pasar de puntillas por la sucesión de «vicisitudes» e «infortunios» que acompañaron la construcción de la obra y los años sucesivos. La paralización de los trabajos por la oposición de comerciantes y de «personas influyentes de la ciudad», los problemas presupuestarios, la fatal caída de un niño y los apaños incorporados después, en nombre de la seguridad, en forma de verjas y recrecidos, y que acabaron por sepultar la obra más valiosa del patrimonio de Vitoria. «Aquello le sobrepasó. Le habría gustado llevársela de allí y olvidarse de ese proyecto para siempre. Desde aquello, cambió su manera de enfrentarse a las obras públicas. Decidió distanciarse y centrarse en su trabajo como escultor», cuenta Luis. No obstante, Eduardo Chillida tiene 54 obras públicas en todo el mundo, de Vitoria a Chicago pasando por Dallas, Düsseldorf o Berlín.
En 1994, dieciséis años después de acabarla, Chillida visitó por última vez la plaza, junto a Peña Ganchegui. «No quiso volver más. Y fue mejor así. Con el tiempo, el foso se convirtió en un vertedero. ¿Por qué acabó así? Mi teoría es que se cuidan las cosas que se ven cuidadas».
Tres décadas después de aquel doloroso parto, la ciudad ha decidido elevar el roble milenario de acero cortén, el llamado Árbol de las libertades, que un día creó su padre para restaurar el conjunto.