DV. Alto de Altzo, última vuelta al circuito del Gran Premio Insalus de Lizartza, a ocho kilómetros de la línea de meta. Pedrosa pasa a liderar el quinteto de cabeza para iniciar el descenso. Tumba la Pinarello que pilota como desafiando ese pacto de no agresión que las cubiertas, el asfalto y la velocidad tienen sellado con la física. La apurada de frenada de las primeras curvas le hace salir destacado de ellas. Lidera la carrera.
El cruce de Txarama marca el inicio de un nuevo trazado, pero la puesta a punto del nuevo fichaje de la escudería Lizarte ha sido eficiente durante el invierno y el falso llano camino de Lizartza no genera problemas de adaptación a un cuerpo que quema glucógeno como un motor de combustión. Rueda en grupo hasta el último giro, donde entra a rebufo. Sale de la estela del contrincante, abre gas y adquiere la punta de velocidad suficiente para cruzar la línea de meta como ganador.
Es ciclismo. Y es Eric. Aunque podría ser Dani, y tratarse de motociclismo. Una palabra que, diseccionada, descubre las dos pasiones de la familia. Las primeras cuatro letras se las quedó el primogénito, tres veces campeón mundial (una en 125 cc y dos en 250 cc). El pequeño se conformó con el resto del vocablo. «Cuando mi hermano empezó a destacar con las motos, mis padres sólo podían atender a uno de los dos. El motociclismo exige más recursos económicos que la bici. De todas formas, las carreras que corrí no me llenaban. La bici siempre me ha tirado más», justifica.
El éxito del doble camino derivado de este reparto providencial se hizo especialmente patente el 16 de octubre de 2005. El circuito de Philip Island en Australia y la montaña de Montjuic convergieron en el destino de los Pedrosa. La victoria. Dani conseguía su tercer título mundial en las antípodas mientras Eric, en su primer año como cadete, ganaba la escalada que cierra el calendario ciclista.
Escalador y rápido
Los dos hermanos tienen cara de crío, pero exhiben madurez y hasta precocidad sobre dos ruedas. Eric ha querido viajar al norte para perseguir su sueño. Para ganar posiciones en la parrilla de salida que le lleve hasta el profesionalismo. Por eso asegura tener claro que «el nivel está aquí arriba. Los mejores equipos y las mejores carreras están en el circuito vasco-navarro. No me importaba salir de casa. Ya es hora de apostar».
En su primera carrera como amateur fue quinto en Soraluze. Y cuatro días después de cumplir 19 años se estrenó en Lizartza. «Mi hermano ya era campeón del mundo a mi edad», responde a quien quiera tranquilizarle recordándole su corta edad.
Combina unas piernas fuertes, llenas de potencia y chispa, de GP, con un chasis ligero pero resistente. Con 1,64 y 54 kilos posee buenas dotes de escalador. Y saca partido a su punch y explosividad en los sprints en grupos reducidos. Una doble condición que equivale a muchos podios. La carrocería puede parecer endeble para el llano o las zonas de fuerza. Su director, Manolo Azkona, lo desmiente. «Entrenando por Navarra, en zonas de potencia, ya ha enseñado que a pesar de ser pequeño tiene poderío». Y lo demuestra acoplado. Como su hermano. Quietud sobre el sillín traducida en velocidad sobre el asfalto gracias a un motor de gran cilindrada.
Tras el primer triunfo, sólo piensa en progresar. Todo para que la vida le siga yendo sobre ruedas.