DV. Los fortísimos vientos de esta semana han causado estragos, pero también han permitido establecer un nuevo récord en materia de producción de energía eléctrica de origen eólico: a las 11.09 del jueves, el viento cubría el 29,5% de la demanda de España y Portugal. 11.203 MW de los cerca de 18.000 instalados estaban produciendo energía, batiendo la marca anterior, establecida el pasado mes de enero. No es lo habitual en un sistema de generación de energía tan dependiente de circunstancias imposibles de controlar por el ser humano y, por lo tanto, tan variable, pero da la medida de su importancia. Y de la necesidad de mejorar su eficiencia y su competitividad.
El CENER, el Centro Nacional de Energías Renovables con sede en Sarriguren (Navarra) de cuya dirección se despedirá a finales de este mes el ingeniero donostiarra Juan Manuel Ormazabal, trabaja precisamente a través de su Departamento de Energía Eólica en proyectos que permitan que la energía que produce el viento sea más eficiente y más competitiva.
Equiparar precios
El aprovechamiento de la fuerza del viento es casi tan viejo como el ingenio humano, pero la historia de las primeras turbinas de viento de carácter industrial apenas tiene tres décadas, y la capacidad de producción de aquellos primeros molinos resulta ridícula si se compara con las prestaciones de los actuales. Un dato que resume la vertiginosa evolución de la fuente de energía renovable más importante: en 1991, la potencia eólica instalada en España -junto con Alemania y Dinamarca, primera potencia europea- era de 0,7 megavatios. A finales de 2008 rondaba los 17.000 MW, a los que según fuentes del sector se sumarán otros 1.500 MW este año. Una cifra muy destacada respecto a la que aportan otras renovables, que en términos relativos también es significativa teniendo en cuenta que el total de la potencia instalada -incluyendo todas las energías convencionales como la hidráulica, la nuclear, el gas y el fuel y el ciclo combinado- ronda los 85.000 MW.
Pero la energía eólica, siendo un sector «maduro y muy desarrollado», no sólo tiene un talón de Aquiles, sino varios. El primero, el denominado «factor de utilidad». Ormazabal aclara que «la potencia instalada es mucha, pero la energía que producen esos miles de megavatios eólicos no es equivalente a la que produciría una potencia instalada igual en ciclo combinado, por ejemplo, que tiene una eficiencia mucho mayor. El factor de utilidad de las eólicas viene a ser de un 25 a un 30%; es decir, en torno al 30% del tiempo producen, pero el 70% restante están paradas».
Y cuando producen lo hacen a un precio que sólo se sostiene a base de incentivos. Segundo talón de Aquiles: «Las máquinas pequeñas son muy eficientes pero, a partir de ahí, el coste de la energía no se reduce por el tamaño, sino que incluso se incrementa. Por lo tanto, el gran reto es reducir el coste de la energía haciendo las instalaciones más eficientes, más baratas y más seguras. Es una tecnología que todavía tiene mucho recorrido». En pura teoría, podría ser la base del sistema, al contrario de lo que ocurre en la actualidad, «subordinando las energías convencionales a la eólica y enchufando las cosas cuando la eólica no cubre la demanda». Pero eso, entre otras cosas, sólo sería posible «si la eólica tuviera el mismo precio que el mix de energía convencional y pudieran competir en igualdad». Eso, suponiendo que sea fácil calcular el coste real de la energía, algo que Ormazabal cree que no está todavía bien definido. «Podemos decir que tiene un coste económico que puede ser el del precio del petróleo convertido en electricidad, pero ¿como incorporamos a ese coste todos los efectos externos que tienen las energías convencionales, como las emisiones de CO2? Desde ese punto de vista, tal vez los costes reales de las energías renovables -porque la fotovoltaica, que sigue siendo muy cara, tiene el mismo problema- no sean tan altos. El reto de las renovables, de todos modos, es rebajar el coste de la energía que generan».
Allí donde no llega
El aporte que la eólica hace a la generación de energía eléctrica, que según Ormazabal se aprovecha muy bien porque «el sistema de la gestión de la red en España está muy desarrollado, es de los mejores», no ayuda todavía a resolver los problemas de un sector crítico: el transporte, que asume casi el 40% del consumo energético total y depende casi en exclusiva de los derivados del petróleo. Pero podría hacerlo en cierta medida si despegara el coche eléctrico, que consumiría de día lo que cargara de noche, cuando gran parte de la producción de los molinos se pierde porque la demanda es ínfima. Este objetivo, prioritario tanto para el Gobierno como para el sector automovilístico, «no es ciencia ficción. Los vehículos ya existen, y lo que hace falta es preparar la logística».
Y, aún así, tendrá muchas limitaciones, por lo que deberá convivir con combustibles convencionales y con los últimamente denostados biocombustibles, a algunos de los cuales, que se producen con cultivos que también pueden tener uso alimentario, se ha acusado de contribuir al incremento del precio de los alimentos. Juan Ormazabal asegura que, maniobras de los lobbies petroleros al margen, «se ha probado que sólo han contribuido al 7% de ese encarecimiento». De momento, CENER está instalando la que será una de las plantas experimentales de biocombustibles más importantes de Europa. Centrándose «más en la génesis que en la producción», desarrollarán «biocombustibles de todo tipo a base de biomasa agrícola y forestal». Un producto residual que no se come.