Todo se pega, dicen, menos la hermosura. La calle de la memoria recordaba hace unos días cómo la costumbre de los entreactos se había trasladado a los cines creando el llamado 'descanso' en la mitad de la película pero ¿y los impuntuales? Pues también.
Estaba claro que al empresario lo único que le importaba era la taquilla. El espectador... pues eso. Que si ya ha pagado ¡cómo cerrarle la puerta! Cierto era que en algunas ocasiones las autoridades y algunas empresas habían intentado impedir que entraran en la sala los que llegaban tarde, pero siempre fracasaban en el intento. Nadie era capaz de poner el cascabel al gato.
Pero últimamente se decía en EL DIARIO VASCO tal día como el de hoy de hace sesenta años que «los abusos han aumentado tanto que habrá que tomar alguna determinación».
Lo malo no eran los impuntuales, los que por una circunstancia determinada llegaban tarde. Los peligrosos eran los 'profesionales de la tardanza'. Los que llegaban tarde 'a posta', para que se les viera cruzar el patio de butacas cuando ya estaba levantado el telón... ¡y encima van saludando a diestro y siniestro cuando ven a un conocido!
Y la falta de cortesía se incrementaba con grandes molestias cuando sus localidades estaban en la mitad o al final de la fila. ¡Todos arriba! Claro que los cómicos también tenían su parte de culpa. Como sabían que siempre había retrasados, pues retrasaban el comienzo de las funciones de teatro en cinco o diez minutos, y como esto era conocido por 'los de siempre' pues la pescadilla que se mordía la cola... esperaban y seguían llegando tarde.
¿Solución? «Que el teatro y el cine comiencen a la hora exacta: ni un minuto antes, ni un minuto después: como en los toros. El que llega tarde, a esperar al siguiente cornupeta». ¡Si se hubieran inventado ya las salas que funcionan por ordenador!
Como en los toros o como en los conciertos, San Sebastián «ha sido pionera a la hora de controlar la entrada en las audiciones musicales». Le costó, pero la Sociedad de Música de Cámara pudo imponer su criterio «y en nuestra ciudad ya no hay quien llegue tarde a un concierto ¡se queda en la calle!». Y si no es por las buenas... que sea por las malas. «De la misma forma que hay un bombero en todas las salas, que haya también un policía, que si no puede poner multas ponga candados en las puertas y ordene los horarios de los espectáculos».