DV. «Gloria, fortuna y un mundo nuevo» animaron a Francisco Javier Alcorta a salir de Gipuzkoa hace 55 años, cuando tenía 18. Su inquietud le llevó a buscar diamantes en la selva amazónica, luchar en Vietnam o realizar «un viaje en el tiempo hasta la Edad de Piedra» en Papúa Nueva Guinea. La vida le ha devuelto a su ciudad natal, San Sebastián, de visita. Aquí se ha topado con la exposición Los vascos y el Pacífico, en el Museo Naval, sobre los exploradores que le precedieron. «En cierto modo», se identifica «con todos ellos», pues cree que representa «las voces del pasado y una tendencia globalizante de los vascos a través de los siglos».
Javier reside en Bargara, Australia, su país de adopción. Allí es Frank Alcorta, «legendario veterano de la batalla de Long Tan (Vietnam)» para el Departamento de Defensa australiano y «el soldado más bravo que ha tenido Australia» para sus compañeros de armas, su otra «familia», de la que muchos le deben la vida. Un hombre de acción, pero también un intelectual, autor de cuatro libros, articulista y editorialista para el grupo News Corporation, de Rupert Murdoch, durante nueve años y ex decano de la facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Darwin, la ciudad más septentrional de Australia.
Alcorta considera, y no es el único, que Australia es el país «con mejor calidad de vida del mundo». La ONU le respalda en cierto modo, pues sitúa las antípodas en el tercer puesto de su Índice de Desarrollo Humano, detrás de Islandia, convulsionada ahora por disturbios desatados por el azote de la crisis financiera mundial en la isla, y Noruega. Javier cree que aquí, en Gipuzkoa, «el estrés es el común denominador de la vida de sus habitantes».
Francisco Javier nació en el barrio de Txomin Enea, cerca de la cárcel de Martutene, el 16 de marzo de 1936, en el seno de una familia «muy pobre», como primogénito de unos padres «excelentes» que tuvieron dos hijos más.
Posguerra
Su infancia transcurrió en la posguerra, años «durísimos e inconcebibles hoy en día». La comida escaseaba, enfermedades hoy erradicadas causaban un temor constante y vivían bajo una dictadura fascista. «Fueron años particularmente duros para quien tuviera un poco de imaginación y de visión de lo que el mundo podía ser. Sólo lo conocíamos por la lectura». Las novelas de aventuras y caballerescas alimentaron «los mundos idealizados» por Javier.
En 1954, con 18 años, se embarcó en Vigo, rumbo a Venezuela, «en busca de aventura, pero sobre todo de fortuna», que tenía el brillo de los diamantes de la selva al sur del Orinoco, donde se adentró con su compañero venezolano, Carmelo. «Él no sabía leer ni escribir, pero era mucho más fuerte que yo. Yo, que tenía el bachillerato, era el culto. Formábamos un equipo completo», explica Javier, aunque precisa que sus mayores virtudes en un entorno como aquel eran «un par de hombros anchos y la capacidad de no arredrarme por nada».
Pasaron dos años «durísimos» aislados del mundo exterior, sin saber en qué mes vivían, en una jungla dentro de la jungla, un territorio sin Ley donde «el animal más dañino es el hombre, imperaba la ley del más fuerte y casi todos iban armados. En muchas ocasiones, tuvimos que defendernos a golpes o como pudimos». Aquellos puñetazos han dejado marcadas las ahora huesudas manos de Javier.
En Venezuela, hallaron un depósito de diamantes, los vendieron y Alcorta salió de allí «más de dos años más viejo, aunque ni loco ni alcohólico». Volvió a España con una pequeña fortuna y pudo ayudar a sus padres y reencontrarse con Arantxa, de quien se había enamorado con 17 años. Ella le «juró amor eterno». Eran otros tiempos, en los que «el amor era todo un castillo de ilusiones y sueños», evoca.
Aún así, Javier marchó de nuevo a Venezuela, esta vez para trabajar en la exploración del petróleo, otra vez en plena selva. Era el encargado de organizar la logística por su experiencia en la jungla. A los seis meses, recibió una carta de Arantxa «diciendo adiós». Trabajó hasta ahorrar lo suficiente y volvió a San Sebastián «a reconquistar su amor».
Ella le «juró amor eterno de nuevo. Siempre lo hacía». Pero Javier zarpó la víspera de la Navidad de 1959 rumbo a «una nueva frontera», Australia, donde «a diferencia de Venezuela, había una sociedad civil donde echar raíces y crear un hogar».
Desembarcó en Melbourne a finales de enero de 1960 y fue al noreste, a Ingham, a cortar caña, «un trabajo durísimo pero muy bien remunerado». En 1960 le proclamaron campeón en la tarea: recogió 16 toneladas en un día, todo un segalari con machete «que después tenía que cargarlas a hombros». En septiembre, Arantxa le anunció por carta que se iba a casar con otro.
«Con el corazón destrozado», Javier se adentró en el desértico centro de Queensland para buscar ópalo con su amigo Alexander Holland, Dutchie. «En la selva, el desierto o la guerra, los amigos son lo más importante, quienes te salvan la vida», señala. Además de la actividad minera, cazaban por dinero dingos y canguros, «una plaga, entonces y ahora», y trabajaban en ranchos del tamaño de Gipuzkoa «o más grandes».
Guerra en la jungla
En diciembre de 1961, Javier y Dutchie se enrolaron en el Ejército australiano. «Había perdido mi meta, que era Arantxa, y ya no me importaba nada», confiesa Alcorta, aunque su amor por la aventura también influyó en la decisión. Australia, como aliada del Reino Unido, les envió a Malasia a combatir la insurgencia comunista, otra vez en plena jungla.
Javier compartía el objetivo de aquella misión porque «el comunismo colectivista autoritario y fascista era la mayor amenaza del mundo libre». Regímenes como el que en Camboya exterminaría a entre dos y tres millones de personas «tienen en común que creen saber lo que es mejor para ti y te privan de tu libertad». Alcorta es partidario de que «como individuos, usemos nuestro propio albedrío para saber qué es lo mejor para nosotros mismos».
Nada más llegar a Malasia, recibió otra carta de Arantxa, pero esta vez con mejores noticias que las dos anteriores. La chica le revelaba que no se iba a casar y que seguía enamorada de él. Pero Javier era un soldado envuelto en una guerra. Su recuerdo más vívido de aquellos tres años fue ver, desde una colina en la jungla, el avión Hércules que tiraba en paracaídas sus víveres y correo mientras se preguntaba si habría una carta de su amada.
Cuando pudo venir, en 1965, se casó con Arantxa en el Buen Pastor tras agarrar por el cuello a un cura que no quería oficiar la boda «porque la familia de su antiguo pretendiente era muy influyente». Se la llevó a Australia, a Brisbane, capital de Queensland, donde once meses después nació su primera hija, Lorena. Cuando la pequeña contaba cuatro semanas, enviaron a Javier a la guerra de Vietnam.
A día de hoy, echando la vista atrás, Javier no sabe si aceptar aquella misión «fue un acto de egoísmo» hacia su familia o «de amor» a su nueva patria, aliada de Estados Unidos. En Vietnam, Alcorta participó en «incontables» batallas, de las que la más celebre es Long Tan. Se libró en una plantación de caucho bajo la lluvia torrencial del monzón, que impidió el apoyo aéreo y de los helicópteros y dificultó el de la artillería. Un puñado de australianos «con la bayoneta calada» contra miles de vietnamitas «valientes, muy motivados y muy duros. Pero aquel día, fueron la disciplina y el coraje australianos los que ganaron, aunque la victoria podía haber caído de cualquier lado». La Reina de Inglaterra, soberana también de Australia, condecoró a Javier por su valor en combate.
Aquí, ahora, en Donostia, el gesto de Alcorta se tuerce porque muchos de sus compañeros han muerto de cáncer por las dioxinas que dispersó su propio bando y que también afectaron a millones de vietnamitas.
Explorador
Afortunadamente, el orden temporal le lleva a recordar una época feliz. Al salir del Ejército, en 1967, el Gobierno australiano le reclutó para ejercer de oficial de patrulla en Papúa Nueva Guinea. El puesto era una combinación de administrador colonial, policía, magistrado y explorador.
Alcorta bromea sobre su autoridad allí: «Era lo más parecido a Dios». Arantxa y Javier tuvieron otra hija, Elena. Aquella etapa «fue una experiencia fantástica». Según Javier, los nativos llaman a la era de la administración colonial «los buenos tiempos, porque había paz y una administración honesta y que funcionaba». En aquel periodo, Alcorta estudiaba por correspondencia y se licenció en Historia y Ciencias Políticas por la Universidad de Queensland.
En diciembre de 1973 y enero de 1974, realizó una expedición, solo y desarmado, a través del punto más ancho de Papúa Nueva Guinea. Buscaba a los Miyamin, Atbalmin y Telefomin. Las dos primeras tribus no habían tenido contacto alguno con la civilización y Javier había sido advertido de que podían ser hostiles. Pero los Miyamin incluso le hicieron de porteadores, fascinados por su tecnología, temerosos de la grabadora que capturaba sus almas y a cambio de la sal que portaba.
Tras esa etapa, Arantxa y Javier volvieron a Australia, a la ciudad más septentrional, Darwin, donde Alcorta continuó sus estudios universitarios y logró un puesto de tutor en la universidad. En nueve años de trabajo, consiguió un par de másters, en Educación y en Ciencias Sociales. Llegó a ser decano de la facultad de Ciencias Sociales con 40 años.
Pero antes, en 1974, los vientos de «más de 400 kilómetros por hora» del ciclón Tracy destruyeron su casa y segaron muchas vidas. El Territorio del Norte entró de lleno en una rápida reconstrucción. Javier compaginaba su labor académica con la redacción de discursos para líderes políticos y, posteriormente, con 49 años, el grupo News Corporation, de Rupert Murdoch, lo fichó para escribir editoriales y artículos para los periódicos de la cadena. Los publicaron en los principales diarios australianos e incluso, «como anécdota», uno de sus escritos salió en el New York Post.
Otra frontera
Javier había alcanzado «la cúspide» de su vida profesional, sus hijas se habían casado y tenía nietos. Había llegado el momento de buscar «otra frontera». En 1997, Arantxa y él cargaron sus bártulos en un Toyota Hilux y atravesaron los miles de kilómetros de la isla-continente hasta su extremo sur, la isla de Tasmania, donde compraron un «maravilloso» terreno de bosque de 15 kilómetros cuadrados junto al mar.
Allí construyeron una casa «de ensueño» donde vivieron «los años más felices» de sus 40 años de matrimonio. «Pero también los más infelices», pues Arantxa contrajo un cáncer. Durante la larga enfermedad, Javier la cuidó con mimo y abnegación hasta que murió en sus brazos. Entonces, él llegó a pensar que su intensa vida también se había acabado.
Pero una amiga donostiarra, Lurdes, rescató a Javier de su tristeza. «Me permitió reconstruir mi presente y mi futuro», agradece Alcorta. Ahora comparten su vida en Bargara, Queensland, pero la nostalgia que Lurdes siente por Donostia les ha traído de vuelta, de visita, y ella está aquí, ahora, en el Museo Naval, junto a él, aportando detalles y exultante porque está «locamente enamorada» de este «hombre íntegro, de los que ya no quedan, al que las guerras no han hecho perder su bondad». Es ella quien revela que planean un viaje a Siberia, territorio que Javier, a sus 73 años, considera «la última frontera».