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RSS | ed. impresa | Regístrate | 10 febrero 2010

Cultura

MÚSICA, ANTONIO VEGA

07.02.09 -

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Pasión por el ruido
A. Vega, maduro y ruidista, anoche en el Victoria Eugenia. /MICHELENA
Tras el breve renacimiento de Nacha Pop, Antonio Vega ha regresado a su senda particular con una gira de teatros. Retornó anoche al Victoria Eugenia de Donostia, ciudad en la que se ha prodigado durante su larga trayectoria (Principal, Rock Star...), pero que dijo echar en falta en la última época.
Se trata en esta ocasión de grabar los recitales para un proyecto de CD-DVD, reforzado con canciones inéditas. Reventó el madrileño taquilla (vaya con la crisis: la temporada está siendo récord de aforos en la programación musical municipal) y a congregar a su amplia y fiel parroquia, definitivamente entrada en años.
Ha rebasado Vega el medio siglo de edad y sigue en la brecha cual atareado profesional. Pero su personal fragilidad física no le ayuda a desprenderse del tópico de «ángel caído» supuestamente consumido por los excesos. Quiera la fortuna que, contra los agoreros, aguante en pie durante años.
Lleva ya lustros intentando escapar del simplismo pop para adentrarse en desarrollos instrumentales que lo escoren hacia el sinfonismo, el rock progresivo y terrenos parejos. Se sirve para ello del compacto apoyo de un grupo que conserva casi intacto desde hace años, con ligeros retoques.
Tras su aparatosa melena cana, que apenas le deja ver los ojos, conduce Antonio un set que abusa del volumen desde los primeros compases (Te espero, Entre tu y yo...). Y tampoco se hacen esperar mucho sus cada vez más entonados y perfectos solos de guitarra (Elixir de juventud).
Mantiene su capacidad lírica cantora, siseando en exceso en muchos tramos, y se deja tapar la voz sin problemas por el trueno de las tres guitarras. Lo cierto es que a sus fantasías en azules marinos o amarillos trigo le van bien los nuevos desarrollos casi progresivos que protagonizaron el cuerpo central del recitado. Tras un clásico más sosegado como El sitio de mi recreo, la propia Se dejaba llevar y Océano de sol se asomaron sin complejos al setentismo sinfónico.
Y ya en la recta final, la larga recreación de Caminos infinitos se abrió casi a a ritmos de rumba, y esta vez sin el regalo chunguito del Si me dan a elegir. Lo mejor de nuestra vida y La hora del crepúsculo anticiparon el obligados adiós con Chica de ayer. La nada juvenil edad media y el correoso concepto sonoro aplanaron a una audiencia que no dio palmas ni coreó en una sola pieza. Vaya con el flaco Antonio: cuanto más viejo más pellejo.
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