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Sociedad

AL DÍA

Un guipuzcoano preso en Marruecos cuenta que el soborno es la única alternativa. Le quedan aún dos años de cárcel
02.02.09 -

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A Julen, nombre figurado de un preso guipuzcoano en Marruecos, se le oye alto y claro a pesar de que los móviles están prohibidos en las cárceles del reino alauita. «La única alternativa para sobrevivir aquí es el soborno de los funcionarios», explica desde prisión por vía telefónica. Fue detenido en la frontera el pasado mes de marzo cuando intentaba pasar 45 kilos de hachís y condenado a tres años y una multa de 300.000 euros. Él lo cuenta así: «Nos llevaron a comisaría y nos presentaron nuestra propia declaración escrita en árabe. Yo les decía que cómo iba a firmar si no entendía lo que ponía pero al final te amenazan con darte unos guantazos y tragas. Cogimos a un abogado marroquí y a un intérprete para el juicio, pero como todo era en árabe no nos enteramos ni de la mitad».
Ha conocido dos cárceles, la de Tetuán y la de Casablanca. «En todas ocurre lo mismo. Al principio te encierran en la peor celda, un cuchitril sin camas y sin agua, a ver lo que aguantas. A mí me metieron en una celda de siete por cinco metros con otras 42 personas. Como en el baño no había agua, todas las necesidades que se acumulaban por la noche las sacaban por la mañana con un balde. Ese mismo balde -añade- lo utilizaban para traernos el agua de beber durante el día. Ahí es cuando te das cuenta de que tienes que hablar con los funcionarios. Al principio te dicen que no te pueden mover, que es imposible, pero cuando oyen hablar de dinero todo cambia. Al menos yo ahora he conseguido una litera para dormir y un baño con agua. Pero todo a base de dinero».
Lo que peor lleva es el aislamiento. «Comparto celda con otras quince personas pero sólo me puedo comunicar por gestos porque hablan en árabe. En la cárcel hay otros doce españoles, pero están todos como yo y únicamente podemos hablar durante el rato que nos dejan salir al patio por la mañana. La verdad es que lo de estar aislado lo llevo muy mal y les he dicho a los del consulado a ver si me pueden buscar un psicólogo».
Se queja de la escasa atención que les presta el consulado aunque reconoce que la comida extra que reciben es gracias a su aportación. A Julen le entra cierto vértigo al pensar que aún le quedan más de dos años de condena. «En cuanto pueda voy a hacer la solicitud para que me trasladen a una cárcel de la península, pero es un trámite tan lento que igual ya estoy en la calle cuando llegue el permiso».
El traslado para cumplir condena en España se convierte en condiciones así en la única esperanza a la que aferrarse. Según datos de Asuntos Exteriores, el año pasado fueron 141 reclusos los que se acogieron a la medida, que puede tardar en torno a un año en hacerse efectiva desde que se cursa la solicitud. En contra de lo que pueda parecer, no todos los presos en países extranjeros la piden. «Hay familias que ni siquiera saben que su pariente está en la cárcel en otro país. Prefieren aguantar sin decir nada, cumplir condena y regresar a España diciendo que han estado trabajando o de vacaciones», dicen desde Asuntos Exteriores.
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