DV. «Eran las nueve y media de la mañana. Yo estaba resguardado junto al hotel Londres porque el viento me impedía andar. De pronto he visto que desde La Concha venía un hombre haciendo footing. Ha tratado de cruzar... ¡y una ráfaga impresionante le ha hecho volar, literalmente, unos metros! Ha terminado en el suelo hasta que un ertzaina le ha ayudado a salir del susto».
El testigo de uno de los momentos más intensos del temporal de ayer seguía, un rato después, conmocionado por el espectáculo que había visto. Y es que el viento originó las escenas más peligrosas en San Sebastián: pudo verse a chicas adolescentes cruzando prácticamente «a gatas» el puente del Kursaal para evitar las ráfagas, ciudadanos con heridas por los cristales de marquesinas rotas y múltiples caídas en las zonas más próximas al litoral. Pero en todos los casos, momentos vividos más como anécdotas que como sucesos.
Noche sin copas
Esta vez lo peor no vino del mar, aunque hubo olas enormes en todo el litoral. La costa donostiarra había sido acordonada y desalojada de coches, y comercios y locales de hostelería se habían protegido con maderas. El alcalde Elorza pidió a locales emblemáticos de la hostelería, como Bataplán, La Rotonda o La Kabutzia, que no abrieran sus puertas la noche del viernes para evitar posibles daños.
El mar se portó bien: hubo grandes olas que no afectaron a las dependencias costeras. Pero el viento hizo de las suyas: a las diez menos diez de la mañana una ráfaga se llevó por delante diez metros de ventana de la discoteca La Kabu-tzia, en el edificio del Náutico. «El viento traía una fuerza desconocida», apuntaba ayer Pepe Dioni, socio del local. «Aparte del cristal, ha arrancado un radiador de hierro forjado del interior. Nos ha dejado medio local al aire», lamentaba Dioni, que espera que «para el miércoles o jueves podamos abrir de nuevo».
Los encargados de la obra de ampliación del parking de La Concha supieron también de la fuerza del viento. Las vallas blanquiazules que protegen la obra volaron por la ciudad, perseguidas por guardias municipales, operarios de limpieza y el propio concejal de Seguridad Ciudadana, Ernesto Gasco, enfundado en una zamarra de la policía local donostiarra. Gasco, a pie de obra todo el día, hasta colaboró con los agentes para «sacar» de Urgull a varios ciudadanos que habían saltado las barreras de protección del monte.
Era difícil mantener el equilibrio entre la seguridad y la curiosidad. En el Paseo de Salamanca y Paseo Nuevo se vivieron en varios momentos escenas de tensión entre viandantes con cámaras de foto y video que querían retratar las imágenes de ayer y guardias que les impedían el paso ante el peligro de las olas.
Junto al hotel Parma, un grupo de turistas franceses se confesaba «emocionado» por la belleza del mar que habían divisado desde sus habitaciones. «Si no es peligroso, ¡qué hermoso vivirlo!», decían detrás de sus cámaras. Según la encargada del hotel, ninguno de sus clientes abandonó la ciudad por el mal tiempo. «Sí ha habido alguna cancelación, pero por culpa de la suspensión de vuelos en Hondarribia».
Llegar a la peluquería
Todas las zonas próximas a la costa fueron las más severamente barridas por el viento. Hubo multitud de escenas curiosas: una conocida peluquería de la Avenida de la Libertad, casi en la esquina con la calle Easo, se convirtió durante un buen rato en el complicado y deseado destino de buena parte de clientes. Los propios encargados del centro tuvieron que salir en varias ocasiones al exterior para ayudar a llegar a señoras que no podían avanzar envueltas en el huracán.
Pero también en las zonas altas de la ciudad el viento causó estragos, además de provocar algunos cortes de luz. En casas unifamiliares de Ayete o Zorroaga volaron casetas, muebles y materiales.
«Por fortuna, ha sido menos de lo anunciado», resumía a mediodía uno de los comerciantes de la calle Aldamar que había protegido con maderas la entrada a su local. «Más vale prevenir que curar», añadía, y en eso coincidían vecinos del Paseo de Salamanca que la víspera se habían empleado a fondo en proteger con todo tipo de tablas y materiales sus viviendas, bajos y garajes. La experiencia del pasado mes de marzo, cuando un golpe de mar castigó toda esta zona de San Sebastián, estaba demasiado reciente.
Según avanzaba el día la calma se iba adueñando de vecinos y comerciantes. A las doce, una manifestación de varias decenas de trabajadores de la empresa Inquitex desafiaba al viento y a la lluvia atravesando el centro urbano. Era la muestra definitiva de que la normalidad cotidiana volvía a Donostia.