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Gipuzkoa

18.01.09 -

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DV. La historia de Aitor Aulestia es una mezcla de ríos de sufrimiento, afán de superación y solidaridad a raudales de quienes le rodean. «He tenido suerte», asegura. Enfermo de lupus eritematoso desde los 20 años, una enfermedad en la que el sistema inmunológico ataca y destruye el propio organismo, el zarauztarra pasó seis años a golpe de sesiones de hemodiálisis después de que sus riñones dejaran de funcionar. En ese tiempo, los brotes de lupus y las sesiones de diálisis a punto estuvieron de costarle la vida. «Mi familia se despidió de mi dos o tres veces...». La solución llegó gracias a la generosidad de su hermano Gorka. Donó uno de sus riñones y le permitió «tener una excelente calidad de vida durante casi 21 años». Aitor ha sido campeón de España de natación y ciclismo de trasplantados. Ahí es nada.
Pero el órgano renal dejó de funcionar hace año y medio y el zarauztarra, de 49 años, tuvo que regresar a la rutina de la máquina de hemodiálisis. Virginia Esteban, su mujer desde 2000, no lo dudó y enseguida se ofreció para donar uno de sus riñones. La suerte quiso que fuera lo suficientemente compatible para el trasplante. «No lo hago por él, lo hago por mí. En parte es egoísmo porque si él no está bien, yo no estoy bien», explica la zarauztarra, de 49 años.
Virginia conoció a Aitor en el trabajo, en el taller protegido de Katea en Zarautz. Corría el año 1996. Para entonces, Aitor estaba a punto de cumplir diez años con un riñón trasplantado.
Su periplo por los hospitales y quirófanos comenzó en agosto de 1981, en Ondarroa, donde vivió hasta los 27 años, antes de instalarse en Zarautz. «A los 20 años medía 1,80, trabajaba de estibador en el puerto de Ondarroa, remaba en bateles....», cuenta Aitor. Un buen día se empezó a sentir mal de la noche a la mañana.
«Me ingresaron en Cruces, me hicieron un montón de pruebas, las primeras sesiones de hemodiálisis»... A los tres meses, un médico le explicó el diagnóstico: lupus eritematoso. «Me dijeron que afectaba a mujeres y mayores de 40 años. Yo tenía 20 y era varón».
El lupus le destrozó los dos riñones. «Tuve suerte porque podía haber atacado algún órgano más vital, como el corazón».
Enganchado a la máquina
Y comenzó el calvario. «Pasé seis años acudiendo tres veces por semana a sesiones de cuatro horas de hemodiálisis. No hacía pis. Todo lo que comía y bebía me lo limpiaba la máquina», cuenta. El futuro que le esperaba era «vivir enganchado a la máquina» y esperar un trasplante.
Para colmo, cada dos meses, Aitor recibía la visita del lobo. «Los brotes de lupus no me dejaban ni moverme. Me tenían que bañar, dar de comer... Los médicos dijeron a mi familia en varias ocasiones que se despidieran de mí».
A los seis años, la casualidad quiso que su hermano Gorka conociera en unas vacaciones de invierno en Candanchú a un catalán que les abrió los ojos. «Le dijeron: '¿Cómo puede llevar seis años en hemodiálisis? Mi madre le acaba de donar un riñón a mi hermano y está fenomenal'». Hasta entonces, ni Aitor ni su familia había oído hablar del trasplante de riñón de donante vivo que se había comenzado a practicar ya en Barcelona.
Gorka, ahora de 51 años, canceló sus vacaciones y fue en busca de Aitor, que estaba de viaje en Torrevieja. «Hay que ir a Barcelona. Te voy a dar un riñón», le dijo su hermano. «Me entraron las dudas -confiesa Aitor-. Yo entonces no tenía la mentalidad que tengo ahora sobre este tipo de trasplantes. ¿Y si le pasaba algo? No quería que Gorka tuviera que pasar por las sesiones de hemodiálisis».
Acudieron a la consulta del médico. Varios familiares se hicieron las pruebas y su hermano fue el más compatible. «Gorka, que entonces corría triatlones, estaba más convencido que yo».
La intervención tuvo lugar el 20 de abril de 1987. La víspera ambos hermanos tuvieron una última charla. «Gorka me dijo: 'No sé cómo va a salir esto, pero no quiero que me des jamás las gracias'. Todavía no se las he dado». Sobran las palabras.
El trasplante fue un éxito. «El riñón trasplantado comenzó a funcionar en el mismo quirófano». La vida de Aitor dio «un cambio radical». Los brotes de lupus (que sigue latente) desaparecieron. «Ese mismo verano los dos hermanos fuimos nadando de Mutriku a Ondarroa. Desde entonces hemos ido de reto en reto y, en 2005, hicimos el camino de Santiago en bicicleta para celebrar los 18 años del trasplante». Aitor incluso volvió a trabajar y conoció a Virginia.
A comienzos de 2007 regresaron las sombras. Las analíticas empezaron a salir mal hasta que un día Aitor terminó en urgencias enganchado a la máquina de hemodiálisis, que ahora visita tres días por semana. El riñón fallaba. «Al principio sentí miedo, pero al ver a Aitor con tantas ganas de vivir, todo fue más fácil», dice Virginia. Peor lo pasaron en casa de los Aulestia al conocer la noticia. «Para mi hermana y mi hermano fue un palo terrible», confiesa Aitor.
Pero el zarauztarra tendrá una nueva oportunidad. Enseguida Virginia le dijo: «Tranquilo, yo te voy a dar un riñón». La zarauztarra lo tiene claro: «Si está en mi mano que pueda recuperar la misma calidad de vida que antes, no lo dudo». Tanto ella como su marido son conscientes del «riesgo de que Aitor sufra accidentes cardiovasculares si se prolongan las sesiones de hemodiálisis».
Virgina y la hermana de Aitor se hicieron las pruebas de compatibilidad y éstas señalaron a la esposa como la más indicada. «No tengo miedo. Me han dicho que haré vida normal», cuenta Virginia. Gorka, el hermano donante, hizo el año pasado la maratón de Nueva York y la de Donostia. Con 51 años.
Hoy viajan a Barcelona para ultimar los detalles de la intervención con el anestesista. «Todo va a ir bien», repiten. «Para nuestro 50 cumpleaños queremos ir a México y disfrutar de nuestro nieto de dos meses -ambos tienen cada uno dos hijas de relaciones anteriores- . Es el último regalo que hemos tenido».

jmvelasco@diariovasco.com
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