Un año más, el que se fue 2008, bajo la losa de aquellos que viven prisioneros de un odio de muerte. Un año más padeciendo una pesadilla que parece no tener final y que condena a miles de ciudadanos inocentes a soportar un dolor ya insoportable. Me sigue pareciendo cuestión de elemental dignidad y decencia por mi parte hacer memoria, superado el año, de dolor tan injusto, despreciando los calificativos insultantes que le motejan a uno de obseso o de maniático. ¡Bendita obsesión y bendita manía tratándose de la memoria en la tierra del olvido! O del recuerdo efímero a raíz de un atentado y del olvido subsiguiente pasado el sobresalto primero.
Quiero hacer memoria, pues, y en primer lugar de los hombres asesinados por la banda del terror en el pasado año de 2008 y de sus esposas, hijos, padres, amigos que lloran la irreparable pérdida. El 7 de marzo en Mondragón caía cadáver de resultas de los disparos a bocajarro Isaías Carrasco, concejal en un tiempo del Ayuntamiento por el Partido Socialista. Algún tiempo después en Legutiano (Álava) moría bajo los efectos de la explosión de un coche bomba el guardia civil Juan Manuel Piñuel. El 22 del mes de septiembre en la localidad cántabra de Santoña un militar, Luis Conde de la Cruz, caía muerto por la explosión de otro coche bomba. Y hace todavía poco tiempo, el 3 de diciembre y en las cercanías del santuario de San Ignacio de Loyola, Ignacio Uría, empresario e hijo de la misma villa de Azpetia recibía dos impactos morales cuando se dirigía a jugar la acostumbrada partida de cartas en compañía de sus amigos. Pero como todo el mundo sabe, las víctimas mortales no son las únicas. El año 2008 ha seguido conociendo las amenazas de muerte a políticos, munícipes, miembros de la judicatura, periodistas, constreñidos a vivir privados de la libertad de movimientos y protegidos por esos ángeles de la guarda que se llaman escoltas y guarda espaldas. Tengo que hacer además mención, por lo que pudo suponer de asesinato masivo, el atentado con coche bomba perpetrado en el campus de la Universidad de Navarra el último 30 de octubre. Milagrosamente no hubo muertos, tan solo heridos y estragos en los edificios. Cuando uno se pregunta por el mecanismo mental que sigue llevando a estos malhechores, por lo regular jóvenes, a atentar contra personas inocentes, a quienes ni siquiera conocen y de los que no han recibido de hecho mal ninguno y cuando se hace preguntas por el proceso que ha llevado a estos jóvenes a convertirlos en malhechores, me resulta muy lúcida la explicación que nos proporciona el autor Aarón T. Beck en su excelente libro titulado Prisionero del odio. Estos jóvenes que pasan a integrar nuestros escuadrones de la muerte no son psicópatas ni enfermos de hospital. Son jovencitos que han sido sometidos durante años a un fuerte proceso de ideologización en el seno de la que podríamos designar como escuela del odio se llame ésta familia, ikastola, colegio, gaztetxe. En la escuela del odio sus mentes infantiles han sido secuestradas y sometidas a una inoculación del suero del odio. Es decir, se les ha hecho creer en la existencia del «otro». El otro es el enemigo total del pueblo vasco trabajador. Es España y todo lo que tiene que ver con España el otro, el enemigo absoluto, la causa de todos nuestros males como individuos y como pueblo, el agresor de nuestros derechos históricos y nosotros ni más ni menos que sus víctimas. Toda una siniestra pedagogía de distorsión cognitiva y emocional que convierte a jóvenes ingenuos y maleables en máquinas de matar. Pero no es nada nuevo en la historia de la Humanidad. Un autor alemán de nombre Rauschning recoge estas palabras del dictador Adolfo Hitler: «Mi pedagogía es dura. Al surgir una juventud ávida de violencia dominadora, sin miedos, una juventud cruel. Yo no quiero una educación intelectual. El saber lleva a la juventud a la molicie». Sabemos por otra parte que a eso que llamamos el holocausto del pueblo judío, el genocidio obra del odio, de la ciencia y de la técnica dirigidas a exterminar a un pueblo, tuvo como precedente una guerra psicológica en la que era el judío el enemigo ancestral y total del pueblo alemán. Recuerdo una frase de la ideología racista y antisemita que repetía Hitler en sus discursos: «Hay dos cosas que contaminan la sangre humana. Son la sífilis y la sangre judía». En nuestros días, nos recuerda D. N. Smith cómo en Ruanda la propaganda oficial creó la imagen de los tuttsi como «víboras y devoradores de sangre». Durante la guerra civil española el bando insurgente propalaba la imagen del «rojo y mal español». Y con matizaciones naturalmente el racismo del primer Arana creó la imagen del «beltza», del «maketo invasor y holgazán». Una acción policial eficaz que alcance también a colaboradores y cómplices de la violencia etarra, a su intendencia podríamos decir, está sin duda debilitando en estos momentos la operatividad de los mensajeros de la muerte. Pero no basta. Hay que ir a la raíz, al nido donde la serpiente pone sus huevos. Hay que desmantelar las escuelas del odio en sus diversas facetas. Hay que poner freno a la guerra psicológica, a la indoctrinación, a los lavados de cerebro operados sobre mentes y corazones juveniles.
Hay que contar a nuestros jóvenes la verdadera historia de este pueblo y no alimentarlo con mitos, leyendas y falsedades. Y además quitarle de la cabeza cualquier patología de narcisismo colectivo de creernos únicos y superiores. Una educación sensata que sepa inculcar los valores contenidos en la hermosa Declaración de Derechos Humanos más allá de cualquier ideologización pseudohistórica y violenta. «Somos responsables del mundo que vivimos». Este fue uno de los asertos más sabios de la llorada Hanna Arendt. No hay que echar sin más la culpa al otro, al foráneo. A esto tiende nuestro nacionalismo. Es preciso dar la vuelta. En concreto renunciar al lenguaje falso y propagandístico. Estamos hartos de oír hablar del «conflicto». Hartos de oír el disparate ético de que en democracia son defendibles todas las ideas. ¿También las ideas racistas, discriminatorias de la mujer, las que propalan la pederastia? Somos responsables del mundo en que vivimos. Todos o casi todos. No sólo los etarras y los que les lavan previamente el cerebro.