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RSS | ed. impresa | Regístrate | 19 marzo 2010

Bidasoa

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Le encontré allí, en la ventanilla del quiosco de periódicos, asomando su nariz fría entre publicaciones que nada le interesaban, aburrido y con gesto de enfado. Compré la prensa del día pero no supo decirme, sin consultar previamente a su madre el importe de la adquisición; seguramente no había tenido tiempo aún de compenetrarse con los precios de su mercado. Era ostensible que el muchacho estaba a disgusto, obligado probablemente a prestar ayuda en el negocio familiar durante las vacaciones navideñas con objeto de que adquiriera la necesaria experiencia, sin que él pareciera entenderlo así. Como corolario de su actitud, el chico me trató con distancia sin que faltara, eso sí, el fraterno tuteo. Me encendí un poco y sin hacer caso a mi acompañante que me tiraba de la manga para imponerme discreción, le interpelé: '¿Estás de vacaciones?' '¿Ayudando en casa?'. El muchacho se encogió de hombros y me miró con languidez como si dijera 'a ti qué te importa'. Entonces me explayé a gusto. Que estaba muy bien eso de ayudar a la familia, que hay que tener sentido de la obligación y comprometerse con lo que se tiene entre manos, que no se puede atender al público como si fuera un enemigo, etc. Por utilizar el propio lenguaje adolescente añadiré que se quedó flipando. Luego de recoger el cambio y marcharnos aproveché la oportunidad para educar también a mi cónyuge. Este chico ha tenido la suerte de que alguien le haya echado una bronca a tiempo. Si posee talento asimilará la lección; si no es así, será un zoquete toda su vida y no habrá entendido nada de los fundamentos de nuestra sociedad. A veces por indiferencia o respeto mal entendido, callamos cuando deberíamos hablar. De todas formas, la suya no es una actitud aislada. Esas malas caras las he visto antes en ferreterías, papelerías y ultramarinos iruneses, lo mismo en agosto que en Semana Santa. Antaño se arreglaba con una buena bofetada pero ahora, hasta donde nos lo permita la sociedad de la tolerancia en la que vivimos, tendremos que conformarnos con una regañina, pues el procedimiento del coscorrón podría generar efectos contrarios; acabar con la carrera de los papás.
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