DV. Cada vez son menos las personas que portan relojes de pulsera. Sin embargo, todo el mundo conoce la hora en la que vive. ¿La causa? Los omnipresentes teléfonos móviles que nos chivan los minutos, los segundos, el día en el que vivimos y un sinfín de datos más. Así, ¿siguen teniendo sentido los relojes públicos que, durante décadas, han sido una referencia inapelable y necesaria en las ciudades? Que cada lector regale una respuesta. Puntual a su cita anual, Artes Gráficas Michelena publica una nueva entrega de su colección de Monográficos -con el título A las ocho en el reloj- y lo dedica a glosar la historia de estos instrumentos y, de paso, recopilar una galería fotográfica con algunos de los relojes más significativos de San Sebastián.
Los relojes que vemos aquí y allí, salpicando rincones de la ciudad y presidiendo monumentos insignes son una herencia de un pasado nada lejano, cuando conocer la hora exacta -la errónea la sabía y al sigue sabiendo todo el mundo- era patrimonio de unos pocos medidores de tiempo. Estos contaban con una mecánica compleja, grandilocuente y perpetuamente vigilada por un maestro relojero. Así, los grandes relojes de iglesias y ayuntamientos oficiales no sólo servían para anunciar la hora, sino para que la ciudadanía pudiera tener los suyos -personales, de muñeca o de pared- ajustados en punto.
Con este propósito nació el que es, seguramente, el icono sónico más conocido de San Sebastián: la sirena de la relojería Internacional -ubicada en la confluencia de la calles Garibay y Andia- que, todos los días, anuncia con un tono bélico y fabril que hemos llegado al meridiano de la jornada. Suena como un toque de queda, como si San Sebastián fuera a ser bombardeada en breve pero, en realidad, su sonido proviene de una sirena como las que, antaño, anunciaban los cambios de turnos en las grandes fábricas. En realidad, la iniciativa fue del periódico El Pueblo Vasco, ubicado en esa misma calle: a sus gestores no se les ocurrió mejor forma de promocionar el medio de comunicación que instalando, a principios del siglo XX, un pitido que se oiría en toda la ciudad. Así, donostiarras y extraños sabrían que acababan de dar las doce por cortesía de El Pueblo Vasco. Cuando el noticiario cerró, la Relojería Internacional tomó el relevo hasta nuestros días. El reloj según el cual se rige el aullido se encuentra en el interior del comercio.
Le sigue muy de cerca, en cuestiones de popularidad, el llamado 'reloj del Bule' que cumple, además, una imprescindible función social: da la hora y, también, sirve de punto de encuentro para todos aquellos que quedan en la frecuentada arteria donostiarra. Todo el mundo sabe que el actual, a pesar de su porte clásico y la fecha de su base -1895, el año de fabricación de ésta- no es sino un sustituto elegante del antiguo y más bien feucho reloj: una pantalla automática que semejaba el marcador de un polideportivo. El original fue instalado en el acceso a la calle San Jerónimo por iniciativa de la Compañía del Tranvía de San Sebastián. ¿La razón? Que los conductores de autobuses que allí paraban -por aquella época, la calzada discurría adosada a la Parte Vieja y no al Ensanche- tuvieran una referencia 'oficial' de los tiempos. Todavía pueden verse los agujeros que dejó olvidados el antiguo reloj digital cuando fue retirado: se hallan en la columna de la derecha, en la antesala de la calle San Jerónimo.
San Sebastián, como cualquier otra gran ciudad, cuenta con un amplio catálogo de cronógrafos unidos sentimentalmente a la vida de los ciudadanos. La plaza de Gipuzkoa es hogar de dos de ellos: por un lado el floral que cuenta con casi cincuenta años y es uno de los pocos a los que el transeúnte gamberro puede poner a la hora que le venga en gana. Por otro, el solar tallado en la mesita de mármol y al que los elementos meteorológicos le están causando verdaderos estragos, diluyendo surcos y detalles como si fueran azucarillos. Luego están los relojes que presiden espacios como el del Ayuntamiento, que vigila el Alberdi Eder; el de la Biblioteca Municipal, que escruta la plaza de la Constitución, los del Buen Pastor -uno por cada punto cardinal- que regalan la hora a diestro y siniestro; el del mercado de la Bretxa; el de la basílica de Santa María, unos pocos metros por encima del San Sebastián más siniestro de la ciudad; o las esferas de coronan los monolitos de La Concha, símbolo incuestionable de la Donostia de la Belle Epoque.
Luego, claro, están los relojes digitales que, a la vez, son soportes publicitarios. Hace unos pocos años, el Ayuntamiento renovó por completo este parque de aparatos, generando así una polémica típicamente donostiarra: los nuevos medidores de tiempo, aunque más esbeltos, más bellos y más modernos, tenían un problema: sus dígitos pixelados y anaranjados no se leían tan bien como los de los que sustituían, de recios tonos verdes y fluorescentes.