DV. Se admiten propuestas para que un personaje, una localidad o una profesión den nombre a cada una de las calles, glorietas o parques, de cada uno de los nuevos barrios, especialmente a los dos más grandes que se proyectan en un futuro más o menos próximo: Auditz Akular y Txomin Enea.
Con las sugerencias o las aportaciones, Josu Tellabide, de Aranzadi, realiza un estudio en el que documenta cada nombre y es el departamento de Urbanismo el que hace la propuesta técnica oficial. Lo habitual es que se constituya una comisión que analice el estudio, previa a esa propuesta oficial. El delegado de Cultura, Ramón Etxezarreta, es un habitual de esta comisión, que funciona cuando es necesario bautizar a los elementos que configuran nuevas redes urbanas. En principio, la única condición que se establece es que las calles no hayan empezado a construirse, que sólo estén sobre plano. Pese a ello, Etxezarreta reconoce que lo habitual es que los nombres propios correspondan a personas que ya han fallecido, aunque no exista una norma por escrito, Barcelona la tiene, que estipule esa condición. «Ellos exigen que el fallecimiento haya sido, al menos, hace cinco años».
Durante mucho tiempo, y en aras del consenso, se optó por los toponímicos, por los nombres de caseríos cercanos, de un molino o de una regata a la hora del bautizo. «En principio, a la gente parecen gustarles más los nombres propios para una calle, pero siempre son más complicados de elegir, porque a veces implica rechazar una propuesta presentada con mucho cariño. Pero los nombres tienen, además, una ventaja. Son más reconocibles y simplifican de forma notable el bilinguismo de los rótulos y su identificación».
Más problemas: ¿tiene el mismo valor un calle con portales u otra que no la tiene? ¿por qué dar nombre a las rotondas, que posteriormente nadie cita? Los elementos singulares, el espigón de la Zurriola, por ejemplo, o un puente... ¿se consideran de suficiente prestigio? Algún concejal, el caso de Jorge Letamendía, responsable de Urbanismo, se queja de que la plaza del nuevo Atocha no mantuviera el nombre de lo que fue el viejo campo, al revés que ocurrió en los edificios que se construyeron en los terrenos de la plaza de toros. En su momento, se optó por Irutxulo.
Otro edil, Jon Lasa de EB, tiene su propia propuesta, dedicar una calle a Nicolás Salmerón, más allá de la vinculación de este almeriense al veraneo de la ciudad, por ser el único presidente de un gobierno, allá en la Primera República, que prefirió dimitir antes de firmar sentencias de muerte.
Es más habitual, explica Etxezarreta, que quienes dan nombre a las calles en los últimos años, sean naturales de la ciudad o, por lo menos, vascos. Pero en el listado de los bautizos recientes se rinde homenaje a García Lorca, a Teresa de Calcuta, a Jacques Costeau, a los universos literarios de Obaba, pero también a los de Macondo. O a Verdi. En Riberas de Loiola tienen calle, junto a este músico, el primer alcalde de la actual democracia, Xabier Alkain y el primer diputado general Xabier Aizarna. El que fuera el lehendakari en el exilio, Jesús María Leizaola, da nombre al espigón de la playa de Gros. José Antonio Agirre, al nuevo puente.