Nerviosa y confusa por lo sucedido, y sin poder salir del establecimiento, una encargada del restaurante Kiruri tuvo que avisar a la mujer de Inaxio Uria de que su marido había recibido dos tiros en el aparcamiento exterior. Pero tuvo cuidado para no decírselo de sopetón. «Le he llamado por teléfono y le he dicho: 'Manoli, a tu marido le ha pasado algo. Llama a tus hijos que vengan inmediatamente aquí'».
La responsable del local, que prefiere no dar su nombre, relata los momentos vividos tras el asesinato de Uria en el parking exterior. «Yo, la verdad, no he escuchado los disparos, pero de repente han entrado varias personas, alborotadas, gritando que le habían pegado dos tiros a una persona». Y esa persona era Ignacio Uria, un hombre muy conocido en Azpeitia, en especial en la zona del barrio de Loiola. «Enseguida nos hemos dado cuenta de que era él. Yo he preguntado si llamaba al 112, pero me han dicho que ya había avisado».
La responsable del Kiruri salió al exterior y se acercó al lugar del atentado. La escena que presenció tardará en olvidarla. «Estaba tumbado y ensangrentado. Sólo he visto sangre. No he podido ver más porque los médicos estaban encargándose ya de él», explica.
La mujer destacaba que las ambulancias llegaron inmediatamente a atender a la víctima. «No sé cuánto tiempo ha transcurrido, han sido pocos minutos, pero enseguida han llegado».
La confirmación del fallecimiento dejó a esta mujer muy afectada. «Estas noticias te dejan seca, muy nerviosa. Estaba tan nerviosa que no sé siquiera quiénes eran las personas que han entrado al restaurante a avisar de lo que había pasado».
Pero reconoce que lo peor es el sufrimiento de la familia. «Yo no he vuelto a hablar con Manoli, pero la mujer y los hijos tienen que estar destrozados».
El Kiruri es uno de los restaurantes más conocidos en la zona. Ubicado frente al santuario de Loyola, cuna de San Ignacio, ha sido escenario de numerosas bodas o comuniones de vecinos de la comarca. Está ubicado junto a la carretera que lleva a Azkoitia y es un edificio de ladrillo rojo de dos alturas, situado a escasos metros del inmueble que alberga la empresa Altuna y Uria, un edificio con forma de 'u' de tres pisos de piedra gris, que alberga además otras empresas, como la Clínica Loyola, y que está rodeado por un espacio ajardinado en el que destacan cuatro cipreses.
«Un bendito de Dios»
Ignacio Uria iba casi todos los días a este restaurante, a la misma hora. «El comía en casa pero aquí siempre venía a jugar la partida de cartas con su cuadrilla. Siempre venía a la misma hora, hacia la una de la tarde». Además de por esta costumbre, la encargada del establecimiento conocía personalmente al fallecido porque «trabajaba y vivía aquí al lado».
La trabajadora glosa la figura del asesinado. Recuerda al empresario azpeitiarra como una persona «buena y alegre». «Te reías mucho con él. Era un bendito de Dios. Un buen hombre con el que te podías hartar a reír. Aquí estamos todos llorando», insistía la dueña de Kiruri. Al ser un cliente habitual, tenía muy buena relación con la gente del restaurante. «Alguna vez ha ido a saludarnos incluso a la cocina». Ignacio Uria era vecino del barrio azpeitiarra de Loiola, al igual que la gran mayoría de sus hermanos. «Él era de Loiola, herrikoa».
La responsable del Kiruri asegura que en los últimos días ella no había notado nada extraño ni visto personas sospechosas en los alrededores del restaurante que hiciera presagiar el atentado perpetrado ayer. «No he visto nada raro», reitera.
El entorno del restaurante permaneció acordonado varias horas. Cuando la Ertzaintza decidió levantar el cordón algunos operarios limpiaron con una manguera los restos de sangre que quedaban sobre la acera y retiraron las gasas manchadas de rojo utilizadas por los servicios de urgencias para intentar reanimar al industrial cuando estaba herido de muerte.
Al caer la noche, cuando la zona ya recobró la tranquilidad, un grupo de allegados colocó en el lugar del atentado un ramo de flores y unos cirios rojos encendidos para recordar al fallecido.