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Política

04.12.08 -

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U n joven empresario me desgranaba hace muy pocas horas con pesar las cosas de la vida de Ignacio Uria. Eran las mismas cosas que después proclamaban los empresarios vascos: Ignacio se había hecho a sí mismo. Sin grandes estudios, había sido capaz de desarrollar una empresa solvente capaz de enfrentarse a los retos técnicos de las grandes obras públicas. Vinculado a su pueblo natal, el chivato que ha pasado la información necesaria para asesinarlo seguramente nació durante el periodo democrático y seguramente ha visto pasear a Ignacio por las calles de Azpeitia. No sería raro que haya compartido experiencias deportivas, gastronómicas o escolares con sus hijos o que incluso le liguen lazos de parentesco con su familia, porque el corazón de las tinieblas fanáticas guipuzcoanas, donde tanto se ha asesinado, es así, de un horror doméstico.
Casi 50 años después del comienzo del fanatismo terrorista de ETA, es un dato objetivo que no pueden desestabilizar el poder del Estado y que caminan hacia su degradación progresiva. Causan un dolor irreparable en cada entorno familiar que atacan, pero lo incomprensible de esta situación es que no hemos encontrado un antídoto contra la fanatización que lleva a niños a convertirse en asesinos porque, sencillamente, no lo hemos buscado. El antídoto contra la fanatización se basa en dos factores a los que no se ha dado, ni de lejos, la importancia que tienen. Me refiero al conocimiento de los fenómenos de adoctrinamiento y reclutamiento de niños en la sociedad vasca y navarra, así como el compromiso de educar en los valores de los derechos humanos en los ámbitos escolares y de ocio y tiempo libre, en general, y de prevención específica en entornos específicamente tóxicos para niñas y niños.
No hemos buscado el antídoto, sencillamente, porque durante mucho tiempo ha funcionado la coartada del hartazgo y de la irresponsabilidad. Somos responsables del mundo que vivimos. Yo no sabía que esa frase la había dejado escrita Hanna Arendt mucho antes de que con mis propios ojos contemplase con consciencia por primera vez el efecto de la insensibilidad y el pasotismo ambiental. Fue en los primeros años 80 cuando escuché una tarde, después de salir del Instituto de Enseñanza Secundaria, que habría una manifestación y luego quemarían la casa del pueblo de mi localidad natal, ante la apatía general de los no atacantes que lo escucharon.
Muchos ciudadanos vascos, con la conciencia autosatisfecha, no se sienten responsables del mundo social vasco. Muchos de los que no se comprometen -por no recibir ni una mala mirada- al grito de «yo quiero llevarme bien con todo el mundo» utilizan la coartada del hartazgo y hasta del aburrimiento, como si la amenaza totalitaria de los nacionalistas fanatizados de ETA fuera equivalente a las opciones de consumo cotidianas. Se trata de la libertad de cada uno, se trata del derecho a la vida, a la libre empresa, a poder mirar a la cara a los huérfanos que pueblan nuestras calles y pueblos. Se trata de asumir que se puede actuar sobre la distorsión ética que se difunde entre los fanatizados, además de perseguir a los que cometen delitos y de echar de los ayuntamientos a sus conmilitones.
Somos responsables del mundo en que vivimos y no vale la excusa del hartazgo para no hacer frente a la búsqueda de antídotos contra la fanatización.
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