DV. El 11 de julio de 2006 fue la última vez que Mikel Laboa se subió a un escenario. Y fue en la playa de La Zurriola durante el Concierto por la Paz organizado por el Ayuntamiento donostiarra, la Diputación Foral y el Gobierno Vasco, con Bob Dylan como cabeza de cartel y el grupo Macaco como cierre de la velada. El leiv-motiv del concierto ayudó quizás a convencer a un artista en las antípodas del tópico «animal de escenario». De hecho, «habíamos intentado contratarle en cuatro ocasiones anteriores, tanto para el Kursaal como para el Victoria Eugenia, y las cuatro fue imposible, recuerda el programador musical de Donostia Kultura, Miguel Martín.
En esta ocasión, sin embargo, Laboa entendió que se trataba de una ocasión «excepcional» y aceptó la propuesta de abrir el concierto. Martín señala que «desde el momento en el que surgió la idea de incluir a un cantautor en el cartel, tuvimos claro que tenía que ser Laboa, al margen de otras consideraciones, también por ser el menos significado políticamente». No obstante, a medida que se acercaba la fecha, la proverbial accesibilidad de Laboa fue quizás aprovechada por algunos para cuestionarle la oportunidad de su participación en el acto. Fuera como fuese, las fechas previas fueron especialmente nerviosas para el artista. Y también para los organizadores, conocedores de una cierta tendencia del músico a la cancelación en los últimos años.
Así, llegó aquel martes, 11 de julio. La actuación de Laboa, que finalmente estaría acompañado de Iñaki Salvador, al piano, y Ángel Unzu, a la guitarra eléctrica, estaba fijada para las 19.45 horas. Quince minutos antes, se paseaba por el backstage, con la vista fija en el mar y atendiendo apenas la conversación que mantenían sus dos músicos acompañantes.
Y ataviado con su gorra, jersey de cuello vuelto y vaqueros, Laboa inició puntual y en solitario su actuación, con Ihesa zilegi balitz y la cerró, cuarenta minutos después, con Gure bazterrak. Entre medio quedaron para el recuerdo Galderak, Haize Hegoa, Orduan, un Txoria txori sin concesiones, Izarren hautsa y Liluaren kontra. Entre el multitudinario público, cada cual encontró su momento para el temblor en una noche, como luego se vería, rácana en emociones. Para el recuerdo, queda la anécdota del aviso grabado para los usuarios de las cabinas de la playa, que irrumpió en mitad del concierto por los altavoces, a las ocho en punto.
Al término de su actuación y cuando Dylan aún estaba en el Hotel María Cristina, un Laboa sastisfecho y arropado por los suyos abandonaba la zona. «Lo pasó mal antes del concierto -reconoce Martín-, pero lo que tenemos claro es que nunca se arrepintió de haber participado». Meses después, aún comentaba con sus conocidos el gran susto que todo aquello le supuso. Fue su última actuación en directo. Aunque poco después se anunció un nuevo concierto el 7 de marzo de 2007 en el Leidor de Tolosa, poco después fue cancelado. «Aquello fue excepcional en unas circunstancias excepcionales», concluye Martín, para quien Laboa ha sido «el tío más creativo que se ha subido a un escenario cantando en euskera». amoyano