La última vez que nos cruzamos fue la primera en que nos saludamos. Yo bajaba por el Paseo de Hériz y me encontré, muy mal estacionado, un coche pequeño del que, de pronto, salió un gigante: Era Mikel Laboa, inconfundible bajo su gorra de resistente, un abrigo de luto riguroso y unas deportivas blancas. No sé por qué esa vez me atreví a romper la barrera de cristal: «Si es por Mikel Laboa, merece la pena esperar...». Él se me quedó mirando con una sonrisa entre cómplice y patriarcal, y me respondió: «Tú eres Álvaro, ¿verdad?». No hizo falta más, porque más que conocernos nos reconocimos como caminantes de un mismo oficio desde dos lenguas hermanas, dos miradas diferentes, y quién sabe cuántas generaciones de distancia.
Yo venía siguiéndole desde un millón de años atrás, desde que cayó en mis manos aquel maravilloso Bat-Hiru que me regaló mi primera novia, y me convertí en un adicto a sus Lekeitios desde mucho antes de que Joan Baez se atreviera a cantar su legendario Txoria txori con su letra original en euskera.
¿Cuántos pájaros han volado ya sobre el nido del cuco desde aquel Hegoak ebaki banizkio hasta el último Xoriek 17? Ciertamente, muchos más de los que van y vienen. Cada pequeño pájaro de Laboa lleva dentro toda una definición de Euskal-Herria que nos pertenece a todos los vascos, sea cual sea la lengua en que cantemos o contemos. Nos recuerda algo esencial que hemos olvidado y que debemos recuperar perentoriarmente. Esa parte de inocencia que nos hermana con esa canción para niños. Pero también una nana para aprender a hablar, es decir, a entendernos, en una especie de pre-habla universal.
Baga, biga, higa / Laga, boga, sega / Zai, zoi, bele / Harma, tiro pun!. ¿En qué lengua está cantando Laboa? Aunque los tres primeros términos sean los que emplean las sorguiñak en sus hechizos, cuando la escuchamos todos somos niños que entendemos un adiestramiento en el lenguaje mágico de la vida. Seguro que Laboa encontró la música mientras trabajaba en la unidad de Neuropsiquiatría Infantil del Patronato San Miguel de Donostia. Pero el psicoanálisis colectivo de este país ha hecho de ella todo un himno donde se cruzan tradición, poesía y experimentalismo, de la misma manera que en su literatura los textos de Atxaga o Sarrionaindia se cruzan con los de Atahualpa Yupanqui, James Joyce o Bertold Brectch.
En sus casi cuarenta años creando y cantando, aquel Mikel Laboa con su guitarra al hombro que recordaba un cruce entre el bardo Iparraguirre y el Ché Guevara, ha ido construyendo un sonido y un repertorio que trasciende lo local para situarle en un lugar destacado entre los grandes cantautores de la tradición europea.
Tampoco tiene nada de accidental que actuara junto a Bob Dylan en el último concierto por la paz que se celebró en San Sebastián. No sólo son hijos de la misma generación beatniik que aquí se llamó Ez dok amairu, masas de variadas edades han interiorizado las sentencias más luminosas de uno y otro, perfectamente aptas para ser invocadas en un momento dado. Donde Laboa enseña reglas de comportamiento universales -Si le hubiera cortado las alas, habría sido mío, pero así habría dejado de ser pájaro-, Dylan nos recomienda: No necesitas un hombre del tiempo / para saber de dónde sopla el viento. O: No necesitas líderes/vigila los parquímetros. Desde diferentes lenguajes, uno y otro están cantando la misma canción.
Entre metáforas agazapadas, alusiones enigmáticas, oraciones truncadas y onomatopeyas descabelladas, Laboa supo crear un imaginario propio donde se cruzaban magistralmente, sin estridencias, una vena telúrica, ancestral, y otra política, social, mágica y hasta surrealista. Era imposible no rendirse al peso de tanta autenticidad escuchando cualquiera de sus canciones. La última vez que lo vi subir a un escenario, allá en la playa de la Zurriola, se movía con la enternecedora torpeza de un viejo boxeador que podía ser perfectamente el Hurricane de Dylan. Pero una vez más, como en su primer disco, sus canciones en voz baja nos fueron golpeando con ese derroche de emotividad contenida que asalta tus sentidos hasta producirte una especie de catarsis. Una catarsis que sólo se libera aplaudiendo hasta con el corazón.
Seguro de sus poderes, Laboa siempre consiguió una comunicación única, directa y trascendental con su auditorio sin recurrir a mayores artificios que su vieja guitarra y su voz quebrada. Los lectores de este DV acertaron plenamente cuando eligieron aquel legendario Bat-Iru como el mejor álbum vasco de las historia. Ese juego de cifras, como un sortilegio, Tres-Uno, me hace pensar en la trilogía que cerraba su música en torno a la estatuaria de Oteiza y Chillida. Con la ausencia de Laboa, perdemos al último gigante de nuestra cultura. Que nadie diga que ha muerto. Como el pájaro de su canción -txoria nuen maite-, seguro que ha alzado el vuelo hacia otros cielos donde su voz seguirá latiendo, tan tierna y tan poderosa a un tiempo, inconmensurable, como toda esa vida que nos regaló.