DV. Se va un artista fundamental pero también un ciudadano que formó parte del paisaje de Donostia como un verdadero personaje popular. «Canto porque no sé hablar en público», confesaba Mikel Laboa a sus amigos, pero a cambio buscaba la charla tranquila acodado en la barra. Los bares del barrio donostiarra del Antiguo, Igeldo o más recientemente Aiete fueron escenario de la «tertulia itinerante» de Laboa, un hombre que a menudo llegaba solo a la charla («en la calle Matía le llamábamos 'el lobo estepario' cuando lo veíamos bajar de su dos caballos amarillo vestido de azul de arriba abajo») pero siempre acababa acompañado.
«El barrio del Antiguo no será el mismo sin él», sentenciaba ayer Eneko Agirre, directivo de Aspace y habitual de la calle Matía. «Era un personaje popular, amigo de todos... Y es curioso que dos de sus bares favoritos, el Etxeberria y el Zubia, sean hoy sedes de Caja Madrid y La Caixa: así cambian los tiempos», ironiza Agirre. «Una época se va con él».
«Hay artistas que han vivido siempre encerrados, al margen de la gente, pero Laboa vivió a pie de calle», añade Agirre. Colegas de Agirre, médicos en Aspace, mantuvieron contactos profesionales con el cantante en su faceta de psiquiatra infantil. «Era un tipo estupendo en su trabajo y un conversador excelente con un café».
En el bar Munto Berri, de Aiete, ayer la tertulia estaba de luto. «Últimamente hacía aquí su vida social porque le molestaba la cadera y prefería quedarse en nuestro bar, junto a su casa, que coger el coche», decía ayer Meli, camarero del bar. Vino hasta el pasado miércoles. Hicimos planes para ir a comer al Cantábrico de Tolosa, le hacía mucha ilusión». El propietario, Iñaki García, añadió emocionado: «Para mí, Mikel era medio bar. No se daba importancia, no me dejaba poner sus canciones. Hablaba con todos».
Cerca del Munto sigue aparcado el coche de Laboa, un Opel Astra que sustituyó al mítico e inconfundible dos caballos que delataba los movimientos de Laboa por la Donostia que tanto vivió.
Pero donde también se echaba ayer de menos al artista es en el bar Aratz del barrio de Ibaeta. «Nuestra familia conocía a Mikel desde siempre, y cuando abrimos el bar aquí se solía pasar», recuerda Xabier Zabaleta. En las paredes del bar cuelga el cartel de un disco de Laboa con su autógrafo. «Muchos amigos que sabían que solía venir por aquí nos daban discos para que los firmara, y él lo hacía encantado, pero nunca se dejaba invitar, ni siquiera a un vino. Le molestaba que alguien que le reconociera quisiera pagarle la ronda», recuerda.
Xabier Zabaleta sonríe cuando rememora «el día en que Laboa venía de Elkar con el primer ejemplar de un nuevo disco, paró aquí y se empeñó en regalarlo a mi hermano Aitor y a mí. No se lo aceptamos: ese disco debía guardarlo él. Al poco tiempo, pasó lo de Aitor», es decir, su asesinato en las puertas del Calderón en un Real Sociedad-Atlético de Madrid.
Una muerte que Laboa tanto sintió, como sus paisanos sienten ahora la suya: fue un artista de vanguardia, sí, pero popular en su más noble y poderoso sentido.