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21.11.08 -

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Una de las virtudes de los hombres inteligentes es advertir los valores del prójimo a tiempo. Caro Baroja decía que aprendió en su familia la inclinación a considerar lo bueno de los demás, con independencia de quién fuera su portador. Tal virtud se adjudica al doctor Gregorio Marañón, quien se apercibió muy pronto de los valores humanos e intelectuales de José Ignacio Tellechea Idígoras (1928-2008). Bien es verdad que, además del ojo clínico que se le supone a un médico de tal celebridad, Tellechea se lo puso fácil, pues sus aptitudes intelectuales, conocimientos y espíritu de trabajo para la investigación ya eran manifiestos en el joven vasco en aquellos días de 1956. Marañón, que tenía un afecto particular por San Sebastián y sus grandes personajes -ahí su amistad con Baroja o Zuloaga- había mantenido una relación especial con José de Arteche, tío de Tellechea, y otros intelectuales vascos, como Julio Caro Baroja, Busca Isusi o Ignacio Barriola. Tenía también Marañón un sentido histórico, como consta en alguno de sus libros, fundamentalmente el dedicado a Antonio Pérez, secretario de Felipe II, desterrado en París, cuya vida tanto interesó al médico escritor.
Similar interés, que luego abocaría en pasión razonada, despertó en Tellechea Idígoras la figura controvertida del arzobispo Carranza, un día de 1952, cuando halló en la Biblioteca Vaticana los manuscritos del tonsurado, cuya vida y milagros habían de ser para él motivo de estudio durante medio siglo. Para comprender los procesos de Carranza, su relación con la Inquisición, su papel en la vida religiosa y civil de su tiempo, los libros de Tellechea son y serán la base de todo entendimiento. La forma en que nuestro historiador se encontró con documentos de tan alto valor en la historia no se debe a magia o prestidigitación, ni siquiera se debe a la suerte. Es fruto de la constancia, del sentido histórico, de la validez y fruto del trabajo. Sin duda otros ojos humanos habían pasado en el tiempo por sobre aquellos documentos, pero no habían advertido ni se habían apercibido de su valor. Ahí resalta el de Tellechea, que, a la manera del trapero que vuelve sobre los trastos usados, realza el valor de los documentos dormidos, alentando su vida, aireándolos, y alertando a la sociedad de su significado.
Medio siglo dedicó Tellechea a investigar, estudiar, y encontrar el sentido de la historia. Al mismo tiempo, fue profesor en la Universidad de Salamanca, procurando que los vectores de docencia e investigación fueran siempre complementarios, pero con un objetivo que explica la mirada amplia de este hombre, como confesaba en 2001: «Con el objetivo primordial de que mis alumnos, junto a información y reflexión sobre la Historia, llegasen a sentir gusto por ésta, con ancho margen de comprensión y predisposición a cierta mentalidad histórica». Sabía Tellechea que sus alumnos habrían de ser muchos, aunque no asistieran a sus clases. Lamentablemente, no tuvo tiempo para escribir alguna reflexión, de orden teórico, pero también práctico, sobre el método histórico. Pero por él sabemos más y entendemos mejor la obra y conducta de algunos de personajes más singulares, desde Miguel de Molinos a Larramendi y la Monja Alférez a Miguel de Unamuno, Zuloaga, amén de otras figuras del 98: Salaverría, Grandmontagne, Maeztu. No hubo materia que Tellechea analizara que no cobrara sentido.
Pero el servicio de Tellechea a la cultura e historia vascas va más allá. En 1963, junto con Ricardo de Izaguirre, conformó el proyecto de Grupo Doctor Camino de Historia Donostiarra, en cuya institución ha sido su director y trabajador especial. Sólo por el Boletín de Estudios Históricos sobre San Sebastián, sus cuarenta volúmenes, se justificaría la obra, no de un hombre, sino de un grupo. En realidad, como se ha repetido, este boletín es en todos y cada uno de sus volúmenes algo más que una publicación: se trata de verdaderos tratados sobre la historia de la Ciudad.
Cierto día de 1991 se subastaban, a peso, en el Hotel Orly de San Sebastián ejemplares del libro que sobre Jorge Oteiza escribió Pelay Orozco. A Tellechea le asustó la idea de que ese libro se vendiera, en su propio medio, a peso, y quiso visitar aquella exposición y venta junto con Oteiza. En la conversación, como era habitual, se habló de Arteche, quien había sido, sin duda, el principal valedor que ante la jerarquía eclesiástica había tenido el escultor en el conflicto de la estatuaria de Aránzazu. Oteiza, que era muy rápido en estos asuntos, le espetó a José Ignacio: «¿Tú en la Universidad Vasca serás el rector, verdad?». Aunque Tellechea entendió la intención de Oteiza, derivó la conversación de inmediato, alegando que nunca en su vida había aspirado a ser nada, ni en la jerarquía, ni en los negocios. Efectivamente, un sacerdote de su formación podría haber sido un directivo de alto rango en la jerarquía católica. Podía haber sido rector de las Universidades Pontificias, podría haber aspirado a honores en este mundo. Pero se decidió por el trabajo. Es sabido que fue amigo del papa Juan XXIII. Que Tellechea y José Laboa acompañaron al cardenal Roncalli en su viaje por España. Es sabido que Roma le propuso, le insistió y le presionó para que aceptara ser obispo de Bilbao. Curiosamente, los ciudadanos que hubieran sido sus feligreses, y que se enteraron por los periódicos sobre tal especulación para el cargo de obispo, luego no tendrían la suerte de saber que Tellechea, que renunció a tal cargo y honor como sacerdote, sólo por dedicarse a la historia -otra manera de servir a su pueblo-, había fallecido en San Sebastián, la ciudad que le vio nacer, el día ocho de marzo de 2008.
Y es que la pregunta de Oteiza no era baldía, porque Oteiza sabía muy bien cuál era la situación de Tellechea en relación con la Universidad Vasca, no sólo con la pública, en la que, si actuó como profesor, fue en algún curso de verano, sino, incluso, en la Universidad de Deusto, a pesar de su buena relación con los jesuitas. No olvidemos que el libro de Tellechea sobre su fundador, Iñigo de Loyola, es un best seller permanente, algo así como si se tratara de una biografía oficial. Oteiza estaba diciéndonos que Tellechea debería haber sido considerado de otra manera por nuestras instituciones, las de representación política, las universitarias y las culturales. Esto no quiere esconder su estrecha relación, su presencia, su aportación, y el afecto mutuo con que la Bascongada de Amigos del País y Tellechea se fundieron. Tampoco, la medalla de oro de Andoain, o el Premio Manuel Lekuona, otorgado por Eusko Ikaskuntza. Oteiza estaba diciendo que cómo se podían otorgar doctorados honoris causa a gentes de menor cuantía y no advertir, como advirtió Marañón, de la excelencia intelectual y personal de Tellechea.
Pero no es hora de reseñar lo que no se hizo, sino lo que hay que hacer. Tellechea entregó toda su vida a la acción cultural, al entendimiento de la Historia, generosamente. Incluso entregó su salud. Iba siempre de prisa, no conoció el aburrimiento, y no recuerdo haberle visto pasar un semáforo en verde jamás. Cuando en la calle de Paseo Colón sonaba alguna bocina, era para advertir que un hombre, José Ignacio, cruzaba de prisa, entre coches, para llegar a Correos. ¿Cómo situar ese ejemplo en el tiempo?
Un grupo de ciudadanos, amigos, alumnos y gente de a pie andan ocupados en estos días en procurar una entidad o institución que, bajo los estatutos de una Fundación, acoja en el tiempo el estudio del legado de José Ignacio Tellechea Idígoras. No sólo se pretende considerar el conjunto de su investigación ya resuelta, sino apoyarse en ella para encarar a futuro proyectos de investigación y análisis histórico, muchos de ellos ya sugeridos por Tellechea en sus libros, en sus artículos y en sus apuntes. Los promotores de la Fundación Tellechea tienen como objetivo asentar la institución resultante teniendo en cuenta, como base, tres asuntos históricos de especial dedicación en Tellechea -arzobispo Carranza, Unamuno y sus estudios vascos-, que tienen relación directa a su vez con otros lugares de no menor significación: San Sebastián, y el País Vasco por extensión, Salamanca, la localidad navarra de Miranda de Arga y Toledo.
Para esta convocatoria son necesarios todos los concursos de voluntades. Por ello, las Universidades Vascas -las civiles y las eclesiásticas-, San Sebastián -especialmente su Ayuntamiento, amén de la Diputación-, y el País Vasco, Bilbao, también Bilbao, y no sólo por Unamuno -ahora que la Kutxa, que acogió siendo Caja de Ahorros Municipal el proyecto de Doctor Camino, extiende su acción unificada-, la RSBAP, Eusko Ikaskuntza, Euskaltzaindia, todas las asociaciones culturales, los Museos, los historiadores -los que fueron alumnos y los que no han leído sus libros, todos-, deberían sumarse a este proyecto de Fundación Tellechea Idígoras.
Apoyarlo, difundir sus objetivos, buscar la fórmula para que Salamanca, San Sebastián, Miranda de Arga o Toledo, pongan en marcha esa institución en la que se resalte la memoria de uno de los vascos más preclaros de nuestro tiempo.
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