El ministro del Interior indicó que la pista determinante para la detención de Garikoitz Aspiazu fue el coche Peugeot 207 con matrículas falsas que utilizaba para trasladarse. Un automóvil, precisó, que fue robado en el país vecino el pasado 6 de noviembre, once días antes de la captura.
El ministro indicó que ese dato fue la punta del ovillo para llegar hasta Txeroki y su acompañante en el momento de su detención, Leire López Zurutuza, cuyo papel dentro de ETA está aún por determinar. Rubalcaba apuntó que debía tener «un nivel de responsabilidad», pero que hasta que no concluyan los interrogatorios no se podrá determinar.
Alfredo Pérez Rubalcaba hizo estas consideraciones tras la firma de un convenio ferroviario con el Ministerio de Fomento para los agentes de la Policía, en el que señaló, además, que el hallazgo de 100 gramos de hachís en poder de Garikoitz Aspiazu, Txeroki, durante su detención evidencia la doble faz de ETA, una organización que dice combatir el narcotráfico con las armas -tiene en su macabro haber varios presuntos traficantes muertos- pero cuyo jefe militar tenía, al parecer, la costumbre de fumarse «unos cuantos porros».
Rubalcaba explicó que ETA «tampoco tiene una moral muy clara», aunque sería mejor hablar de «amoralidad», en el tema del narcotráfico. Mientras el discurso oficial de la organización terrorista, recordó el ministro, condena estas prácticas «con argumentos sobre la pureza de la juventud vasca», Txeroki era consumidor de hachís, según se desprende del material que poseía cuando fue detenido el lunes en Cauterets.
Aunque el titular de Interior puso de relieve que lo sustancial es que tuviera «dos pistolas» y que el hachís era lo de menos, no pudo dejar de subrayar que ETA ha perseguido «con saña» a quienes consideraba narcotraficantes. La organización terrorista desató campañas contra presuntos traficantes en la década de los ochenta y noventa, y al abrigo moral de esta acusación asesinó, entre otros, a Ángel Focal Souto en febrero de 1985 en Pasaia de San Juan; a José Antonio Santamaría, empresario y ex jugador de la Real Sociedad en enero de 1993 en San Sebastián; y su socio José Manuel Olarte, en julio del año siguiente también en la capital guipuzcoana.
Pero incluso más tarde se amparó en el combate a los narcotraficantes para justificar atentados. Hace ocho años voló la discoteca Txitxarro, en Deba, regentada por la familia Korta. Un ataque que fue, según el comunicado divulgado en su momento por los terroristas, una «seria advertencia ante la red de narcotráfico que se extiende a lo largo y ancho de Euskal Herria». En ese mismo texto, ETA acusó a las fuerzas de Seguridad, Ertzaintza incluida, de «facilitar el tráfico de drogas y utilizar sus consecuencias para sus intereses», y alertó de que el consumo de estupefacientes es un obstáculo para «la lucha de liberación de Euskal Herria».
Factible
El hallazgo de los 100 gramos de hachís en poder de Txeroki, por otro lado, no sorprendió a los expertos de la lucha antiterrorista, que atribuían un perfil al jefe de los comandos de ETA en el que, de acuerdo a sus antecedentes personales y amistades, el consumo de drogas encajaba y era factible.
El titular de Interior también se felicitó de la escasa movilización que generó la captura de Txeroki, apenas unas «decenas de personas» cuando hace sólo unos años se hubieran movilizado, por lo menos, «mil personas» para protestar. Un dato que, a su juicio, es motivo de satisfacción pues «son muchos menos», una comprobación que pone de manifiesto que el terrorismo y su entorno de apoyo «está en decadencia», a pesar de que todavía «puede hacer mucho daño».