DV. Garikoitz Aspiazu, Txeroki, quiso alquilar hasta el final de este mes el estudio de Cauterets donde fue detenido el lunes por la Policía francesa, pero la dueña de la casa explicó al presunto jefe militar de ETA que sólo podía arrendarle la habitación hasta mañana. La razón esgrimida por la dueña es que este fin de semana iba a venir su hermano y quería tener las habitaciones libres. Así lo explicó ayer a este periódico la hija de la familia Noèbes, propietaria junto a su madre de la casa de la céntrica calle Richelieu en la que estaban escondidos Txeroki y la también arrestada Leire López Zurutuza.
La dueña relató cómo contactó Txeroki con ella para alquilarle la vivienda y los posteriores pasos que el presunto dirigente de ETA más buscado de los últimos tiempos dio para instalarse en la pequeña localidad pirenaica. Un pueblo separado por diez kilómetros, monte a través, de la frontera española con Aragón, y de difícil acceso por carretera debido a su perfil montañoso.
La hija de la familia Noèbes vive con su marido y su madre, viuda de unos setenta años, en la planta baja del mismo inmueble, el número 16, un edificio de tres alturas muy bien cuidado. Tras escuchar el timbre abre la puerta con cara de pocos amigos. «No quiero decir nada, ya he tenido suficiente», dice antes de dar un portazo. Una hora más tarde, la mujer abandona la casa para abrir el bar familiar, situado junto al Ayuntamiento, a pocos metros. En torno a un café, y algo más relajada, accede a conversar. «Pero no me saque fotos ni a mí ni a la fachada del bar, no quiero tener problemas», advierte en francés.
Todo comenzó el pasado jueves cuando un joven alto, que ocultaba su cabeza con un gorro de lana e iba acompañado de una joven, entró al bar de la mujer preguntando por una habitación para alojarse. «Era un hombre alto. Sólo hablaba él y lo hacía en un francés muy correcto. Ella se limitaba en todo momento a sonreír. Sonreía mucho. Me pareció una chica muy guapa», recuerda.
Él era Txeroki. Ella, la también huida López Zurutuza. Madame Noèbes hija, pese a que tenía vacíos casi todos los estudios que alquila, les recomendó alojarse en el cercano hotel Le Lys, al otro lado del río, uno de los mejores de la zona. Pero los supuestos etarras buscaban algo más discreto y barato y pidieron que les alquilara una habitación. «Yo les mandé a la vivienda, donde les recibió mi madre, para que vieran las habitaciones. Les gustaron y se quedaron».
«Educados»
Los Noèbes, una familia muy conocida en el pueblo por sus varios negocios, entre ellos una tienda de regalos en el mismo edificio, acostumbran a alojar sólo a «gente de confianza». Y la pareja, al parecer, no levantó ninguna sospecha en los propietarios. «Vestían normal y eran educados. ¡Qué iba a saber yo! Alquilamos a mucha gente y por aquí pasa mucha gente desconocida. No vimos nada raro», se excusa la dueña.
La presencia de la pareja despertó en todo caso la curiosidad de la madre, que les hizo varias preguntas, entre ellas de dónde procedían. «Le dijeron a mi madre que eran italianos, de cerca de Roma». Esta contestación suscitó una pequeña duda en esta mujer mayor. «Me comentó que le parecía que hablaban francés con acento español», recuerda su hija. La pareja explicó a los dueños que venían a hacer «montañismo» y que querían estar «hasta final de mes», según el relato de la propietaria. «Pero como tenía compromisos familiares, porque mi hermano viene el viernes, les dijimos que sólo íbamos a alquilarles la habitación hasta el jueves», agrega.
Los Noèbes asignaron a los presuntos etarras uno de los tres estudios de la última planta, la segunda. Se trata de una habitación de veinte metros cuadrados, con un sofá cama, un pequeño baño, una pequeña cocina y una mesa para comer. Los nuevos inquilinos pagaron en metálico la cantidad correspondiente y subieron a sus habitaciones. Según la propietaria, ese mismo jueves, a última hora, el marido de la dueña les vio pasear por las inmediaciones, que en esta época están casi desiertas cuando cae la noche.
Los presuntos etarras tenían todo a mano en la estrecha rue Richelieu. Desde su ventana podían observar una lavandería, enfrente del portal, en la que uno puede meter en la lavadora seis kilos de ropa a cambio de cinco euros, tal y como explican las instrucciones en francés, castellano e inglés. A pocos metros hay también varias panaderías, restaurantes, una farmacia y tiendas de ropa de montaña.
Además de a los dos huidos, la casa sólo albergó este pasado fin de semana a una anciana de París, alojada en la primera planta y que estuvo todo el tiempo en la cama aquejada de bronquitis. «No les he visto y tampoco me dedico a espiar a los huéspedes», explica la señora que, mejorada de salud, pudo ayer por fin salir a la calle a pasear a su perro.
Irrupción policial
Lo cierto es que la estancia de los dos presuntos etarras se caracterizó por su discreción. «No hacían apenas ruido. Sólo les oíamos cuando encendían la ducha. Eran muy discretos», relata la dueña. Sólo notaron su presencia cuando López Zurutuza salió varias veces a un supermercado cercano a comprar algunos víveres. La dueña de la casa corrobora este extremo. «Llevaba bolsas de compra en dos mochilas».
Todo transcurrió con normalidad hasta que en la madrugada del lunes, hacia las tres, medio centenar de policías tomó la calle y un grupo de ellos irrumpió en la vivienda, en la que los dueños y los inquilinos dormían ajenos a todo. La anciana de la primera planta escuchó «un fuerte ruido, como un temblor de tierra». Pero al comprobar que se trataba de la Policía decidió quedarse quieta aunque ya no pudo pegar ojo. Madame Noèbes hija salió sobresaltada al pasillo que sirve de entrada pero enseguida un agente le explicó la situación. «Señora, hay un terrorista en el piso de arriba».