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05.11.08 -

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La política vasca en EE UU
Cuando los historiadores queremos explicar un fenómeno humano gestado en el tiempo procuramos aplicar modelos de desarrollo y tendemos a dotar de una lógica intrínseca a los mismos. La presencia de la vida política vasca en Estados Unidos no responde sin embargo a un patrón lógico, ni es un fenómeno cuyo desarrollo podemos considerar lineal o histórico estricto sensu, sino que se ha activado o desactivado en virtud de los acontecimientos que han afectado a ambos mundos y del acercamiento o alejamiento de intereses políticos, económicos o estratégicos mutuos. Antes que una película observamos en el caso que nos ocupa diversas escenas más o menos coyunturales e inconexas.
A pesar de esto, los archivos nacionales de Estados Unidos en Washington DC custodian decenas de miles de documentos relativos a la vida política vasca, algunos de los cuales se remontan, a pesar de la doctrina Monroe (1823), a la Guerra de los Siete Años (1833-1839). La Segunda Guerra Carlista (1872-1876) generó asimismo una abundante literatura diplomática en el seno de la Administración presidida entonces por Ulysses S. Grant (1822-1885).
Pero fue es el bombardeo de Gernika del 26 de abril de 1937 el evento que ha producido un mayor impacto en el seno de la Secretaría de Estado y de la sociedad norteamericana en relación con la cuestión política vasca. El Chicago Daily Tribune y The Charleston Gazette fueron dos de los rotativos que a nivel mundial publicaron las primeras noticias de la masacre, incluso antes que los medios vascos. Podemos inferir por los titulares del 27 de abril, The Worst Air Raid Yet, que la prensa estadounidense no tuvo dudas sobre lo que había ocurrido en Gernika. Y sería un senador por Idaho, William E. Borah (1865-1940), el primero en introducir la noticia del bombardeo en el Congreso de Estados Unidos el 6 de mayo siguiente. Borah se adelanto una década a la Guerra Fría al apuntar en el curso de su interpelación que luchar contra el comunismo no significaba apoyar el fascismo.
Las palabras de Borah sobre la masacre provocaron una reacción en cadena, y el primero de junio el congresista Jerry J. O'Connell de Montana (1909-1956) reclamó que en virtud de los acontecimientos en Gernika, Durango, Bilbao o Almería se considerara a la Alemania nazi y a la Italia fascista Estados beligerantes y que, consecuentemente, se les aplicara el Neutrality Act y el embargo de armas. O'Connell defendía la tesis de que aquella guerra no era un conflicto «civil», sino la antesala de una gran guerra mundial, y que la neutralidad en nombre de la «no intervención» era en esencia una forma de intervenir en el conflicto del lado de las dictaduras. Los congresistas John T. Bernard (1893-1983) de Minnesota y el senador Gerald P. Nye (1892-1971) de Dakota del Norte, entre muchos otros, secundaron el requerimiento y éste fue aprobado, a pesar de la vívida oposición del senador Key Pittman (1872-1940) de Nevada, chairman del Committee on Foreign Relations. A pesar de ello el secretario de Estado Cordell Hull nunca aplicaría dicha recomendación, aun cuando el propio presidente Franklin D. Roosevelt (1882-1945) -y su esposa- se mostraron favorables a la aplicación de éstas y otras medidas como la de recibir en Estados Unidos a 500 niños refugiados vascos. Más aún, Roosevelt procuró hacer una denuncia pública del bombardeo de Gernika, y tan sólo la intervención del embajador británico en Washington DC, apoyado por el secretario Hull y el lobby católico encabezado por el obispo William H. O'Connell (1859-1944) de Boston, pudo detener aquellas iniciativas.
En cualquier caso, un segundo bombardeo, el de Pearl Harbour, decidiría definitivamente a Hull a abandonar aquella política anémica y a dar la razón al joven senador Nye, quien había anunciado que, pese a todo, la neutralidad no era una opción para Estados Unidos y advertido junto a Borah que colaborar, aún pasivamente, con Estados totalitarios no debía ser la línea política del Gobierno: «America is what America does». En este aspecto tuvieron especial relevancia los informes del embajador Claude G. Bowers (1878-1958), quien nunca ocultaría frente al dubitativo Hull su decidido apoyo a la causa del pueblo vasco y su enérgica condena a la política franco-británica de no-intervención, todo lo cual plasmó en sus memorias My Mission to Spain. Tan sólo días después del ataque japonés, la política vasca abordó el despacho oval y en mayo de 1942 se concretaba el acuerdo de colaboración en materia de espionaje con el presidente del Gobierno Vasco en el exilio, Jose Antonio Aguirre, el cual se prolongaría por siete años, hasta noviembre de 1949.
En agosto de 1947 el presidente Harry S. Truman (1884-1972), al que había convencido Cenarrusa a finales de los cuarenta para que inaugurase un centro de vuelo en Carey (Idaho), una población de alrededor de 250 habitantes, recibió el informe Drumbeat del Estado Mayor del Ejército expresando que el Estado español había pasado a ser, en el filo de la Guerra Fría, un aliado frente al comunismo. Truman arrinconó el informe mediante un contundente principio político heredado de Borah: «I won't fight tyranny with tyranny». No obstante, no soplaban buenos vientos para el Partido Demócrata. El senador por Wisconsin Joseph McCarthy (1908-1957) se dio cuenta del provecho político que podía deducirse del anticomunismo e iniciaba la «caza de brujas».
A finales de los cuarenta Truman perdió la mayoría en el Congreso y, aprovechándose de esta coyuntura, el 27 de abril de 1950 el senador de Nevada Pat McCarran (1876-1954) proponía un crédito al Estado español de 50 millones de dólares; la propuesta fue rechazada por 42 votos contra 35. Sólo tres meses después, McCarran volvió a proponer una enmienda al Economic Cooperation Act de 1948 por la cual el Estado español recibiría 100 millones de dólares, y en esta ocasión la propuesta recibió el apoyo de 65 votos contra 15. En el entreacto había estallado la Guerra de Corea. El 4 de noviembre de 1950 la ONU retiró las recomendaciones contra el régimen franquista del 12 de diciembre de 1946, y en 1953 el nuevo presidente, del Partido Republicano, Dwight Eisenhower (1890-1969) abrazaba a Franco y se olvidaba de los vascos. Incongruencias de la política: el mismo McCarran proponía y obtenía en 1954 una propuesta en la Cámara de Nevada por la cual se concedía a ciudadanos de origen vasco y sólo a éstos garantías especiales de inmigración en condiciones extraordinarias para el pastoreo en Nevada.
Habría que esperar 15 años para que la efervescente vida política vasca volviera a adquirir cierto protagonismo en Estados Unidos, excepción hecha de los acontecimientos que tuvieron lugar en Reno en 1959 en el curso del Western Basque Festival, en el que el dueño de un casino, casado con una vasca, y el escritor Robert Laxalt (1923-2001) descubrieran atónitos lo que ocurría si se sentaba en una misma mesa a un testigo del bombardeo de Gernika, Cástor Uriarte, y al embajador José María de Areilza (1909-1998). En 1970, el Juicio de Burgos devolvió a los vascos el protagonismo perdido en la década Eisenhower y tan sólo débilmente recuperado en los años de Kennedy (1917-1963). Por iniciativa del grupo Anaiak Danok de Boise y junto con Frank E. Church (1924-1984), senador de Idaho por el Partido Demócrata (1957-1980) y chairman del Committee on Foreign Affairs del Senado (1979-1981), impulsó Pete Cenarrusa en 1972 el primer Memorial en la Cámara de Representantes de Idaho. En 1978 Church visitó Gernika y se reunió con autoridades políticas vascas sin pasar por Madrid, lo cual, obsta decir, llenó los despachos de ambos de correspondencia diplomática e incluso amenazas. Posteriormente Cenarrusa, junto con Dave Bieter, ha impulsado desde Idaho dos nuevos Memorials en 2002 y 2006, en ambos casos en una clave triple: democracia, paz y derecho de autodeterminación.
No obstante, la era Bush y el acercamiento internacional favorecido por Aznar paralizó el propósito de llevar el Memorial a Washington DC. La ingente cantidad de documentación diplomática y paradiplomática recibida, la visita del embajador español Javier Rupérez a Boise y la conversación mantenida entre Cenarrusa y Condoleezza Rice inducen a pensar que en efecto existió un fuerte nexo entre los intentos de paralización del trámite para llevar el Memorial de 2002 al Congreso y la decisión del Ejecutivo español de intervenir en Irak.
Desde esta perspectiva y, al margen de las ecuaciones para reducir la ingente deuda externa heredada de tres administraciones republicanas y de la reorganización de la política exterior de los Estados Unidos, es muy previsible que una victoria demócrata en las presentes elecciones constituya un punto de inflexión en el tratamiento del conflicto político vasco por parte de la Administración norteamericana.
(*) Pete Cenarrusa fue miembro de la Cámara de Representantes de Idaho (1950-1967) y secretario de Estado de Idaho (1967-2002).
Xabier Irujo es profesor del Centro de Estudios Vascos de la Universidad de Nevada, Reno.
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