Después de ver dirigir en vivo a Gustavo Dudamel no sorprende la meteórica carrera que ha desarrollado en los últimos años. Este joven maestro, tan menudo como cargado de energía, tiene un poder en el podio que difícilmente encontrará competencia en el panorama mundial y más teniendo en cuenta su edad -27 años- y su procedencia -Venezuela-.
Por eso no es raro que Dudamel se haya convertido en un fenómeno mediático. Su capacidad de comunicación es única. Y además tiene oficio. No es que gracias a una pulida técnica de dirección pueda intuirse lo que va sonar, o que su gesto sea tan claro que hasta el músico más torpe sea capaz de entrar a tempo; tampoco es que entienda la música como parecen haberla pensado sus creadores; es que va mucho más allá. Dudamel es como un meteorito que desprende música por todos sus poros, la contagia a la orquesta y ésta la transmite, como un cohete y disparada, al público.
Con un director así es fácil imaginar lo que fue el concierto de ayer en el Kursaal, pero aunque parezca increíble, no fue sólo Dudamel quien lo convirtió en excepcional. A él se unió una orquesta rigurosa, capaz y dúctil y dos partituras cautivadoras.
Dudamel, fue, sin duda, la gran estrella, pero no lo único que brilló. La Orquesta Sinfónica de Gotemburgo se reveló como un instrumento poderoso de extraordinaria capacidad sonora que combinó con sabiduría la delicadeza y la brillantez. La agrupación, además, supo abandonarse a las directrices de un director siempre inspirado. Dudamel, con una mano izquierda con la que dibujó hasta los más pequeños adornos, absolutamente poseído por la música y utilizando hasta los más pequeños músculos de su cuerpo para mostrar la articulación de cada frase, encontró en la agrupación sueca el perfecto vehículo para transportar sus versiones de Beethoven y Strauss al público, que se rindió a sus pies.
Pero el poder de Dudamel no llegó, como ocurre en otros casos, en forma de versiones personales o descubrimientos. Su Beethoven fue un ejemplo de naturalidad. Ni tuvo las acentuaciones propias de versiones historicistas, tan en auge en la actualidad, ni recordó nunca a las de los maestros más emblemáticos. Fue una Segunda fresca, vital y siempre clara.
El embrujo continuó con la interpretación que recibimos de Una vida de héroe de Strauss. La música en estado puro tomó el Kursaal. No hubo concesiones a excesos románticos o gustos personales, sino que Dudamel dejó que la esencia de Strauss y su magnífica partitura hablaran por sí solas. Su interpretación fue una pura entrega del director y la orquesta basada en el absoluto respeto a la obra. El mágico final, con la batuta suspendida en el aire durante segundos, nos hizo desear más música. Y la tendremos: Dudamel vuelve en abril con la Simón Bolívar.