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27.10.08 -

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La nueva sociedad panóptica
Alfonso Berridi
Un nuevo tipo de sociedad está surgiendo a vista y paciencia de todos. Su perfil ha sido trazado al alimón entre las cautelas que exige la delincuencia que crece en peligrosidad y organización y los medios tecnológicos de vigilancia electrónica que ejercen un control cada vez más eficaz. A esta sociedad le conviene el nombre de «sociedad panóptica», que resulta insólito en un mundo que presume de libertad: da la casualidad de que esta denominación es de origen penitenciario.
Panópticas fueron llamadas desde principios del siglo XX las modernas cárceles dotadas de puestos de vigilancia desde los cuales se pudieran captar, de un golpe de vista y en cada momento, las actividades y la situación de los reclusos. Desde luego, esto sólo fue posible cuando los gobiernos comenzaron a pensar en la población penal como en un colectivo encuadrable dentro de un «sistema penitenciario».
Esa expresión nos parece ahora tan connatural a la organización social que somos incapaces de imaginarnos una sociedad que no esté dotada de su correspondiente «sistema penitenciario». Pero no siempre fue así. Desde el siglo XVII hasta bien entrado el siglo XIX, las prisiones eran antiguas fortalezas, a las que la moderna concepción artillera de los «campos de tiro» había ido dejando inútiles desde el punto de vista militar. Dos de estas prisiones han llegado a hacerse famosas en la historia: la Bastilla, de París, y la Torre de Londres. En España, como las necesidades de la guerra marítima contra turcos y berberiscos creaban una demanda constante de remeros forzados, las penas de larga duración se cumplían a bordo de las galeras reales. No pocas condenas se resolvían por vías externas de punición, como el destierro; o como la exposición a la vergüenza pública. Para los menores de edad y las mujeres, la privación de libertad tomaba con frecuencia la forma de internamiento temporal en un convento o en casa de un pariente que se responsabilizase de la suerte y de la conducta del condenado. Nadie pensaba en conservar entre rejas la vida de los culpables de delitos atroces: se les ajusticiaba por medio de la espada, la horca o el garrote, según lo exigiera su condición personal. Por cierto, el garrote, por la procedencia del instrumento de hierro con que se aplicaba, era apodado «collar vizcaíno». En cuanto a los grilletes, que eran llamados «bilbos» en alusión directa al puerto que los comercializaba, no servían para otra cosa que para proceder con seguridad al traslado de los presos por los inseguros caminos de entonces. Las rejas no estaban pensadas para muchos huéspedes de estancia prolongada.
Países hubo, también, en los cuales el confinamiento en tierras de ultramar contribuyó a evitar que las prisiones albergaran huéspedes de larga duración. Inglaterra y Francia tomaron la iniciativa en este sentido, pero no fueron imitadas por ningún otro país. Los lugares de destino fueron Australia o Tasmania, en caso de Inglaterra, y Nueva Caledonia y Cayena -esta durará casi hasta nuestros días- en el caso de la República Francesa.
En contraste con la situación descrita, las cárceles panópticas de finales del siglo XIX y del XX fueron un avance en cuanto que suponían una más completa racionalización de las formas de castigo y represión del delincuente.
También la sociedad panóptica que en estos momentos está creciendo ante nuestros ojos, obedece a causas y motivaciones perfectamente racionales y encaminadas a la represión del delincuente, pero lo hace sometiendo a estrecha vigilancia al conjunto de los ciudadanos libres. Todos nos hemos convertido en sospechosos.
El hecho es que viendo las cosas de cerca, descubrimos una primera razón numérica que justifica el nacimiento de esta nueva sociedad: los delitos son más numerosos y el delincuente es más atrevido; la vía pública se convierte en escenario cotidiano de hechos punibles; el consumo de drogas multiplica los delitos y fabrica nuevos malhechores. Existe una segunda razón, esta vez de naturaleza cualitativa: la delincuencia se organiza y se ramifica; los narcotraficantes actúan como grandes empresarios y están presente en todas partes; la globalización ha traído, además, la universalización de las mafias y de otras sociedades secretas delincuenciales. Se trafica con seres humanos o con sus órganos, con menores, con emigrantes pobres y con travestidos. La explotación de las mujeres de placer alcanza tal volumen como negocio que de la publicidad que origina se benefician hasta las publicaciones que presumen de decentonas. A gloria huele el dinero aunque salga del estercolero. En tercer lugar, el nuevo terrorismo tiene ambiciones mundiales: los islamistas tratan de establecer un califato universal; los terrorismos locales, indigenistas y de inspiración nacional, subsisten pese a la persecución y tienden lentamente a aliarse con las tendencias antisistema de los distintos países para formar un frente internacionalista. Cierto que se echa en falta esa especie de cursos Erasmus del terrorismo que fueron en su momento las estancias en Checoeslovaquia, en Libia, en Cuba o en Rumanía. Pero surgen activas y numerosas colonias islamistas entre los emigrantes musulmanes fincados en una Europa a la cual las prácticas agenésicas despuebla día a día de habitantes propios.
Cunde el sentimiento de que el enemigo puede estar en cualquier parte. Por doquier, el peligro acecha. La sociedad, el Estado, mi Autonomía y las Autonosuyas tienen que defenderse. El zorro ha entrado en el gallinero. Si hay que estar preparados ¿por qué no intentar controlarlo todo? ¿Cómo despreciar la ocasión de echar el ojo de forma permanente sobre ese enorme escenario delincuencial que son los espacios públicos, las vías de tránsito, los mercados, los locales de diversión y esparcimiento, los aeropuertos, los apeaderos y estaciones del ferrocarril, los lavabos públicos, las paradas de autobuses, los vestuarios, los cines y teatros, los centros de reunión, las habitaciones temáticas de los prostíbulos? ¡La seguridad lo exige! ¡La paz lo demanda!
Entre esas dos preguntas y esta exclamación, se construye la amenazante y al mismo tiempo falsamente tranquilizadora sociedad panóptica.
Falsamente tranquilizadora, porque se dice y se repite que con los visores y vídeos de grabación permanente se trata sólo de controlar a los terroristas y cohibir a los delincuentes; que es la forma de garantizar las libertades ciudadanas, y de asegurar la permanencia de las disposiciones permisivas y garantistas, como si estas no tuvieran que ver nada con el asunto; que se trata, en fin, de un medio tecnológico muy fiable, alejado de interpretaciones subjetivas y de intereses partidistas.
Amenazante, en realidad, porque la sociedad panóptica introduce un nuevo factor atemorizante: el de ser captado por el ojo electrónico que todo lo ve y lo graba todo; porque deja al ciudadano inerme ante medios técnicos que juegan siempre con su efigie y en muchas ocasiones con su intimidad; porque multiplica la posibilidad de fabricar a voluntad pruebas comprometedoras. Y, sobre todo, porque se está construyendo, a vista y paciencia de todos, un eficaz instrumento para futuras y temibles opresiones.
Aunque, claro está, siempre cabrá encontrar consuelo en preguntarse por qué del seno de la postmodernidad, que se complace en la libertad irrestricta, haya de surgir otra que ostenta algunas de las características distintivas del mundo carcelario, como son la vigilancia continua y la sospecha generalizada. Amigos, las calles comienzan a tener un matiz carcelario, y aún no nos damos por enterados.
*maquinaciones.info
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