Viajemos a un mundo paralelo. A un mundo imaginario de adolescentes guapos, perfectos y casi asexuados. Que ni beben, ni fuman, ni dicen tacos. Tan sólo cantan, bailan, hacen deporte y se enamoran. Su única angustia es qué universidad elegir entre la multitud que los han admitido. Viajemos a un instituto de pasillos impolutos y taquillas inmaculadas. En el que no existen las clases de Mates, de Literatura o de Educación para la Ciudadanía. En el que parece que sólo se imparten las asignaturas de Teatro Musical y Educación Física. Un mundo irreal en un universo ideal. Es el mundo High School Musical en el universo Disney.
Viajemos un viernes por la tarde al cine. Salas repletas de chavalería, sobre todo femenina. Muchachas recién salidas de clase, muchas aún con el uniforme puesto. Y cuando en la pantalla aparecen las primeras bombillas que conformarán el High School Musical 3 del título, histeria desatada. Más adelante se dedicarán a cantar las canciones de la película, aplaudirán los números musicales, jalearán el casto beso entre los dos protagonistas convertido en puritano clímax romántico de la película y al final exclamarán «¡Qué guay!, ¿que no?». Todo al más puro estilo Bollywood.
Asumiendo que uno hace más de veinte años que dejó el instituto y dado que se perdió las dos entregas televisivas anteriores de la serie, toca asimilar ahora las reglas de ese mundo ideal para por un lado, obviar el nuevo intento de adoctrinamiento en los valores tradicionales por parte de la factoría Disney y por el otro, metabolizar la película sin que le de un peligroso subidón de azúcar.
El argumento recuerda a Grease. Un grupo de jóvenes está a punto de terminar el instituto y se enfrenta a su nueva vida. Pero esta vez el conflicto es prácticamente inexistente. Además de increíble. No hay drama, ni tensión, ni angustia, ni credibilidad. Y tampoco su director sabe sacarle todo el partido que debería. Parece que lo que ocurre en la pantalla afecta más a la platea que a los personajes. A su lado la peli de Travolta y Olivia parece una tragedia shakespeariana. Por supuesto, hay números musicales, algunos notables, otros vergonzantes (como ese cantando bajo la lluvia en el que acaba Can I have this dance o esa tormenta acechante en Scream), con irrelevantes canciones de pegadizas melodías y ñoñas letras. A bote pronto recuerda al Grease de hace 30 años, pero el mundo inocente y cándido de High School Musical 3 nos retrotrae a las comedias de Judy Garland y Mickey Rooney de hace 70.