Todas las sociedades gastronómico-culturales del Bidasoa tienen su pedigreé. En Irun y entre otras muchas la Irungo Atsegiña arrastra un gran poderío, un seguimiento popular incontestable. Siempre ha estado ahí, en medio de todo, de todo lo bueno, con su madrinazgo del viejo hospital, con su neto protagonismo en las cabalgatas de los Reyes Magos, en los Caldereros, como fundadores de la Euskal Jira con su gurdia, con los gigantes y cabezudos, con su fanfare, con el grupo de acordeones y la figura de Mertxe Rekarte o con el mismísimo campeonato de mus, que es como una especie de mundial bidasotarra, pero sin el como.
Es una sociedad muy vital y emergente, con 940 socios que sigue teniendo demanda de entrada, aunque actualmente no hay lista de espera. El dato me lo proporciona su actual presidente, con mandato hasta 2009, que no es otro que Mak, conocido en la pila bautismal como José Luis Martínez Sánchez. Muchos no sabrán que nació en Almería, pero nadie ignora que es de Irun como ninguno. Su implicación profesional-social lo delata, ya como vicepresidente del Real Unión y de la Federación Guipuzcona de Fútbol, entre otros cargos. Casado con la gran Maribel Pagalday, es el aitatxo de Iñaki y de Leire.
Mak me ayuda a reconstruir la historia societaria de la Atsegiña, que nació en Irún el 26 de marzo de 1922, bajo la presidencia de Guillermo Dibildos. El germen tenía ya dos años de vida por obra, gracia e intención de Eusebio Sors, Antonio Estomba, Ignacio Sistiaga, Miguel Sánchez y José Narvarte.
El primer local social se instalaba en el primer piso de la Fonda Euskalduna, en la mítica calle Mayor. Con asistencia de 80 personas, se celebró la inauguración con un menú que costó ocho pesetazas de aquéllas. Se comió lo que sigue: entremeses variados (muy generosos), sopa de pasta o juliana, al gusto), almejas a la marinera, menestra de pollo y solomillo, para terminar con pastelería y fruta variadas. Todo ello, con vinos de Rioja Alta, café y copa de Domecq (cognac para los amigos). Casi nada.
A Dibildos le acompañaron en aquella junta directiva inicial los José Narvarte (vicepresidente), Enrique del Río (secretario), Carlos Iriarte (vicesecretario), Miguel Sánchez (tesorero) y los vocales Ignacio Sistiaga, Antonio Estomba y Juan Basurco.
En 86 años de larga vida, se conocieron las presidencias de Miguel A. Oyarzabal, Joaquín García, Claudio Urtizberea, Félix Sagastume,Ángel Niño, Ángel Muguruza, Antonio Estomba, Ramón Larrañaga, Ángel Muguruza (repitió), Arturo Marco, Félix Sagastume (de nuevo), Ignacio de Tomas, Paulino Bergés, Eduardo Cortijo (de 1955 a 1973), Patricio Arabolaza (1974-1985), Jesús Mari Isuskiza (el amigo Txusko), Juan Antonio Lecuona y Javier Bercianos, hasta llegar a José Luis Martínez.
En la actualidad, Mak cuenta con el apoyo directivo de Patri Arabolaza (vicepresidente), Luis Echeveste (secretario), Luis González Zabal (tesorero) y los vocales Josu Olaizola Baseta, Juanito Gómez Jimeno, Iñaki Garrido Yerobi, Pedro Galarza Larraburu (el mejor organizador del mundo mundial de campeonatos de mus donde los haya) y Felipe Etxeberria Guel- benzu.
Este último, junto con el antes citado Juanito, son los cocinitas de las juntas de los martes que siempre acaban en torno a una generosa mesa, con buen yantar y sano beber.
El presidente me recordaba en una amena charla a directivos fallecidos como Miguel Casas Arbelaiz, José Luis Velasco Elizondo o Eugenio Retuerto Zipitria, a los que siempre agradecerá su entrega. Lo mismo que a esos 80 socios que llevan más de 50 años con carnet, en una realidad difícilmente repetible en nuestro ámbito y fuera de él.
La Atsegiña va bien y está en buenas manos. Para Mak, «es un orgullo y una de las mayores satisfacciones que he tenido en mi vida presidir esta sociedad. Es mi casa».
Como también lo es para muchísimos irundarras, que no dejan de pasar por el local social ni un solo día. Son, por ejemplo y entre otros, los casos de los muslarisAntxon Gamón, Mañolo Estomba, TolitoCastelló, Paco Mendiola, Teodoro Maté o Ángel Calzado. Y lo propio se puede decir de José Luis Larruquert, el gran Larru.
En definitiva, un personal de primera para una sociedad de primera, que luce orgullosa la Cruz de Beneficiencia que se le otorgó en 1966 por su conocida y esforzada labor social.