José Luis Artola habla con emoción contenida del papel preventivo, social y colaborador de la DYA en Gipuzkoa, pero sobre todo ensalza a los voluntarios de la entidad. «Ellos son el corazón de la DYA». Un corazón que palpita con un ritmo solidario en su 35 cumpleaños.
- ¿Cómo está la DYA hoy de socios, apoyos y reconocimiento: inmejorable, no?
- La DYA la componen 400 voluntarios y 40.000 socios. Sólo en Gipuzkoa. O sea, muy bien, porque los voluntarios son el corazón de la DYA. El voluntario da mucho. Y los socios son la madre del cordero de la organización. La DYA estamos como entidad de prevención -lejos quedan ya los años de las ambulancias- y de formación. Seguimos siendo los pioneros que iban a atender las necesidades de la gente. Además, vamos a firmar con la Diputación el primer convenio de nuestra historia. Tenemos un convenio con el departamento de Emergencias para estar presentes como servicio de Protección Civil. También colaboramos en la búsqueda de personas perdidas.
- DYA ha estado siempre al margen de las instituciones oficiales.
- Siempre hemos podido mantener nuestra independencias gracias a los 40.000 socios. Hemos hecho todo lo que otros no han querido. Hemos innovado. Por ejemplo fuimos los primeros en tener ambulancias medicalizadas al principio de la década de los 80. Nos tacharon de competencia desleal y cosas peores... y casi nos hacen desaparecer.
- Les quisieron apartar de los servicios de urgencia...
- Diré que DYA ha cubierto una etapa dentro de las urgencias que ahora las cubre la Administración. Hicimos algo que nadie quería hacer. Por ejemplo: poner asistencias en la zonas más peligrosas de la red de carreteras. Nos dieron 8 millones de pesetas, pero se oficializó y pagan 52 millones. ¡Lo que hubiera hecho la DYA con ese dineral! Ya hemos borrado todo eso y seguimos haciendo nuestro trabajo. La DYA siempre estará ahí, en el teléfono 943 46 46 22 durante las 24 horas del día.
- Desapareció la imagen tradicional de la cuestación de la DYA.
- Sí, porque los tiempos cambian y no puedes pedir a la gente voluntaria que vaya de cuestación por la calle. Yo he ido y era muy duro. Nos llaman para estar preventivamente en muchos eventos y si quedan satisfechos nos dan un donativo. Pero al que no tiene no le vamos a pedir.
- Además la DYA fue de las primeras en obtener una certificación de calidad.
- Porque ha sido una meta desde hace muchos años. Venía el voluntario, pero queríamos que su ímpetu solidario tuviera un fondo de calidad en su atención y que lo notase el atendido. Queremos que el voluntario trabaje como un profesional. Es lo que quisimos hacer ver a la sociedad.
- Lo mejor de DYA es el trato cercano y hasta cariñoso de los voluntarios. ¿Está de acuerdo?
- (Emocionado) Sin duda. Ese toque goxotasuna es nuestro signo de identidad. Hemos llegado a tardar media hora para trasladar a una señora con la cadera rota desde Orio, con todo cuidado para evitar baches y curvas. No lanzó un solo gemido hasta el hospital. Nos sale así porque nos gusta asistir a la gente de Gipuzkoa como si fuera un familiar nuestro. Los voluntarios se han ganado el respeto por su trabajo. Por eso también nos han dado un premio en París.
- ¿Es fácil mandar en la DYA?
- No, mandar en la DYA es lo peor de todo. No se lo recomiendo a nadie. Hay que tomar decisiones que pueden molestar a quien está contigo codo con codo y además son voluntarios. Soy presidente porque me ha tocado. Me lo pidieron en una asamblea y acepté. Pero es un marrón... aunque estoy orgulloso de la institución. Llegué con un amplio plan para cuatro años. Al cumplirlos me dicen: no has terminado con tus objetivos, sigue.
- ¿Cómo está la cantera?
- Tenemos un departamento de atención al voluntariado en algo que también somos pioneros. Los jóvenes tienen hoy otras prioridades. También tiramos de los amigos para que dediquen un par de horas a la semana en lo que más deseen o estén capacitados. También hay quien fue voluntario de joven, entró en la vida laboral, formó una familia y ahora ha vuelto.
- ¿Cómo entró a la DYA?
- Haciendo noches a mi madre en el Hospital Donostia veía por la ventana las ambulancias que llegaban. Me enteré que todos eran voluntarios. Se curó la amá, fui a la sede y me ofrecí voluntario. Entré como conductor y mecánico. Lo recuerdo con mucho cariño.