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San Sebastián

19.10.08 -

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DV. Tiempo atrás, cuando todavía estaba permitido fumar en espacios públicos, alguien adhirió un folio a una cristalera en el principal acceso al Hospital Donostia. Éste se encontraba junto a unas jardineras en las que habitaban unos arbustillos que alguien cuidaba con mimo. «Somos plantas, no ceniceros», se podía leer en la hoja manuscrita. Al parecer, aquellos que frecuentaban los asientos de las inmediaciones, utilizaban los tiestos como improvisado recipiente para las colillas. Los años han pasado y la posibilidad fumar en el interior de un hospital parece, hoy en día, un disparate remoto. Por ello, la cartelería relacionada con el tabaco ha evolucionado por otros derroteros, naciendo un nuevo género lírico: el protagonizado por las máximas que anuncian si en tal o cual local son bienvenidos o no, los fumadores. «En este bar se puede fumar. y que pase lo que dios quiera», se lee, al respecto, en una taberna de la Parte Vieja.
A principios del presente mes, vimos un curioso pasquín en el exterior de un restaurante turco de la calle San Martín. Nos llamó la atención su mestiza grafía -«1-10-2008. Cerrado por Novidad nuestro. Muchas gracias»-, pero también por su mensaje implícito. ¿Qué religión celebra un equivalente -por llamarlo de alguna manera, claro- a la Navidad cristiana en estas fechas, casi otoñales? La respuesta no tardó en llegar: el «novidad nuestro» es, en realidad, el final del Ramadán, el ayuno que todo buen musulmán debe llevar a cabo durante 30 días, desde el nacimiento hasta la puesta de sol. Bastó encender la tele durante la emisión de un noticiario para enterarse de los fastos que se llevan a cabo en el mundo musulmán con este motivo aunque, un par de días después, nos acercamos al restaurante en cuestión para confirmarlo.
Cerca de allí, en el escaparate de un comercio de moda de la calle Moraza, el lector Fernando Martínez Sarasqueta descubrió un muy perturbador cartel. Nos lo hizo saber en un irónico e-mail titulado, muy adecuadamente, «¿Rebajas?». El rótulo no deja lugar a dudas: «Restos de señora en el interior», como si se tratara de aquella novela de Agatha Christie en la que el criminal anunciaba el crimen en un inserto de prensa, días antes de cometer la fechoría. Es obvio que la sentencia se presta a una lectura maligna, negra y facinerosa. Nos encontramos ante un caso claro de culpabilidad manifiesta y confesa, lo que no resta un ápice de crudeza al manifiesto. ¿Se habrá dejado caer por el lugar una patrulla policial para realizar las correspondientes pesquisas? ¿Es lícito utilizar el término 'presunción de inocencia' ante una confesión semejante? ¿Cuántos días llevan allí los restos de la finada? Preguntas, preguntas.
De un tiempo a esta parte, han proliferado los letreros que, de mil y una formas, solicitan a los ciudadanos que empleen sus teléfonos móviles con respeto y moderación. Así ocurre en hospitales, cines, transportes y otros lugares públicos. Más de un lector se habrá fijado en los avisos que penden junto a los accesos de varias iglesias donostiarras y en el que se solicita contención en el uso del móvil con una fórmula original y alejada de los recursos habituales. «Va a entrar en la iglesia. Por favor, apague su móvil», comienza, para seguir con una muy certera sentencia: «Para hablar con Dios no lo necesita», por si algún fiel cree que las nuevas tecnologías pueden ayudarle en sus relaciones espirituales con el Altísimo. Quién sabe si en el futuro, las misas se servirán de la tecnología celular para llegar a los fieles.
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