'Puerta' de entrada al túnel, un grabado del lugar, de 1567, y abajo a la derecha, el ya desaparecido puesto de miqueletes.

'Puerta' de entrada al túnel, un grabado del lugar, de 1567, y abajo a la derecha, el ya desaparecido puesto de miqueletes.
DV. El túnel de San Adrián es una fuente de evocaciones de toda condición, desde la leyenda a la arqueología, que tiene el fundamento de una historia milenaria como ruta de paso y que durante siglos desempeñó una función crucial para dar salida al comercio de Castilla hacia Europa.
Y pese a constituir una auténtica tierra de promisión para los arqueólogos, ese túnel a 1.008 metros de altitud que atraviesa la sierra de Aizkorri no ha sido investigado de forma sistemática. Y los científicos sostienen que un trabajo de campo multidisciplinar puede proporcionar un filón de datos que faciliten la puesta en valor del lugar y la recuperación de la memoria tan fértil del lugar.
Esa investigación pendiente es la que va a desarrollar durante los próximos seis meses la sociedad de ciencias Aranzadi, que movilizará a 30 científicos de diferentes ámbitos para desentrañar todas las huellas geológicas, históricas, etnográficas y arqueológicas de este lugar de paso.
Las «expectativas» son fundadas, sobre todo si se considera que existen indicios de que el túnel -en origen una cavidad kárstica de unos 70 metros de longitud que fue artificialmente ensanchada- y sus inmediaciones fueron habitados desde el Neolítico, hace 10.000 años. Por las proximidades también discurría la vía romana Burdeos-Astorga, sobre la que luego se construiría una calzada medieval, hacia el siglo XI, cuando este itinerario se integra en la ruta del Camino de Santiago.
1430, sobre piel de cabrito
El diputado del desarrollo Rural, Rafael Uribarren, que ayer presentó el convenio con Aranzadi, recordó que en el túnel se firmó el 16 de noviembre de 1430 «sobre una piel de cabrito y con una pluma de buitre la Ordenanza de la Parzonería -del gascón partxon, trozo o parcela- a la que pertenecen aún hoy una serie de pueblos del Goierri y otros circundantes alaveses».
No obstante, los primeros restos materiales hallados son de unos siglos antes. Un grupo de montañeros alaveses de la asociación Excursionista Manuel Iradier descubrió en 1964 en una de las galerías de la cueva, un depósito de materiales compuesto por 141 monedas, hebillas, y placas de cinturón, anillos, llaves y herrajes diversos. A este hallazgo se refería ayer Alfredo Moraza, de Aranzadi, cuando aludió a que San Adrián se encontró en su día un «tesorillo», y a que es terreno abonado para hacer más de un descubrimiento. Las monedas halladas por los excursionistas eran de la época del rey Sancho (1004-1035).
Como ruta comercial entre Castilla y Francia, tuvo un protagonismo floreciente entre los siglos XV y XVIII -su declinar fue irremediable a partir de 1780, cuando se abre por Leintz Gatzaga la conexión entre Gipuzkoa y Álava-. Por allí pasaron carros y carretas, peregrinos del camino de Santiago, mercaderes de lana castellana y también carruajes reales. La mayoría, acongojados por un terreno inhóspito y un túnel oscuro como boca de lobo que desató la pluma apocalíptica de algunos viajeros. «Nunca he visto nada tan espantoso», escribió en 1666 Jean Muret, más comedido que Guillaume Manier, que en 1736 describió que «esta montaña de San Adrián es una de las más altas del mundo», según recoge el periodista y viajero Ander Izagirre.
Paso imperial
El diputado Uribarren evocó ayer el paso del emperador Carlos, recién fallecida su esposa, lo que indujo a las Juntas Generales de Gipuzkoa a ordenar que «a la salida del túnel le cumplimentaran, autoridades aparte, mil jóvenes guipuzcoanos vestidos de luto. De aquel viaje quedó en el recuerdo popular el que hasta el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico tuvo que bajar de su caballo al entrar por el túnel».
La apertura del camino real por Arlaban era una alternativa irresistible, y San Adrián fue desapareciendo del mapa, así como su área de servicio, en la que no faltaba una hospedería, algún puesto de fuerzas del orden para disuadir a los bandidos y asaltantes que acechaban el paso de personas y mercancías.
El lugar era tan estratégico que llegó a existir una fortificación, cuyas vestigios tratarán de aflorar las sondas arqueológicas de Aranzadi. El investigador Alfredo Moraza destacó ayer que hasta el siglo XVIII existió el título de «alcalde de la fortaleza de San Adrián».