BILBAO. DV. Joaquin Sorolla (1863-1923) recibió en 1911 el encargo que le iba a costar la vida: como si del Réquiem de Mozart se tratara, un millonario norteamericano, Archer Milton Huntington, le encargó la decoración de una de las estancias del museo que proyectaba en Nueva York, la Hispanic Society, donde el pintor valenciano debía plasmar en una serie de murales «el peculiar carácter a través de sus paisajes y sus gentes de las distintas regiones de España».
Sorolla percibió por su trabajo 150.000 de pesetas de las de la época. Hoy, más de ocho décadas después de la conclusión de aquellos 14 murales, sólo asegurar las obras para su salida por primera vez de Estados Unidos supone más de 100 millones de euros.
El pintor nunca llegó a ver expuesta su monumental serie: la galería con los cuadros se abrió en 1926, tres años después de su muerte y seis de la hemiplejia que en 1920 le sobrevino apenas concluido el encargo. No ha sido tampoco tarea fácil descolgarlos por primera vez desde que se instalaron en la Hispanic Society, una decisión forzada por la rehabilitación de la sala donde se exhiben desde aquel lejano 1926.
Las cifras dan la razón a quienes decidieron que, mientras durara la rehabilitación de la galería, la muestra recalara en España, donde se pueden contemplar por primera vez desde su realización: tras ser visitada por casi 750.000 personas en Valencia, Sevilla y Malaga, hasta su llegada al Bellas Artes de Bilbao se ha convertido en la exposición temporal más vista en el Estado, batiendo las cifras de la muestra dedicada a Velázquez en el Prado (1990). Una de las particularidades de la muestra del Bellas Artes es que su ubicación ha variado respecto a su tradicional emplazamiento neoyorkino: han sido dispuestos a una altura más baja, casi a ras de suelo, lo que permite «resaltar la grandiosidad, el color y la proporción» de los frescos realizados por el artista, algunos, desplegados a manera de monumentales trípticos. El encargo de Huntington se tradujo en 14 murales de colosales dimensiones: cinco inspirados por Andalucía, dos por Levante (Valencia y Elche) y uno respectivamente dedicados a Aragón, Castilla, Galicia, Cataluña, Extremadura, Navarra y Gipuzkoa.
Fresco en 'verde'
Para reflejar el modo de vida vasco Sorolla pintó un lienzo, denominado Los Bolos, donde, con el monte Igueldo al fondo, el artista «quiso reflejar la esencia del País Vasco, desde un fresco costumbrista que se organiza en torno al «color verde». Los cuadros son un despliegue de las señas de identidad de Sorolla volcado en la búsqueda de la luz y su pasión por los colores más luminosos. Sorolla muestra en sus cuadros, escenas más o menos cotidianas de las clases populares, sus costumbres, tradiciones, fiestas y folclores, desde la pesca en Valencia a las corridas de toros, las procesiones de Semana Santa, las romerías, bailes, jotas o fiestas anuales.
El proceso de restauración ha sacado a la luz detalles que permanecían ocultos en las obras. La eliminación de la suciedad ambiental ha permitido dejar al descubierto elementos inapreciables a simple vista y ha permitido conocer que los lienzos de tela industrial empleados por Sorolla son de diversos grosores y que los bastidores, hechos de madera de pino del norte de Nueva York, después de 80 años, no han padecido ningún ataque de xilófagos.