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RSS | ed. impresa | Regístrate | Sábado, 11 febrero 2012

Sociedad

AL DÍA

El francés que se pasea sin ropa por Gipuzkoa y fue juzgado el lunes estuvo 13 años enfermo por una grave intoxicación química. «No quiero que me juzguen por las apariencias»

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Irwin acudió ayer a la entrevista en bici, pero con ropa adecuada para el frío. /AYGÜES
DV. Hace trece años, Irwin -«ese es mi nombre artístico», matiza- trabajaba como autónomo en su propia empresa de limpiezas generales en el País Vasco francés. Era el gerente y el trabajador principal. Su vida cambió radicalmente un día en que se sintió mal. Empezó así un duro camino que le llevó a estar entre la vida y la muerte. Con el tiempo supo que había sufrido una grave intoxicación química. Se debió -sabe hoy- a la mezcla de productos de limpieza que utilizaba en su tarea. Lo más sorprendente, y algo habitual en las intoxicaciones químicas -explica-, es que su apariencia apenas cambió. Seguía conservando el buen aspecto físico que caracteriza a su familia. Pero él no tenía fuerzas ni energía para nada. Llegó incluso a no poder hablar. Hoy, después de una larga historia que incluye la constatación del beneficio de los baños en el mar, quiere explicar a la sociedad que no hay que juzgar por las apariencias.
Irwin es el ciudadano francés que acostumbra a pasear desnudo en bicicleta por la ciudad -al menos, en verano- y que el lunes fue juzgado por «desobediencia y exhibicionismo», como consecuencia de un arresto practicado en julio cuando circulaba sin ropa cerca de un parque en Errenteria. «Hubo una acusación anterior por exhibicionismo obsceno y provocación sexual, que se archivó porque no hay motivo», explica. «El desnudo, la cuestión de la vestimenta, nada tiene que ver con este tipo de delitos».
Irwin no se considera nudista ni naturista. No piensa, como los primeros, que ir desnudo es la manera más normal y natural de ir por la vida. «No es mi punto de vista». Los naturistas opinan que hay que estar cerca de la naturaleza y pueden ir desnudos o no. «Tampoco es mi caso». ¿Cuál es el suyo? «Soy una persona libre que usa la vestimenta según la necesite o no».
Admitir los hechos
Para comprenderle conviene seguir el camino de su enfermedad. «Perdí todas mis facultades físicas y la energía general», dice. «Yo era un zombi que durante un tiempo no podía ni hablar. Estaba casi muerto». Lo anunció a sus amigos. «Si no cambia nada, en dos meses me habré muerto». Siempre ha admitido la realidad. «Mi padre era así y es algo importante, admitir que las cosas son como son, te vaya bien o te vaya mal. Eso me ha ayudado mucho, porque a partir de ahí puedes buscar soluciones. Si niegas la realidad no lo lograrás». Con el apoyo de un amigo fue a Alemania a buscar terapias naturales. «Me ayudaron pero pasaron años hasta encontrar la causa de mi enfermedad». Siempre ha contado con apoyos. «Un colega de trabajo, un euskaldun puro que había sido pastor, me ayudó mucho. Gracias a él pasé el periodo más difícil y arriesgado. Sin él hubiera muerto». ¿Qué le ofreció aquel antiguo pastor? «En ese momento ya no podía hablar. Él venía, me sacaba de casa y empezaba a hablarme, hasta que, al cabo de dos horas, le podía yo contestar unos minutos. Y lo hizo repetidamente durante meses hasta que pude salir de aquella etapa».
Una cruda realidad
Personas que resultaron cruciales se fueron cruzando por su camino. «Un día, un toxicómano al que conocí en la playa, porque notaba que el mar me venía bien, me dijo que quería salir de su adicción», relata. «Hablamos y conectamos enseguida. Nadie le entendía pero yo sí. Lo comprendí luego. Teníamos los mismos problemas. La droga le daba los mismos síntomas que me producía a mí la intoxicación química: la debilidad, la incapacidad de actuar y de reaccionar, algo que para mí era muy habitual entonces».
Un día que acudió a su centro de salud se acercó a la asistenta social a plantear el caso de aquel chico. «La señora me dijo: 'No es normal venir a pedir ayuda para un toxicómano'. Me pidió que le contara mi historia. Y lo hice. Me recomendó acudir a un centro de desintoxicación. Siempre me he preguntado cómo pudo llegar a tener esa visión, que fue acertada».
Inició así su proceso de desintoxicación, con ayuda de su médico. «Fue cuando me dijeron por primera vez que, sólo por mis síntomas estaba intoxicado a tope, igual que un alcohólico o un drogadicto». El médico de Irwin siempre se ha sorprendido con su carácter. «Tenía confianza en mí. Solía decirme que alguien con un problema como el mío sería incapaz de gestionarse. 'Pero usted se organiza', me decía. 'Es difícil de creer que esté enfermo. Aunque sabemos que lo está». La intoxicación perturba el funcionamiento del cuerpo y de la mente. «Yo funcionaba, pero muy lentamente. Iba un paso tras de otro para buscar la solución». La desintoxicación le aclaró la mente. «Fue un primer efecto fabuloso. Era el principio. Recuperé mi capacidad intelectual para afrontar una realidad que sería dura durante años».
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