Juan José Ibarretxe cerró ayer la legislatura con un discurso de balance de gestión que supone el pistoletazo de salida de la campaña electoral. No hubo en esta ocasión novedades ni bazas en la recámara, pero sí un debate incisivo, en ocasiones afilado, que puso de manifiesto la gran crudeza de la pugna que se avecina entre Ibarretxe y Patxi López de cara a las autonómicas de marzo. Y que permite constatar que el 'monotema' sobre el marco político y el 'conflicto' nacionalista sobre el que el tripartito ha insistido hasta la extenuación en los últimos años - cansando a una ciudadanía más preocupada por otras cosas- ha terminado por contagiarse también al debate sobre la crisis económica. La cuestión es quién transmite una imagen de credibilidad y confianza, para afrontar el futuro. ¿Está realmente amortizado Ibarretxe y agotado su discurso? ¿Ofrece López un proyecto solvente como alternativa? Ésas son las preguntas y los modelos en juego.
El desarrollo del debate permite intuir variables nuevas. La crisis ha desplazado en parte el protagonismo obsesivo sobre la consulta, pero sirve a Ibarretxe como coartada para esquivar el fracaso de su hoja de ruta y el callejón sin salida al que la ha conducido. Eso sí, el lehendakari mantiene en esencia su partitura, fustiga con gran dureza a Zapatero en un empeño deliberado por desgastar su imagen y ningunear a López, y recurre a la confrontación con el Estado sin desprenderse de un cierto tono de ensimismamiento y desprecio hacia todo lo que suene a español que resulta cada vez más irritante. Su discurso pretende activar ciertos resortes emocionales en la sociedad vasca, que se movilizaron en el 2001, y hacerlo con la bandera del derecho a decidir y con la fibra identitaria de la existencia del Pueblo Vasco negado supuestamente por España. Un mensaje unido a una deslegitimación de la Justicia, con reminiscencias emocionales al franquismo y a la España imperial, que demuestra el rechazo del PNV de Ibarretxe a una vía de reforma estatutaria a la catalana. Lo más grave no es que este imaginario persiga perpetuar el fetiche de la confrontación como mecanismo para conservar el poder. Lo peligroso es que proporcione un alimento ideológico de la frustración cuando el terrorismo aún persiste.
El gran ingrediente del debate no fue el tono insistente del lehendakari ni sus recursos victimistas o sus quejas por la «crispación» agitada por los medios de comunicación, sin hacer el más leve asomo de autocrítica. El aterrizaje en la Euskadi real fue una descripción de logros y estadísticas, muchos de ellos ciertos, pero envueltos en el celofán del triunfalismo. El problema es el relato autosuficiente que acompaña todo este diagnóstico. Y el corolario fue que la bandera del derecho a decidir como herramienta para afrontar mejor la crisis se convierta en una excusa para justificar la hegemonía nacionalista. La frontera entre el orgullo y el narcisismo es tenue. Lo preocupante no es la propaganda, legítima y a la que todos recurren. Lo inquietante es que se interprete el derecho a decidir como «principio democrático», no como reivindicación de un proyecto. O sea, la autodeterminación como totem sagrado, que debe ser asumido por todos, nacionalistas o no nacionalistas, en una visión absoluta, reduccionista, rígida e inflexible, que obliga a quienes no comparten las tesis soberanistas a subirse al carro del autodeterminismo. O sea, la imposición unilateral de la doctrina nacionalista a la mitad del país que no lo es. Una inadmisible deriva hacia un modelo de asimilación.