La intervención de Rodríguez Zapatero, ayer en el Congreso de los Diputados, fue extraña. Se realizó a petición suya, pero ya desde el principio advirtió de que no anunciaría medidas innovadoras, al no tener sentido «improvisar todos los días nuevas iniciativas». Es decir, ¿las anunciadas anteriormente fueron improvisadas? ¿Y por qué no prueba con alguna reflexionada? En realidad, son muy escasos los españoles capaces de enumerar las medidas adoptadas hasta la fecha, aparte de los famosos 400 euros, cuyo paradero nadie conoce. Aunque luego adelantó un par de actuaciones destinadas a apuntalar el sector inmobiliario y otras varias a reforzar coberturas sociales.
Carezco de criterio sobre la eficacia real de las primeras y tengo dificultades para juzgar las segundas. El sector inmobiliario padece graves tensiones de liquidez y está bien que se alivien; pero su auténtico problema es la ausencia de demanda, y eso sólo lo podrá solucionar la aparición de nuevos demandantes. Por otra parte, elevar las pensiones mínimas, garantizar el cobro del paro y crear empleo público es justo, conveniente y necesario en estos momentos, con la única salvedad de que debemos introducir en la ecuación la estabilidad de las cuentas públicas, que es un objetivo al menos igual de justo, de conveniente y de necesario. Pero una cosa es cuidar del enfermo -que coma bien, duerma con comodidad y repose tranquilo- y otra curarlo.
Podemos confiar en que Zapatero se esmerará en lo primero, pero tenemos datos para sospechar que ignora cómo lograr lo segundo. No tiene en su mano todos los resortes, y los que tiene los utiliza de manera dispersa, con escaso criterio y ninguna convicción. Ayer tuvimos una nueva ocasión para comprobarlo.
También nos dijo que nos enfrentamos a la crisis desde una posición más fuerte que la de nuestros vecinos. No estoy seguro de ello. Hemos estado en mejor situación, eso es cierto, pero ahora pagamos el precio de nuestros excesos. Partimos de un volumen de deuda pública muy bajo y de un nivel de ocupación muy alto; pero el resto nos es desfavorable. Tenemos muy poca población activa; miles de inmigrantes sin empleo; los dos pilares de la construcción y el consumo derrumbados; una sociedad endeudada hasta las pestañas; graves carencias de productividad y unos terribles desequilibrios exteriores. Nada que ver con la fortaleza de la que presume el presidente.