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RSS | ed. impresa | Regístrate | Jueves, 24 mayo 2012

Gipuzkoa

DÍA DEL COOPERANTE INTERNACIONAL

41 estudiantes de la UPV harán este año sus proyectos de fin de carrera en países en vías de desarrollo dentro de proyectos de cooperación de la ONG Haurralde

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Prácticas solidarias
Yolanda, Urantza y Ana, tres estudiantes que colaboran con Haurralde. /MIKEL FRAILE
DV. Desde hace dos años, cada 8 de septiembre se conmemora el Día del Cooperante Internacional, pero lo cierto es que, con o sin celebraciones oficiales, son muchos los jóvenes que deciden tener una experiencia solidaria, bien sea por cuenta propia o con el apoyo de distintas asociaciones. Haurralde es una de ellas. En colaboración con la Diputación Foral y el Fondo de Cooperación de la UPV-EHU, esta ONG vasca participa en un programa de formación y envío de voluntarios durante todo el año para que realicen sus prácticas en países que necesiten ayuda.
Patricia Ponce, directora de Haurralde, dice del cooperante que es «una figura a tener en cuenta». En su opinión, es importante «invertir en la gente joven. Hay muchos con ganas de hacer cosas, de sentirse útiles, sobre todo en una sociedad como la actual, que ha cambiado unos valores por otros». Pero, ¿por qué cree que es importante vivir esta experiencia en la juventud? «Porque luego la gente coge miedos y, además, dispone de menos tiempo libre».
En total, son 41 los jóvenes voluntarios que convalidarán este año sus prácticas en las diferentes carreras de la UPV -como psicología, magisterio o educación social-, realizando trabajos solidarios, el doble que el año pasado. Yolanda, Urantza y Ana son tres de ellos.
Yolanda Barco, natural de Vitoria, cuenta que cuando ella fue de voluntaria en 2004 aún no existía la beca, y que se tuvo que pagar todo por su cuenta. Pasó tres meses en una casa de mujeres de la asociación Sol Naciente, situada en una villa miseria en Buenos Aires, Argentina. Su primer contacto con la realidad de la villa fue, cuanto menos, chocante: «Recuerdo que estaba hablando con una chica y oí ruidos fuera, y cuando le pregunté qué era aquello me contestó: 'Disparos. Las marcas que hay en esta puerta son de balazos'. Y ya se me revolvió todo y pensé: '¡Bueno, yo me marcho de aquí corriendo!'», relata entre risas. «Pero después de dos semanas de adaptación me acostumbré. Además, luego no es tan peligroso, porque la asociación Sol Naciente es muy respetada entre la gente de la villa». Yolanda se acostumbró a aquel lugar de tal manera que al final se quedó cuatro meses, uno más de lo que tenía pensado. Y aún más: acabó casándose con un chico que conoció allí. «Me dio tiempo a hacer de todo: las prácticas, echarme novio...», bromea.
Yolanda había trabajado antes en Atece, una asociación sobre daño cerebral, en Vitoria, así que tenía experiencia como voluntaria antes de conocer Haurralde en 2003, un año antes de hacer las prácticas en el país suramericano. Ahora colabora en la nueva sede de esta ONG, inaugurada hace apenas dos años en la capital alavesa. En noviembre, además, viajará a Maputo, Mozambique, para revisar un proyecto multidisciplinar, que abarca ámbitos tan diversos como la salud, la educación o la agricultura.
Ana Martínez, oriunda de un pequeño pueblo navarro, Mañeru, también tiene experiencia previa en cuanto a colaboración se refiere. En su caso, estuvo 40 días en Arequipa, Perú, en el verano de 2007, con las monjas de María Inmaculada. «Era una casa de niñas maltratadas», explica, «que acudían allí por su cuenta o eran traídas por la policía. En la casa les daban de comer, las educaban y las vestían. Mi trabajo consistía en organizar a las niñas, hacer que se levantaran de la cama, que realizaran sus labores». Este año estará en Argentina, en la misma villa a la que fue Yolanda, desde septiembre a diciembre, y en esta ocasión desempeñará un trabajo relacionado con su carrera, Psicología, sobre todo en cuanto a terapias para la rehabilitación y el maltrato familiar.
Experiencia irrepetible
Para Urantza Alegría, un joven de Azpeitia y también estudiante de Psicología, este será, sin embargo, su primer contacto con el mundo del voluntariado. Espera ir a Sucre, Bolivia, de febrero a mayo del próximo año, para trabajar con el Instituto Politécnico Tomás Katari (IPTK). «Siempre me habían interesado estos países y las situaciones que se dan allí, especialmente Latinoamérica», afirma. «Me parece importante conocerlos desde un punto de vista personal y profesional. Además, es una manera de hacer prácticas». Sobre su viaje, confiesa que «tiene miedo», pero también «ganas de estar allí».
Aparte de sus experiencias en el extranjero, los tres participarán en diversas campañas de concienciación que celebrará Haurralde en los próximos meses. Entre ellas cabe destacar la Copa Easo en Donostia (acontecimiento que aprovecharán para vender refrescos y bocadillos a los asistentes, el viernes, sábado y domingo), un taller de henna en la Plaza Gipuzkoa el 27 o los encuentros con mujeres africanas, que tendrá lugar del 20 a 25 de noviembre.
Haurralde también prepara a los voluntarios para su experiencia en el extranjero. Así, por ejemplo, se les advierte de que deberán cumplir con las normas del país: los jóvenes que vayan a trabajar en las escuelas de República Dominicana no podrán llevar piercing.
Patricia Ponce explica que para ser voluntario como Yolanda, Ana y Urantza no basta con las buenas notas que se exigen a la hora de pedir cualquier beca. «Se requiere comprensión hacia culturas distintas, capacidad de adaptación y frustración. La experiencia nunca es lo que uno ha imaginado. A veces es mucho mejor y a veces sólo es una experiencia». El curso que imparte Haurralde pretende no sólo formarles para tareas prácticas, sino también mentalizarles acerca de este hecho.
¿Es la juventud actual solidaria? Los tres jóvenes contestan que sí, especialmente en las carreras orientadas a los temas sociales, «aunque hay de todo». Consideran, sin embargo, que las labores que realizan las ONG son valoradas dentro de la sociedad, y que su trabajo como voluntarios «será bueno para nosotros mismos y para los demás», en palabras de Ana. «Además, es una experiencia que no se va a volver a repetir en la vida», apostilla Yolanda para finalizar.
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