DV. En su cabeza, Alessandro Ballan, el vencedor de la primera etapa de los Pirineos, el nuevo líder de la Vuelta a España, pensaba que estaba rodando sobre los pavés del norte de Europa, bajo la lluvia, con temperaturas extremas, frío.
Pero no, no estaba en Flandes este gigante de 28 años que mide 1,90 y pesa 72 kilos. Es como una flauta que mueve su potencia sobre los adoquines con maestría. Ballan se encontraba en los Pirineos, también bajo el agua, en su medio, soltando a sus compañeros de fuga en La Rabassa.
Eliminar corredores es la labor principal de un clasicómano de nivel. Dejar por la carretera restos de hombres que no pueden aguantar el ritmo, que ya no son capaces de asimilar más sufrimiento es una táctica que nunca falla, si se está en condiciones de ponerla en práctica. Y eso es lo que hizo en la parte final de la etapa.
Nacido en Castelfranco Veneto, a Ballan le gustaría reencarnarse algún día en un ciclista belga, de los que vive junto los recorridos del Tour de Flandes, de la París-Roubaix. Es el territorio que ama, las grandes clásicas. Los adoquines. Bélgica
«Me gusta ese país, sus carreras, sus calles limpias, la afición que tienen al ciclismo». Es un italiano con el alma de un belga. Uno de ellos.
Se dice en el mundo del ciclismo que para poder ser un gran especialista en las clásicas hay que vivir como viven muchos de esos ciclistas, los que ganan y los que no lo hacen.
Es decir, convivir con el frío, la lluvia, sobre los adoquines y volando encima de los muros. Vencedor y líder, es la primera vez que coge un maillot en una gran prueba por etapas, conseguía sobrevivir a Iñigo Landaluze, Xabier Zandio, Gianni Meersman y Marc de Maar. Aguantó 203 kilómetros escapado, desde el 18, hasta la meta. Ganó en La Rabassa pero en su cabeza corrió una clásica.
Fue cambiando parte del recorrido en su cabeza y soportó las dos ascensiones finales. Llegaron a tener hasta 11:02 de diferencia. Astana se dio cuenta de que nadie iba a hacerle el trabajo y se puso a trabajar.
En el primer paso por La Rabassa se quedarían solos Ballan, Marc de Maar y Gianni Meersman. Iñigo Landaluze les cogería en la bajada. Les atacaría. Ballan fue a por él. Ya no le volvieron a ver.
Cuando ganó el Tour de Flandes, en 2007, dedicó la victoria a su padre, Adonis, muerto hace diez años: «Estoy seguro que me vio ganar desde el cielo. Mi primera bicicleta me la dio él. Era antigua. La arregló, la pintó, la dejó como nueva. Yo no entendía que a mi hermano le hubiese comprado una nueva y a mí me diese una vieja».
Lo comprendería años después, cuando vio que las cosas que se quieren, que se desean en esta vida, hay que luchar por ellas. De los ocho triunfos que suma en su carrera, cuatro los ha logrado en Bélgica: Los Tres Días de La Panne, una etapa esa prueba, una etapa en la Vuelta a Bélgica y el Tour de Flandes.
Es un enamorado del motocross. Tiene una moto para practicarlo en invierno: «Lo mío es el barro. Me ha servido para poder andar en el pavés».
La de ayer es su primera victoria de la temporada. No hay que hacerse una impresión equivocada por esa falta de triunfos. Había sido segundo en la Eroica, la carrera que combina carreteras de cemento con otras de tierra, tercero en Roubaix y cuarto en el Tour de Flandes.
Claro en sus ideas, confesaba lo siguiente en la prensa italiana a principios de año sobre el tema del dopaje y los controles a los que están sometidos los corredores: «No me siento un deportista, sino una persona bajo arresto domiciliario».
Ballan ganó su carrera. La de los líderes no tuvo vencedor. Alejandro Valverde perdió 55 segundos con Alberto Contador, que cuando aceleró en el kilómetro final se quedó solo. Antes que él se habían movido Ezequiel Mosquera e Igor Anton. Euskaltel estuvo muy activo con Txurruka, Egoi Martínez y Landaluze.
Entre Contador, Sastre y Valverde, más que ataques hubo marcajes. Ezequiel Mosquera e Igor Anton intentaron sacar partido de esos planteamientos. La general ha empezado a coger una cierta consistencia. El baile de puestos ha comenzado.