Cuando hay una buena conexión entre un director y una orquesta se nota incluso desde antes de que suenen los primeros compases. La predisposición de los músicos y el saludo de éstos al maestro suelen decir mucho de su relación. Pero la evidencia llega, claro está, una vez que la música suena. Ayer, desde luego, si algo quedó claro fue la magnífica relación existente entre Tugan Sokhiev y la agrupación que lidera, la Orquesta Nacional del Capitolio de Toulouse. Esta buena comunicación fue obvia en la ductilidad mostrada por el conjunto sinfónico, que hizo todo lo que le pidió el maestro con convencimiento y sobrado nivel.
Y no siempre fue fácil. Sokhiev salió al escenario del Kursaal como un torbellino para abordar la famosa Obertura de Ruslan y Ludmila de Glinka a una velocidad arrolladora, e incluso imposible para muchas orquestas. La de Toulouse la defendió con solvencia y con un entusiasmo que pareció surgir también desde el podio. Fue un interesante aperitivo a un programa consagrado a dos cosas: la música rusa y la personal manera de verla de Sokhiev.
La comunicación mostrada por éste y la orquesta en Glinka se convirtió en un notable diálogo a tres en la Rapsodia sobre un tema de Paganini de Rachmaninov, con la incorporación del pianista Denis Matsuev, un intérprete tan 'ruso' como el maestro y por ello, ideal para esta obra, que ante todo, exige virtuosismo y atención para que resulte precisa con la orquesta.
El director se convirtió en un magnífico concertador y Matsuev en el pianista modélico para interpretar esta obra, que requiere de un magnífico nivel técnico en el teclado. Tanto la orquesta como el solista lo dieron en una lectura adecuada. El pianista, que recibió una gran ovación, -tal y como suele ocurrir en la interpretación de una composición así, pirotécnica-, regaló dos propinas en las que dejó muy claro que lo suyo eran repertorios como la Rapsodia sobre un tema de Paganini y no las delicatessen.
El concierto se coronó con otro Rachmaninov al que Sokhiev volvió a sacar chispas. El ruso convenció mostrando todo el carácter grotesco del primer tema del Non allegro, dibujó con sutilezas el vals que vertebra el segundo movimiento y, sobre todo, regaló un sugerente final en el Allegro vivace que cierra las Danzas Sinfónicas. Al igual que en el resto del concierto, la orquesta conectó con el maestro y regaló un buen nivel.