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RSS | ed. impresa | Regístrate | Lunes, 13 febrero 2012

San Sebastián

SAN SEBASTIÁN

El club Donosti Berri alberga tlas diferentes especialidades ciclistas para todos los gustos y edades. Una escuela de calidad, pese a sus pocos recursos

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Las películas pugilísticas tienen un denominador común entre ellas, el clásico gimnasio cuyos vetustos cimientos aguantan como pueden el paso del tiempo, acogiendo a aficionados y campeones de ese deporte. Cambien ciclismo por boxeo, y encontrarán algo parecido en los primeros metros de la calle de la Salud.
En la sociedad Donosti Berri, y bajando unas diminutas escaleras que se esconden tras una puerta roja, nos encontramos con el club ciclista que comparte nombre con la sociedad. En sus instalaciones, material de todo tipo relacionado con las dos ruedas. Bicicletas de todos los tamaños, guantes, calcetines, material de reparaciones...
La sociedad nació en los años veinte, pero no fue hasta 1991 cuando Eduardo Soto, junto con Joaquín Ugalde e Iñaki García, fundó el club ciclista. Pese a contar con un presupuesto minúsculo, que se consume prácticamente en mantener los tres coches de equipo y en surtirles gasolina, la organización es perfecta. Es el caldo de cultivo ideal para que se forjen campeones de las dos ruedas, aunque esto último no es su objetivo. «Tenemos equipos alevines, infantiles, cadetes, juveniles y aficionados. Pero no sólo nos centramos en la ruta», afirma Soto.
Azpiru y Fullgas
«Trabajamos la pista, y también la bicicleta de montaña, aunque menos concienzudamente por la dificultad que entraña, aunque estamos en ello. La pista es una especialidad preciosa, ahora de moda tras el bronce en puntuación de Leire Olaberria», asegura.
Precisamente, Fullgas, la empresa de nutrición deportiva de Javier Azkue, novio de Leire, es uno de los patrocinadores del club, que permiten que esta escuela con encanto siga al pie del cañón. La otra es Azpiru Ugarte. «Tenemos once técnicos que trabajan con nosotros por amor al deporte de las dos ruedas, éso y el entusiasmo de los chavales es nuestro mayor activo», añade.
En alevines e infantiles, se preocupan sobre todo de otorgarles una educación física. No machacarlos, sino enseñarles a estirar, a evitar lesiones. Todas las semanas, organizan una gincana para que los más pequeños cojan soltura sobre la bicicleta, y se familiaricen con todas las maniobras.
En el Donosti Berri no se construye la casa por el tejado. «Animamos a todo aquel que quiera apuntarse a llamarnos al teléfono del club (943 445952). Se le recibirá con los brazos abiertos. Aquí la competición no nos importa demasiado. Incluso ha venido algún niño gordito desencantado con otros deportes, y después ha recuperado la sonrisa. Queremos que los más pequeños disfruten del deporte, cojan confianza, y se marquen sus propios retos. Hay niños que no completan las carreras, de unos quince kilómetros. Primero se retiran al quinto, luego al décimo, y después, cuando consiguen acabar su primera carrera, lo celebran como si fuera un triunfo, como debe de ser».
Cursos de reparación
Eduardo y los suyos organizan también cursos de reparación de bicicletas, abiertos para todo el mundo, no sólo para socios. «Patxi Miner ejerce de maestro, y son muy útiles. Dentro de unas semanas vamos a empezar otro. Vienen muchos aficionados que van a hacer el camino de Santiago, y por lo que nos cuentan después, los cursos se convierten en una útil inversión. El dinero lo utilizamos para comprar material para los chavales».

Y es que los más pequeños no tienen por qué comprarse una bicicleta. «Alevines e infantiles... Son edades a las que el estirón llega cuando menos te lo esperas, y una bici puede quedarse pequeña a los meses. Por eso varias entidades nos ceden sus bicicletas viejas, pero útiles para que los txikis den sus primeras pedaladas. Es importante que este deporte no cueste dinero, porque los chavales disfrutan, les inculca unos valores importantes para el resto de su vida, y eso nos llena de orgullo», afirma Soto.
El ciclista alevín o infantil puede seguir el recorrido natural de un deportista en Gipuzkoa hasta aficionados. «Buscamos que los más pequeños se vayan conociendo poco a poco en verano, o durante las sesiones de bicicleta de montaña, y lo bonito es que crezcan en paralelo, que compartan su afición por este deporte. A diferencia de otras especialidades, en las que pese a entrenar uno se puede quedar en el banquillo, aquí cada uno pone sus límites y tiene protagonismo», añade.
Parte del presupuesto, que engrosan sacando de aquí y de allá, lo destinan al maillot del club. «Es un reclamo, puede llamar la atención ver a chavalitos ataviados como un ciclista profesional, y tratamos de captar más adeptos de esta forma. El que llame a nuestra puerta va a contar con una gran preparación, buenas instalaciones y recursos humanos pese a nuestro presupuesto, y grandes maestros», añade Soto, orgulloso de su club.
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