La vuelta a Heimaey
Damos la vuelta a la isla bordeando los acantilados, una caminata de cuatro horas. Pronto nos envuelve la niebla, cae un aguacero y sopla un ventarrón que lanza la lluvia en horizontal y nos hace tambalearnos a cada paso: la jornada ideal para una típica excursión islandesa. Heimaey es el lugar más ventoso del país, que ya es decir, y uno de los más lluviosos, así que no tiene sentido esperar al buen tiempo ni enfadarse por el malo. Sólo cabe consolarse con que otros lo pasaron bastante peor en este mismo sitio.
Una placa lo recuerda: en estos acantilados se refugiaron los pocos vecinos que escaparon a la invasión de piratas argelinos en 1627. Los atacantes desembarcaron, dispararon, quemaron, robaron, violaron, asesinaron a 36 personas y secuestraron a 242. Vendieron a las mujeres como esclavas sexuales en el norte de África y obligaron a los hombres a trabajar con ellos en las siguientes campañas de piratería. Al cabo de los años sólo 13 de los secuestrados regresaron a Heimaey. Allí seguía viviendo un grupo aterrorizado de unos cien vecinos, los que habían huido de los piratas descolgándose por los precipicios costeros y refugiándose durante días en las cavidades donde secaban el pescado.
Como se ve, la historia del archipiélago es el relato de una supervivencia fraguada contra los desastres -erupciones, hambrunas, invasiones-. Y está marcada a sangre desde el principio. Según el viejo Libro de la Colonización, los primeros que llegaron aquí fueron cinco esclavos irlandeses del siglo IX. Habían asesinado a su amo, el jefe vikingo Hjörleifur, que era hermano de Ingólfur Arnarsson, el primer colono islandés, y en su fuga alcanzaron Heimaey. Dos semanas después los vikingos desembarcaron en la isla y mataron a los cinco esclavos, que dieron nombre al archipiélago: Vestmannaeyjar o las islas de Vestmann (es decir, «de los hombres occidentales», porque Irlanda era el confín occidental del mundo para los vikingos de entonces). En el siglo X un vikingo llamado Herjólfur Bardursson construyó la primera vivienda permanente de Heimaey. Y así nació una comunidad de granjeros y pescadores empeñados en colonizar esta isla abrupta, tormentosa y temblorosa.
Heimaey es uno de los territorios más jóvenes del planeta y la ruta litoral nos muestra un mundo recién estrenado: la brutalidad geológica de un territorio negro y vertical, emergido del océano; la primera hierba frágil que alfombra las laderas; las granjas remotas de los pioneros que pelean para sobrevivir en esta tierra nueva. Pisamos playas de ceniza y subimos al promontorio de Storhöfdi, el punto más ventoso de toda Islandia, con una marca de 219 kms/h. Allí sopla como si también acabaran de inventar el viento y estuvieran probando el prototipo, para ver hasta dónde puede lanzar una oveja.
Los isleños, lejos de amedrentarse, aprovechan la ventolera para sus negocios. En el borde de los precipicios encontramos dos grandes secaderos. De los postes cuelgan ristras de cabezas de bacalao, sólo cabezas, cientos, miles, decenas de miles. Nos metemos por los pasillos, entre las estructuras de madera. Las cabezas, colgadas de cuerdas y ya apergaminadas, sueltan un hedor mareante. El viento las balancea y entrechocan con un sonido acorchado. En el pueblo preguntamos para qué secan esas miles de cabezas de bacalao: «Para exportarlas a Nigeria. Allí son una delicatesen».
Subimos tierra adentro para escalar el Eldfell, la montaña de fuego que brotó en 1973 y alcanzó 205 metros. La erupción levantó un gran cono de gravilla suelta, con vetas de color ladrillo y vetas de color carbón, y los pies resbalan en la pedriza porque no hay un gramo de tierra ni una brizna de hierba. El Eldfell es una escombrera de materiales que aún no han cuajado, una montaña recién sacada del horno y puesta a enfriar. Entre los resquicios de las rocas brotan fumarolas, la ladera emana un olorcillo sulfuroso y algunos pedregales todavía queman los pies, 35 años después de la erupción.
La panorámica desde el cráter revela mejor que nunca la terrible situación de Heimaey: las oleadas de lava petrificada bajan hasta rozar las primeras casas del pueblo. Al final del descenso, basta dar un saltito para pasar de la escombrera volcánica a los jardines de las villas. Y una escena escolar confirma el cuajo de los isleños: los niños de Heimaey, dirigidos por una maestra, cuecen pan con el calor de la lava bajo la que yacen las casas de sus padres y abuelos.