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Sociedad

AL DÍA

Una azafata de permiso que se salvó oyó a un comandante que iba a su lado como viajero adelantar la tragedia
30.08.08 -

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«Aquí pasa algo raro»
Parte del fuselaje calcinado del MD-82 estrellado en Barajas. /ANTENA 3
DV. «Aquí pasa algo raro». La frase es del comandante de un Airbus de Spanair que viajaba como pasajero en el MD-82 que se estrelló el día 20 en Barajas. Ocupaba el asiento 1C. Pronunció la frase cuando vio que el avión no terminaba de alzar el vuelo y la oyó la azafata con libranza que viajaba a su lado, en el asiento 1E. Antonia Martínez salvó la vida y lo ha contado en su declaración a los servicios de investigación del accidente.
La auxiliar de vuelo podrá recordar las incidencias que le sucedieron el día del terrible accidente en el que ella salvó la vida milagrosamente. Viajaba a Las Palmas con otros tres compañeros de Spanair. Le habían otorgado el asiento 35 C, pero luego pasó al 23A. Como había sobreventa de billetes, pasó del acomodo en el centro de la aeronave a la primera fila, al asiento 1E, detrás del panel, sin vistas adelante. Un asiento poco apetecible pero que a ella le salvó la vida. Los supervivientes del vuelo JK5022 de Madrid a Las Palmas se sentaban en las nueve primeras filas.
En su testimonio a los investigadores del accidente de Barajas, Antonia Martínez señala que «el avión no cogía altura, como si no pudiera con el peso del pasaje. Hizo giros laterales, en zigzag, y a mí me pareció que intentaba un aterrizaje de emergencia. Los movimientos laterales eran muy bruscos. El aparato estaba descontrolado», detalló.
Reveló que no vio ningún incendio -los motores estaban en el cono de cola, casi imposibles de ver a través de la pequeña ventanilla lateral desde la primera fila de la aeronave- y lo que recuerda después del comentario del comandante es que estaba caída en el arroyo del río Jarama que flanquea la pista de despegue a lo largo de dos de sus cuatro kilómetros.
Sobre ella, en el suelo desbrozado por el golpe de la nave, tenía un panel de chapa, probablemente el de delante de su asiento. Alguien le tiraba del pelo y después de los hombros para arrastrarla hacia afuera y ayudarle. Hoy, felizmente, se recupera en el hospital de la Princesa, en Madrid.
Sin tiempo para nada
Todo sucedió muy deprisa, más de lo que se puede imaginar alguien que va a 270 km/h rodando sobre la pista de despegue de un aeropuerto. Antonia, a pesar de su experiencia como auxiliar de vuelo, aunque sólo llevaba trabajando cuatro meses para Spanair, no tuvo tiempo de buscar protección como indican las cartulinas de los bolsillos de los respaldos de los asientos de los aviones.
Los supervivientes coinciden en que ni el piloto, Antonio García, ni el copiloto, Francisco Javier Mulet, pudieron alertar a los pasajeros a través de la megafonía para que se protegiesen de cara al inminente choque contra la pista, al no poder alzar la nave. Ni menos, cuando el avión saltaba tres veces sobre la tierra escalonada que rodea los límites de la pista de despegue. Todo ocurrió tan rápido que no hubo tiempo para nada más que para agarrarse instintivamente a los brazos de los asientos, al cinturón de seguridad de cada asiento, apoyarse con los pies bien pegados al suelo...
De entre las declaraciones de los supervivientes destacan las palabras «vaivén, traqueteo, balanceo, alabeo brusco (cimbreo de las alas), guiñado (giro del eje, como un derrape)». Uno de los heridos explicó que «los bandazos eran tan fuertes que en dos segundos veía la pista, el cielo y de nuevo la pista». Salió repelido atado a su sillón con parte del fuselaje aplastándole un brazo.
Enrique A. controlador, fue el último en hablar con la cabina del aparato siniestrado. Tras darle el permiso, entró en el despacho de su jefe y le dijo: «El avión que acabo de despegar creo que se ha caído. Levantó el morro, no se elevaba, ha empezado a balancearse de lado a lado y he dejado de verlo».
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