N o es ninguna novedad que los discursos que promueven la defensa de la institución Real Sociedad provengan, todos, desde fuera del Consejo de Administración. Es así desde hace bastante tiempo. El mundo al revés. Iñaki Badiola ataca por sistema todas las líneas de flotación de la entidad de forma irresponsable. Desgraciadamente, con los precendentes conocidos, no cabe esperar que el asunto médico sea la gota que haya colmado el vaso. Habrá más.
Badiola no debió presentarse a la presidencia de la Real si no estaba dispuesto a asumir las responsabilidades que comporta el cargo. El presidente de un club no puede acusar a la entidad de la que es máximo responsable de practicar dopaje sistemático. ¿Y si hoy la Agencia Mundial Antidopaje propone que se sancione a la Real? A su favor tendría, nada menos, que la confesión de la parte acusada, elemento jurídicamente válido para condenar.
Los médicos conceden el beneficio de la duda a Badiola, a pesar de que le habían informado de todo. Pudo ser un error. Sería un error gravísimo. Exigiría una rectificación clara, pública e inmediata. El daño ya está hecho, pero sería lo mínimo. Si no, Badiola volverá a verse enfrente de un juez. Ya sabe el camino.
Este asunto es el último de una serie de actuaciones impropias de alguien que ocupa la presidencia de la Real. Su renuncia expresa a conseguir nuevos ingresos (¿China?) para la entidad es el penúltimo. Su tesis es que no va a a generar recursos que sirvan para tapar el agujero que hicieron otros. Cabría recordar que preside la Real Sociedad, no el Badiola Club de Fútbol. La Real existía antes de su llegada, con todas sus circunstancias, y él se presentó con la promesa de ser la solución a sus males.
Que se sepa, la Real juega en Anoeta, se entrena en Zubieta y el 90% de los jugadores de la plantilla ya estaban antes de que llegase Badiola. ¿La deuda no le incumbe pero aprovecha todo lo demás? O todo, la Real, o nada, el Badiola FC. Mientras se siente en el despacho de Anoeta su obligación es defender a la Real hasta las últimas consecuencias, aunque no cuente con la confianza de los accionistas, que le desautorizaron de forma inequívoca en la última Junta.