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San Sebastián

26.08.08 -

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O btener la concesión para explotar cualquiera de los servicios de las playas donostiarras, tanto ayer como hoy, supone un gran riesgo para el medio ambiente que los beneficiados están dispuestos a asumir... pero ¿qué puede hacerse cuando el riesgo no llega «por imperativo de la naturaleza» sino por «el vicio de las costumbres sociales»?
Una cosa era aceptar la pesada lluvia o «aquellos tres meses continuados de sirimiri» y otra muy distinta que los usuarios se negaran a utilizar los servicios que se instalaban debido a «las modas que corrompen la sociedad».
Ya se vivió algo parecido en 1931 cuando comenzó la moda «de ir en bata a la playa», originando la llamada
Guerra de los albornoces
porque los bañistas no usaban las obligatorias cabinas: llegaban a la arena, se quitaban el albornoz y ¡al agua! Los bañeros y encargados de las cabinas montaron en cólera y en grupo pidieron explicaciones al Ayuntamiento: ¿cómo se permitía «ir desnudos desde casa hasta la playa?».
Al final tuvo que intervenir la Corporación Municipal y en acalorados plenos aprobar que los bañeros subieran sus tarifas para compensar la falta de clientela, aunque se les encomendó un nuevo trabajo: a cambio de la subida del precio por sus servicios, cuidarían la ropa que quedaba en la arena: cobrarían cincuenta céntimos a todas aquellas personas mayores de diez años que, sin utilizar cabina, tomaran baños de mar entre la zona de la caseta real y la bajada del parque de Alderdi Eder.
Hace cuarenta años, en EL DIARIO VASCO del 29 de agosto encontramos de nuevo a
El concesionario
, así firmaba el escrito, enviando, para ser publicada, una nota que llevaba por título «La moralidad en las playas de San Sebastián».
«Ante la enorme cifra de hombres y mujeres que se desnudan y visten fuera de las cabinas»,
El concesionario
volvía a recordar a los playeros que estaba en vigor el Reglamento dictado para el uso y comportamiento de las personas en la estancia en la playa que, en su noveno artículo, decía: «Queda terminantemente prohibido en toda la extensión de las playas el vestirse y desnudarse fuera de las cabinas, casetas y departamentos adecuados habilitados para ello».
¿Defendía aquella persona la moral o sus ingresos en caja?... De todas formas, en su nota enviada a la prensa muy correctamente «rogaba una vez más» a los bañistas de La Concha y Ondarreta «se abstengan de desnudarse fuera de los locales destinados a este efecto, dando así una prueba cumplida de su debido acatamiento a las normas establecidas para todos con carácter obligatorio».
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