Marijaia bajó los brazos anoche, después de nueve días de fiesta, en una ceremonia final en la que la reina de la Aste Nagusia ardió junto a la tarta por su 30 cumpleaños preparada para la ocasión. La ciudad echó la persiana a una edición marcada por el 30 aniversario de la creación de las fiestas y la conmemoración de los 25 años de las riadas de 1983.
Para la despedida del símbolo mitad etxekoandre mitad sorgiña, el ayuntamiento retrasó este año la tradicional quema en la plaza del Arriaga y la dejó para después de los fuegos. Los actos en honor de Marijaia habían comenzado a las siete de la tarde, cuando la señora de las fiestas fue colocada junto a su tarta de cumpleaños en el ayuntamiento de la villa hasta la hora de iniciar la travesía final.
El consistorio, con ánimo de que la gala final fuese más participativa que en años anteriores «porque la gente se limitaba a mirar el espectáculo» (en todas partes cuecen habas), buscó este año que los bilbaínos se despidieran de Marijaia depositando junto a ella durante la tarde el pañuelo de fiestas que han llevado al cuello durante los nueve días (parece que en Bilbao no se suscitan debates ni controversias por lucir o no el susodicho) para que la pañoleta ardiera con el muñeco.
Recogidos los apósitos azules que se harían cenizas junto a la dama, Marijaia realizó un pasacalles desde el ayuntamiento hasta la explanada del Arriaga atravesando el recinto festivo escoltada por integrantes del grupo de teatro Gaitzerdi, encargado de oficiar la quema. El recorrido fue amenizado por zancudos y acróbatas del grupo Animazancos. La comitiva alcanzó el puente del Arenal donde Marijaia desapareció dentro de la gran tarta y descendió a la Ría, en la que se adentró para desaparecer entre llamas mientras sonaba su himno, el mismo que le dará la bienvenida dentro de 356 días, cuando resurja de sus cenizas y vuelva a abrir sus brazos en señal de bienvenida. Igual que todos los años, igual de esperada.
Perfil bajo
Los restos de la jornada fueron de eso que se conoce como perfil bajo, sin alardes. Bueno, más por el lado de la programación, porque es que no cabía un alma en ningún sitio: era domingo, salió bueno y han vuelto de vacaciones los que faltaban. Unos se dedicaron a pasear, otros a deambular y otros (ya los menos) a dar tumbos entre la concentración final de gigantes y cabezudos, que contó con la presencia de Irrintzi, venidos de Donostia. Luego todos, hasta siete agrupaciones, compartieron mesa y mantel en los arcos de la Plaza Nueva, igual que hicieron el apenas medio centenar de cazuelas del concurso de rabo guisado (aquí pocas bromas); bueno, una oída a dos concursantes vacilando a un jurado: «no traemos rabo, sólo salchichas»; respuesta: «es igual tampoco las vamos a probar». Los últimos coletazos se fueron entre teatro infantil, bertsolaris, bilbainadas (donde siempre), concierto de txistularis (hasta arriba estaba) y luego fuego y más fuego: toro de fuego, los fuegos y fuego a Marijaia. El resto, también quemados, a buscar la horizontal, la cabeza o el traje de faena, que hoy ya es lunes.