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RSS | ed. impresa | Regístrate | 6 julio 2009

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La luchadora y pastora de Olaeta, un ejemplo de entrega y pasión, se queda a las puertas del bronce

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El sueño perdido de Maider Unda
La canadiense Ohenewa Akuffo y Maider Unda, en una pelea que ganó la luchadora alavesa. / EFE
Tenía el pelo revuelto, la cara llena de rasguños, un hematoma en el ojo izquierdo y un hilo de sangre en la boca. Rota por el esfuerzo, sudorosa y palpitante, Maider Unda se esforzaba por contener las lágrimas mientras se retiraba a los vestuarios del pabellón de la Universidad de Agricultura de Pekín. La luchadora alavesa era la imagen exacta y conmovedora de la derrota, del lado más ingrato del deporte. También lo era de la dignidad de quien ha competido al máximo de sus fuerzas, hasta el último aliento.
Durante todo el día, Maider había estado acercándose lentamente a su gran sueño -una medalla olímpica- y éste se le escapó en apenas cuatro minutos. Una miseria. Luchó por el bronce con todo lo que llevaba dentro, pero los esfuerzos acumulados en las peleas anteriores le acabaron pasando factura. Más fresca tras haberse enfrentado a rivales de menor calidad en las rondas anteriores, la polaca Agniezka Wieszczek, la misma a la que Maider arrebató el quinto puesto en el último campeonato del mundo, le superó por 2-1 y 1-0. Cuando el cronómetro acabó su cuenta del segundo período, mientras su rival levantaba los brazos victoriosa, la alavesa se arrodilló sobre el tapiz y echó su cuerpo hacia atrás. La lucha libre, que tanto ama, le había vuelto a golpear muy duro.
Trescientas ovejas
En realidad, la biografía deportiva de esta pastora de Olaeta que se levanta cada día a las seis de la mañana para dar de comer a sus 300 ovejas es un continuo caer y levantarse hasta llegar donde ha llegado: la élite mundial de un deporte en el que se inició siendo una niña, cuando en Otxandio, a un paso de su casa, un señor llamado Félix Oreitia abrió un gimnasio de sambo. La instalación estuvo abierta cinco años. Los niños lo fueron dejando poco a poco. Toda la afición que le sobraba a Maider les faltaba a los demás. Se pasó entonces a la lucha libre y aguantó un tiempo hasta que la dejó, aburrida de no poder competir por falta de rivales. Sin embargo, cuando en 1998 la federación convocó el primer campeonato de España femenino, no pudo evitar el regreso. La lucha le gustaba demasiado.
Sólo desde una afición insuperable se entiende que, a sus 31 años, Maider Unda esté dispuesta a hacer tantos sacrificios por su deporte. Y no se trata sólo de las horas de entrenamiento que le dedica en su casa, donde tiene habilitado un pequeño gimnasio, y en la sala de lucha del Centro Cívico Judizmendi de Vitoria, donde practica a las órdenes de Luis Crespo. También están las lesiones. Una plaga.
Cabezazo brutal
Maider ha superado tirones sin cuento, dos complicadas operaciones de rodilla, una hernia y hasta una grave rotura de pómulo que le cambió para siempre la expresión del rostro. La culpa la tuvo el cabezazo brutal de una búlgara, hace ya siete años, en la primera competición internacional a la que acudía. Aquel día sufrió convulsiones, mareos, vómitos y se creyó morir allá en Varsovia, tan lejos del caserío familiar, Atxeta, de sus ovejas, de sus montes, de su tierra. Lo de ayer en Pekín fue un dolor distinto. Fue el puro desencanto, profundo y cortante, por tantos y tantos esfuerzos baldíos.
Más allá de la decepción, Maider completó ayer un concurso muy meritorio. Ser quinta no deja de ser un pequeño milagro viniendo de un país donde la lucha libre femenina es un erial. En su primera pelea le tocó la ucraniana Oksana Vashchuk, cuyas malas artes no olvidará. Aunque le ganó con autoridad, lo pasó fatal. «Me ha estirado del pelo, me ha arañado, me ha mordido... Ha sido durísimo. No esperaba que fuese tan guarra», declaró Maider. Necesitaba descansar un rato ya que, en segunda ronda, le tocaba un hueso: la doble campeona del mundo y máxima favorita al oro, Stanka Zlateva.
Frente a la que sería unas horas después subcampeona olímpica, la pastora y quesera de Olaeta demostró que está a la altura de las mejores. De hecho, ganó el primer período por 2-1. Luego perdió los dos siguientes, pero la búlgara tuvo que emplearse a fondo. Siempre deportiva, Unda reconoció la superioridad de su rival. «Ha sido muy fuerte para mí. Mantiene un ritmo bestial y no he podido seguirle».
Como nadie podía esperar un tropiezo de Zlateva en su siguiente pelea, Maider se fue del pabellón convencida de que entraría en la repesca, de que seguía viva en los Juegos. «Ahora a descansar, que por la tarde viene lo bueno. La verdad es que me veo muy bien. Tengo un sueño y quiero cumplirlo», dijo.
El primer paso en ese objetivo lo dio venciendo a la canadiense Ohenewa Akuffo. La pelea fue intensa. Tras ganar el primer período y adelantarse por 1-0 en el segundo, cuando la victoria parecía cosa hecha, Maider se despistó un segundo y dejó que su rival le empatara forzando un tercer período. Esa laguna de concentración no tuvo, al final, mayores consecuencias. La alavesa se rehízo y se apuntó el tercer asalto. En su pelea por el bronce, sin embargo, cometería un error parecido y, esta vez, tendría efectos fatales.
Un error fatal
Seguro que Maider no olvida ese fallo. Lo cometió al final del primer período de su pelea con Wieszczek, que se puso en acción sin contemplaciones, estirando del pelo a Maider hasta arrancarle la goma de la coleta. El juez le llamó la atención. La alavesa se sobrepuso a esas artimañas y logró inmovilizar a su rival. 1-0.
Se trataba de defender ese tesoro hasta que se cumplieran los dos minutos. Y entonces sucedió. Sólo faltaban tres segundos, sólo tres segundos, y Maider Unda se dejó sorprender por su rival, que la volteó y se apuntó dos puntos y, con ellos, el primer asalto.
Espoleada por su conquista in extremis y más fresca, Agniezka Wieszczek se apuntó el bronce en el segundo. Maider no tenía consuelo. «He llegado muy cansada a la última pelea y he fallado. Es muy duro haberlo tenido tan cerca y que se haya escapado», se lamentaba, limpiándose la sangre de la boca y tocándose la cara en busca de puntos de dolor. Emocionaba verla así, tan triste, tan herida.
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