Extraída de los fondos de la prestigiosa colección Daros-Latinamérica de Zurich, la exposición No es neutral, que acoge hasta octubre Tabakalera, presenta una treintena de obras de 24 artistas de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Guatemala, México, Puerto Rico y Uruguay. A través de instalaciones, esculturas y obras audiovisuales, la muestra atiende a la creación artística latinoamericana desde los años 60 hasta la actualidad. Dos de los artistas representados en la exposición, Oswaldo Macià y Julio Le Parc, intercambian opiniones sobre la realidad del arte latinoamericano, que actualmente goza de gran reconocimiento en un mundo tocado por la crisis. Con sus opiniones, nos adentramos en los entresijos de este movimiento cultural que, como ellos mismos definen, «es algo más que lo meramente paisajístico».
- La efervescencia del arte latinoamericano es patente en nuestra ciudad, con dos espacios -Tabakalera y Sala Kubo- que repasan la trayectoria de este movimiento. ¿Qué diferencia al arte latinoamericano del arte contemporáneo actual?
- Oswaldo Macià. El arte es una respuesta al entorno social, hay artistas latinoamericanos con discursos localistas pero, al final, los mensajes que se quieren transmitir van más allá del lugar donde fueron concebidos, son universales. Las obras se pueden presentar en Pakistán, Argentina o Nueva York, siendo perfectamente compatibles entre países. Al final, estas clasificaciones son propias de las casas de subastas, que se empeñan en aunar los trabajos por tipos.
- Julio Le Parc. Las realidades entre países, en el contexto universal, son diferentes. Hay grandes diferencias entre Asia y África, entre América del Norte y América del Sur, incluso entre Argentina y Chile, por lo que es innegable que existen diferencias y que éstas se dejan notar en el arte. Las vías de comunicación, los medios con los que se trabaja son diferentes, por lo que las maneras de llegar al gran público también lo son. Finalmente, lo que prima son los mensajes que se quieren transmitir, y éstos no entienden de fronteras.
- En muchas ocasiones el arte latinoamericano tiene un acentuado carácter reivindicativo, ¿fruto de la inestabilidad política de alguno de sus países?
- O.M. Todos somos víctimas de guerras que no provocamos, bien sea en Latinoamérica o en el resto del mundo, de ahí esa crítica política, pero no es un distintivo característico de nuestro arte. Al final, todos los seres humanos, independientemente del país del que procedan, tienen las mismas preocupaciones.
- En la exposición que alberga Tabakalera presentan dos de sus últimas obras, y se muestran en un espacio que no fue concebido para el arte. ¿Cómo encajan sus piezas en la vieja fábrica?
- J.L.P. Es un espacio muy fuerte, crudo, de cierta dureza y de dimensiones muy grandes. Mi obra está aislada, apartada, en un habitáculo oscuro, donde el espectador interactúa con los juegos de luz y movimientos que ofrece esta instalación de estructuras mínimas.
- O.M. La selección de las obras de una colección tan importante como la de Daros-Latinamérica ha sido muy buena, y traerla a un espacio de semejantes características, con ese peso histórico del que goza la fábrica de tabacos, ha sido un acierto. Nosotros, con nuestros trabajos, intervenimos en el discurso ya existente, complementándolo. Mi instalación, que sigue las técnicas de composición gregorianas, combina a la vez las narraciones de 55 mujeres en siete idiomas diferentes del Caribe, para que el espectador, a través de la sonoridad, del tono y del ritmo de las voces, perciba las sensaciones que se transmiten. Quizás, en este lugar, donde sabemos que las cigarreras trabajaron duro en un mercado laboral marcado por los hombres, lo hace muy especial.
- ¿Qué opciones le ven a este edificio como futuro centro cultural?
- J.L.P. Es un espacio de incalculable valor. Si yo tuviera algo que decir sobre los contenidos que debería albergar este 'gigante', no pasaría por alto a los trabajadores que, en un pasado todavía no muy lejano, dieron vida a esta vieja fábrica. Habría que reconocer su labor, recordando sus testimonios.
- Hay quien sigue mostrándose cauteloso para entrar en una exposición, con cierto miedo a no comprender las propuestas del autor. ¡Anímenles!
- J.L.P. Las personas no tienen miedo, lo que no tienen es tiempo. Los artistas exigen tiempo al espectador para que éste pueda tener elementos para acercarse a sus intenciones. Deberían facilitar bonos de 15, 30, 45 minutos, en función del tiempo que se tenga para visitar las exposiciones (bromeaba). Cuando puedan, que entren, valoren y juzguen, que para eso están. Hoy por hoy, el único rastro que dejan los visitantes de las exposiciones no es otro que el del gasto de la entrada.
- O.M. La moda lo invade todo, también en el arte, que ahora es puro entretenimiento. La gente acude en masa, casi más que al estadio, a los grandes museos, que ofrecen tarifas de domingo y que cuentan con cafeterías y tiendas de souvenirs más grandes que las propias salas del museo. Los tiempos están cambiando.
- Cuando el espectador entra en una exposición cuenta quizás con demasiada información que, a modo de texto, explica las pretensiones del autor. ¿Se lo están poniendo muy fácil al visitante?
- J.L.P. Es cierto que la capacidad que tiene el espectador para reflexionar o sentir no está aprovechada. Muchos artistas crean sus obras y explican sus pretensiones, casi obligando al público a tener una misma visión de lo que está viendo, alejando su capacidad crítica para poder opinar libremente. Si esta información no llegara al visitante, éste podría valorar las obras y, a buen seguro, manifestar una nueva idea, diferente de la del autor, que seguro sorprendería. Para los artistas, el hecho de que un espectador critique nuestras obras no resulta desalentador, puesto que es un síntoma inequívoco de que éste ha realizado un esfuerzo para ver más allá, se ha parado ante la obra y ha dejado patente su opinión. Al fin y al cabo, de eso se trata.
- O.M. Si el espectador no percibe, no entiende. Cuando el espectador empieza a pensar es cuando la obra funciona.
- Parece que el arte vive en estos momentos su etapa más difícil. Nuevas vanguardias van surgiendo, los artistas clásicos conviven con los jóvenes talentos, el arte abstracto gana terreno... ¿Vive el arte un momento de crisis?
- J.L.P. Lo que está en crisis no es el arte particular, sino el funcionamiento del arte. Antes se seguían las trayectorias de los artistas, había interés por ellos. Y últimamente son los grandes coleccionistas los que son tratados como 'superartistas'; les hacen entrevistas, reportajes..., en definitiva, son ellos los que suscitan el interés. Además, hoy parece que el creador que no vende no es considerado en la industria, esa es la sensación que perciben. Los tiempos están cambiando y a los artistas no nos queda más remedio que ir adaptándonos a las nuevas realidades.
- O.M. El termómetro que mide la calidad es el de la venta, cosa que es escandalosa. El reconocimiento sólo llega cuando has vendido un centenar de obras; si no, estás muerto, no te conoce nadie. No obstante, la crisis creativa no existe como tal, los creadores siguen trabajando, surgen nuevos talentos emergentes que están sorprendiendo a la cada vez más delicada industria de arte. Las que quizás no vivan su mejor momento sean las casas de subastas, que cada vez tienen más dificultades para colocar sus trabajos. En este sector es donde se deja notar la tan comentada crisis. Para los artistas, la gratificación personal está en el trabajo, en el mensaje que se quiere transmitir al espectador, y en eso seguimos.