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Gente

historias de usar y tirar

En Costa Rica, en el golfo de Nicoya, existe un islote varado que responde al nombre de San Lucas. Fue un presidio y, también, un infierno en el que se forjó un escritor de éxito
17.08.08 -

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El monstruo. El tormento para José León Sánchez comenzó en el año 1948, cuando fue detenido en posesión de una imagen de la Virgen. No era una talla cualquiera, sino que se trataba de la patrona de Costa Rica labrada en oro, Nuestra Señora de los Ángeles, con sede en la basílica de la ciudad de Cartago. Había sido robada pocos días antes, en un aparatoso atraco en el que había resultado muerto uno de los cuidadores del templo. Ambos delitos habían despertado la indignación y el horror en todo el país, de ahí que el trato que recibió José León en dependencias policiales fuera de todo menos cortés. Aunque él defendió su inocencia -argumentaba que él no había robado al joya, sino que sólo la escondía-, confesó bajo torturas su participación en los hechos, por lo que fue declarado culpable por los tribunales, sacrílego por la Iglesia y bautizado como el Monstruo de la Basílica por la opinión pública. José León tenía 18 años, un pasado marcado por el abandono y el destierro social. Ante sí, tenía un futuro en absoluto halagüeño: 45 años de condena que cumpliría en la peor de las cárceles posibles, la ubicada en la isla de San Lucas, en el golfo costarricense de Nicoya, bañado por las aguas del Océano Pacífico. La prisión de San Lucas respondía a todos los tópicos oscuros que, desde el cine y la literatura carcelaria, se han sembrado sobre los centros de reclusión: los presos vivían hacinados, perpetuamente engrilletados, sin alimentos en condiciones y, mucho menos, personal médico. Cuando un preso moría, era lanzado a las aguas para que los tiburones velaran por su cuerpo. Más que una cárcel, era un cementerio en vida, un exilio sin billete de vuelta donde guardias y alcaides hacían y deshacían a su antojo.
El escritor. En 1969, José León abandonó San Juan tras veinte años de encierro. Marchó a México, donde era respetado gracias a los relatos que había alumbrado en la cárcel, los mismos que habían ganado varios premios literarios. En Costa Rica, mientras tanto, seguía siendo considerado el monstruo de la Basílica, la persona cuyo nombre estaba tan maldito que nadie en el país osaba bautizar así a sus hijos. José León volvió a saborear las mieles del éxito con su testimonio definitivo sobre todo lo vivido en el penal San Lucas: La isla de los hombres solos, un best seller de la literatura latinoamericana en el que narra las miserias y tropelías del penal; un relato severo, penoso e inhumano sobre su experiencia. Paradójicamente, las circunstancias adversas no habían hecho mella en él: José León había entrado al presidio siendo un analfabeto y salió como un escritor de éxito. En 1998, tras décadas de lucha estéril, el autor consiguió, por fin, ser eximido de toda 'pena y responsabilidad'. Era, oficialmente, una persona libre.
La cárcel. Una isla fantasma se levanta en el golfo de Nicoya. Se llama San Lucas y, tiempo atrás, fue la isla de los hombres solos, el penal más duro y cruel de Costa Rica. Hoy en día está abandonada, huérfana de cometido y apenas habitada por unos guardias que velan por el patrimonio carcelario que todavía sigue en pie. La ven a lo lejos todos aquellos que navegan desde el puerto de Puntarenas a Paquera y puede que algún día se convierta en la última sensación turística del país. Los políticos costarricenses están trabajando en ello, en devolver el honor perdido a este frondoso vergel, en convertir algo que fue un infierno carcelario, en un nuevo paraíso turístico.
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