El de pista era el ciclismo nocturno. De público juerguista, de escote y ambiente de tabaco. La gente iba al velódromo como al casino, al boxeo o al frontón. A apostar. En el Madison Square Garden, por ejemplo. Lejos de allí, en el mundo rural y balear de Porreres, nació un ciclista que en nada coincide con el origen de su deporte. Y aún así, Llaneras tiene dos títulos olímpicos -separados por ocho años, con una plata en el medio- tres mundiales de americana y cuatro de puntuación.
Hay mucha distancia del velodrómo de Nueva York al de Algaida, un pueblo que creció animando a Guillermo Timoner, el ídolo inicial de la isla. Otro apellido para la pista. Porreres dista 13 kilómetros de allí. Los Llaneras eran una familia de pista. El padre, Francisco, andaba siempre a vueltas por el velódromo. Y Joan, el chaval, pues creció así, entre cadenas y subidas por el peralte.
Con Manolo Saiz
Mallorca es una isla. Recinto cerrado. Vocación de velódromo. Cuando Llaneras era un crío, un tal Andrés Oliver, mecenas local, ponía las 500 pesetas a repartir en cada campeonato. Era divertido. Toni Cerdà, uno de los técnicos del ciclismo balear, notó algo en Joan. Era ciclista. Y lo envió a correr a la península. Acabó en el equipo Once de Manolo Saiz. De profesión, contrarrelojista. Rodador. Gregario. Lo mismo en el US Postal. Había salido de la isla y no encontraba la salida para su carrera profesional.
Regresó a la pista. A lo que queda de aquel viejo deporte nocturno. A las pruebas de Seis Días, como la que antes llenaban las madrugadas de Madrid. Como los feriantes. De ciudad en ciudad. Europa tiene tradición de Seis días. Es un espectáculo que ahora remonta. Vuelve a llenar noches. Pero cuando volvió Llaneras aún estaba en crisis. A tanto la vuelta. Pronto subió su cotización. El reconocimiento que no le daban en España. Se hizo un dorsal respetado. A 2.500 euros por semana de pedaleo. A ese precio se convirtió en el mejor.
Tras la retirada
Tal era su dominio que la Unión Ciclista Internacional cambió las normas. Antes, el que doblaba a los demás tenía una vuelta de ventaja. Para ganarle había que quitársela. Así, Llaneras era imbatible. Por eso, variaron la regla: ahora al que dobla sólo le dan 20 puntos. Al mallorquín le dio lo mismo. Hizo de la puntuación una propiedad privada. Y con Gálvez maniató la americana. Sin él, le costó seguir. «Pensé en no volver a correr».
Tras la muerte de su amigo, aparcó la bicicleta durante una semana. «Luego, cuando volví, me costaba entrenarme». Seguía vacío. Con él, pensaba en Pekín. Y aquí está. El martes se despedirá del ciclismo. Hará pareja con Tauler en la americana. Luego le espera un despacho en el velódromo de Palma. Lo dirigirá. Serio, como es. Nada que ver con el origen de su profesión.