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RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Cultura

HISTORIA. EXPOSICIÓN EN EL MUSEUM CEMENTO REZOLA

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DV. Los cerca de 12.000 búnkeres que el Ejército alemán levantó a lo largo de los 4.000 kilómetros de costa atlántica que separan Noruega del Bidasoa son los protagonistas de una exposición que el Museum Cemento Rezola de Añorga mantendrá abierta hasta el próximo mes de octubre.
La muestra Búnker Arqueología-El muro del Atlántico, comisariada por el historiador Ramón Barea -que ha aportado la práctica totalidad de los materiales expuestos-, ofrece un recorrido didáctico por la historia de estas construcciones con las que el Ejército alemán intentó fortificar su frente del Oeste de cara a la eventual invasión de Inglaterra primero y a un desembarco aliado después.
La alta concentración de búnkers que presenta la costa vasco-francesa -cerca de 200 entre el Bidasoa y el Adour, 150 de ellos sólo en la zona de Hendaya- demuestra, a juicio de Barea, el especial interés con el que el alto mando alemán se planteó su defensa. De hecho, hay otro dato que refuerza esta hipótesis: los mejores cañones de la época, incluido el 152 milímetros ruso del que las fuerzas alemanas disponían tan sólo en un número limitado fruto de incautaciones en el frente del Este, se destinaron a esta zona. Uno de ellos permanece oxidado en la playa de Hendaya. «Este cañón es tan versátil que lo mismo puede efectuar un tiro en horizontal que otro en parábola. Es como la navaja suiza de los cañones».
Y es que la zona vasco-francesa concentró «la crème de la crème de la artillería alemana de la época», en palabras de Barea. «Solamente en Hendaya, tras el castillo de Abbadie, tenemos dos cañones de 240 milímetros instalados sobre vía férrea, que pueden pivotar 360 grados», apunta el historiador.
Búnkeres defensivos
De hecho, en su opinión, ésta es una de las características que presentan los búnkeres del sector vasco. A diferencia de los construidos en la zona de Calais -diseñados antes de la fallida invasión de Inglaterra-, los de Hendaya son de carácter eminentemente defensivo. Su función era rechazar un eventual desembarco de tropas aliadas que, finalmente, se produjo en las playas de Normandía. Sin embargo, el alto mando alemán manejó también durante algún tiempo la hipótesis de un ataque por el País Vasco francés, sobre todo, a partir de 1942, una vez que tropas estadounidenses y británicas desembarcan en el norte de África en la operación Antorcha.
Los alemanes temían que a través de territorio español se abriera paso un avance aliado que llegara hasta la frontera. «Las fortificaciones defensivas podían orientarse no sólo hacia el Atlántico, sino también hacia territorio español». El propio soldado Eugen Benzing, cuyo testimonio recoge la exposición, facilitó a Barea las coordenadas que tenían para bombardear San Sebastián, Errenteria, Pasaia, Oairtzun, Irun y Hondarribia en caso necesario.
Los ingenieros alemanes diseñaron alrededor de 600 modelos de búnkeres distintos en función de su posición estratégica y sus prestaciones, pero en lo que se refiere a la costa vasca, destacan tres grandes tipos: la torre de observación Bárbara, el Blockhaus y el búnker con el frente Todt.
La primera presenta una superficie desprovista de aristas para repeler los impactos procedentes le mar. Sus muros de 120 centímetros de hormigón estaban diseñados para resistir el impacto de una bomba aérea de hasta 300 kilos. El segundo modelo caracteriza a una construcción autónoma provista de un importante almacén de armas y víveres. Finalmente, el frente Todt presenta una visera escalonada en la parte superior del hueco de tiro para evitar que éste se convirtiera en un embudo para los proyectiles enemigos.
La exposición se divide en tres apartados, el primero de los cuales se centra en la logística e historia del muro del Atlántico. El testimonio del citado soldado Eugen Benzing aporta los aspectos humanos de aquella infraestructura militar y, finalmente, se recoge la propaganda «que quiso convencer al mundo de que Europa era intocable y de que existía una muralla que protegería los intereses de Alemania, y que, como se vio finalmente, era una ilusión», explica Barea.
Prisioneros rusos
Los primeros trabajos de construcción de esta línea defensiva en la costa vasco-francesa arrancaron en 1941, aunque fue a lo largo de 1942 cuando alcanzaron las obras su máxima intensidad. Las tareas de construcción en el sector vasco corrieron a cargo de prisioneros rusos en régimen de trabajos forzados y mano de obra asalariada francesa que pertenecía a empresas de la construcción. «Hay que tener en cuenta -señala Barea-, que este proyecto convierte a la industria de la construcción en el principal sector económico francés durante la II Guerra Mundial. Prácticamente, ocho de cada diez empresas constructoras trabajaban para la Wehrmacht. Alemania pagaba muy bien y además, los trabajadores evitaban que les enviaran a las industrias de munición en Alemania. Se quedaba en casa y encima bien pagado». De hecho, el salario de un trabajador del muro del Atlántico doblaba al de un oficinista.
La retirada se produjo el 21 de agosto de 1944, dos meses después del desembarco aliado en Normandía. Antes de abandonar sus posiciones, los soldados alemanes inutilizaron las baterías. Un año después de finalizar la guerra, las propias autoridades francesas quisieron borrar estas cicatrices dinamitando los búnkeres desde su interior. El resultado fue la detonación del 90% de las municiones que aún permanecían allí, mientras que el otro 10% quedaron desperdigadas por las inmediaciones.
Hace unos años, puede que animado por el éxito de películas como Salvad al soldado Ryan, el Gobierno francés puso en marcha un programa para la conservación y protección de algunos de estos búnkeres.
amoyano
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