DV. No fue una imagen agradable. Ni para los pescaderos, ni para los consumidores, ni mucho menos para los arrantzales. Los 8.000 kilos de merluza, mediana y pescadilla que se tiraron el lunes en la lonja del puerto de Pasaia por no llegar al precio mínimo establecido por la UE, refleja la realidad de un sector que cada día tiene más obstáculos para seguir adelante. El exceso de oferta, la avalancha de importaciones, la falta de regulación y de adaptación a los nuevos tiempos y, por qué no decirlo, los propios errores, han llevado al sector a tocar cada vez con mayor frecuencia el botón de alarma. Lo cierto es que esos 8.000 kilos de merluza tirados a la basura son un nuevo toque de atención. Los arrantzales denuncian el ridículo precio que alcanzan en lonja las capturas, los pescaderos apuntan que «el pescado del día y de calidad sí que se vende» y los consumidores asisten a la escena sin comprenderla: «Cómo se puede tirar a la basura tanta comida. Al menos, que la donen a la beneficencia», coincidían ayer muchos.
El mercado no da más de sí. La saturación de la oferta de merluza y pescadilla procedente de Noruega y Dinamarca, así como de Suráfrica y Namibia, y la menor demanda que se suele producir en verano complica, día sí día también, las subastas en las lonjas guipuzcoanas. La UE ha establecido precios mínimos de 3,63 euros para las capturas de más de dos kilos, 2,74 para las que pesen entre 1 y 1,5 kilos, y 2,70 entre el kilo y los 600 gramos, y abona la cantidad desechada, lo que ha llevado a los pescadores a arrojar en julio 18.000 kilos de merluza. «No había compradores que pagaran por encima del precio mínimo», señalan preocupados los arrantzales.
En las pescaderías, el kilo de merluza se mueve estos días entre los 7,50 y los 9,90 euros, de media. Algunos pescaderos del territorio se lamentaban ayer de los miles de kilos que se tiran a la basura, aunque aportaban su propia versión de la escena: «Se deja sin vender el pescado de peor calidad, que suelen traer barcos de fuera. Los primeros lotes, con la merluza de mayor calidad, recién pescada, se venden sin problemas. Sin embargo, hay mucha oferta y nadie quiere las capturas del primer día. No es lo mismo comprar pescado fresco, que el que está en las bodegas desde hace diez días», indica Iván Burgaña, de la pescadería Coro Sotero, del mercado donostiarra de San Martín. «Pero eso pasa también con otros géneros, como el bonito», añade.
El responsable de la pescadería Coro Sotero reconoce que «en verano llega género de barcos de fuera. Aunque lo transporten en las cámaras, con hielo, el género sufre con estos calores. Sin embargo, los primeros lotes de medianilla se vendieron el otro día a entre cuatro y cinco euros».
Muchos pescaderos admitían ayer los problemas que puede provocar la pesca excesiva. «Entiendo que lo hacen para amortizar los gastos que supone salir a faenar, pero quizá habría que replantearse esta situación. Quizá deberían respetar los ciclos de reproducción como hacen en Mauritania. Quizá hay que pensar en reestructurar el sector. Lo que es vergonzoso es ver entre sesenta y cien cajas con huevas de merluza», indica Iván Burgaña.
De Namibia, más barato
La opinión de Burgaña era compartida ayer por otras pescaderías donostiarras, como Oianeder, del centro comercial La Bretxa. «No se puede traer tanto pescado. Si salen diez días a faenar, el género del primer día pierde frescura. En la foto del DV se veía que no era merluza de gran calidad. Los primeros lotes, con género fresco, se venden al doble de precio».
Algunos arrantzales consultados ayer por este periódico recordaban, en cambio, que en muchas ocasiones el género fresco y de calidad «tampoco se vende y hay que tirarlo. Si viene merluza de Namibia a mitad de precio, no te compran el tuyo. Por muy fresco que esté».
Ayer, en los mostradores de las pescaderías, muchos clientes no entendían que los arrantzales se vean obligados a tirar el pescado a la basura. «Hay un montón de gente muriéndose de hambre y nosotros tirando el pescado. Es horrible», indicaba a bote pronto Claudia Martínez mientras compraba medio kilo de bonito. «Al menos, lo podrían llevar a la beneficencia, o para los sin techo», añadía a su lado su hermana Cristina. «Pero cómo van a transportar siete mil kilos de pescado», apuntaba José, el marido de la primera.