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EDITORIAL

04.08.08 -

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El K2 pasa por ser el ochomil más hermoso pero también el más arriesgado del planeta. La muerte de al menos nueve alpinistas de distinta procedencia al desprenderse un bloque de hielo y partir la cordada, cuando ya habían emprendido la bajada por el desfiladero conocido como el Cuello de Botella tras haber hollado la cumbre, vuelve a sembrar la tragedia en una montaña cuya peligrosa ascensión parece ejercer un efecto hipnótico sobre quienes pretenden doblegarla. Desde los años 30 del pasado siglo, la segunda cima más alta del mundo tras el Everest se ha cobrado la vida de medio centenar de especialistas -entre ellos, varios españoles-, la mitad de los cuales pereció en su letal descenso. De ahí que resulte un doble milagro que el alpinista alavés Alberto Zerain lograra culminar la hazaña de alcanzar una cima tan inhóspita sin verse afectado por el accidente sufrido pocas horas después por la expedición multinacional que perseguía el mismo objetivo que el montañero vasco.
La nueva tragedia en el K2 confirma de la manera más dramática la máxima de que el hombre está en poder de la montaña hasta que logra abandonarla totalmente. También que el riesgo inherente a cualquier ochomil y la aparición cierta de dificultades impredecibles alimentan los alicientes que animan desafíos personales como los que protagonizan los montañeros de élite, forzando los márgenes a los que puede llegar el ser humano.
Pero la singularidad de esa vocación, tan difícil de comprender por quienes no participan de ella, nunca debería llevar a descuidar ni las amenazas que esconden los gigantes de piedra y nieve ni tampoco a sobrevalorar las propias capacidades, aun cuando las cumbres de mayor exigencia parezcan hoy más accesibles. Algo que la fatalidad en el K2 ha vuelto a desmentir.
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