DV. Que era de Calanda, Teruel, lo saben hasta las ovejas, las arañas, las hormigas, todos esos animales, insectos, alacranes, mariposas, que incluía, feroz, en sus películas. También en su muy alucinante versión mexicana de Cumbres borrascosas, titulada Abismos de pasión, recuperada, a teatro lleno en el invierno berlinés un día de febrero, dentro de la Berlinale. En el Zeughaus Kino, no lejos de Alexanderplatz.
Que se quedó sordo como el otro grandísimo aragonés, Goya, y el no menos rotundo Beethoven, lo saben también todos los que han escrito sobre él. Todos los que en febrero y en Berlín le homenajearon en una charla/conferencia/disgresión/contubernio, absoluta gourmanderie de recuerdos a la que asistieron felices, orondos, juguetones, su hijo Juan Luis y su guionista preferido, J. C. Carrière, escribidor de Belle de jour, El fantasma de la libertad y El discreto encanto de la burguesía.
De boxeo y ginebra
De que fue boxeador (como El león de Calanda lo anunciaban en los carteles) queda constancia en los anales de la Federación Española de Boxeo, pues llegó a campeón nacional amateur, y lo contaba siempre que podía Pepín Bello, aquel ser asombroso que pudo cumplir los 100 años y fue el perejil fantástico de aquella panda formada por Lorca, Dalí, Buñuel. De Pepín, Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio, Buñuel escribió: «Buenazo, imprevisible, aragonés de Huesca, estudiante de Medicina que nunca aprobó un examen, ni pintor ni poeta... no fue nada más que nuestro amigo inseparable». Y también su manager, un manager que le hacía entrenar en los jardines de la legendaria Residencia de Estudiantes. Para saber que le rompieron la nariz en el ring de la Gimnástica Española no hace falta más que mirarle a la cara en las fotos.
Que sabía beber es verdad impepinable. Antes de que James Bond dijera lo de agitado que no revuelto, Don Luis hizo famosos sus Dry Martini, Para él, el vermouth sería Noilly-Prat y la ginebra, la catalana Giró, por seca. El hielo estará a veinte bajo cero y la angostura, imprescindible.
Agujas y navajas
Que Buñuel pasó en San Sebastián unos cuantos veranos lo saben muchos. Desde los quince años. Allá por la década de 1910-1920. Dicen que su padre don Leonardo había hecho fortuna en Cuba, no trabajó nunca más y el bulto más pesado que jamás cogió fue una lata de caviar (citado en el cultural del periódico argentino La Nación) por lo cual, es lógico que él, su esposa Doña María Pórtoles y sus siete hijos pasaran la canícula primero en una villa de la calle Miracruz y después en otra de San Martín. Conociendo cómo las gastó después el pequeño Luis, grandísimo erotómano, no es de extrañar lo que cuentan en los blogs de Zaragozame. Bajaba Luis joven a La Concha y, pícaro y fisgón, hacía agujeros en las casetas donde se desvestían las bañistas para espiarlas. A veces ellas no se daban cuenta. Otras se dejaban mirar entre chillidos de falsa pureza. Pero unas cuantas, al notar que el chaval miraba, encajaban una aguja en el rasgado que Luis había hecho en la lona. Mírame, mírame que te pincharás. Hay quien dice, y si non é vero é ben trovato, que de aquellos pinchazos en los ojos surgió la imagen desgarradora del ojo cortado por una navaja de Un perro andaluz (1929).
xpuy.